MI ABUELA ESTÁ EN EL SUELO Y NO CONTESTA

(Esta historia fue real. Se han cambiado los nombres y los datos de localización)

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Los padres de Lucía y Jaime tenían un Lucía y Jaimecompromiso importante; así que el viernes por la tarde recogieron a sus hijos a la salida del cole y les llevaron a casa de la abuela, para que pasaran con ella el fin de semana. Los niños estaban encantados, porque su abuela vivía en una casa grande a las afueras de la ciudad; tenía conejos, gallinas y un gato llamado Manchitas.

-¡Nos vemos el domingo por la tarde! ¡Portaos bien! – se despidió su madre.

Los niños merendaron, hicieron los deberes, jugaron con los animales, se bañaron y cenaron.

-Buenas noches – les dijo la abuela, acostándoles y dándoles un beso-. Yo voy a tomar un vaso de leche caliente y también me iré a la cama, que mañana hay mucho que hacer.

Los hermanos, con la excitación, no se podían dormir. De repente oyeron el ruido de un vaso rompiéndose contra el suelo, y a continuación un golpe fuerte.

-Abuelita, ¿qué ha pasado? – preguntó Lucía desde la cama. Al ver que su abuela no contestaba, se levantó y fue a la cocina a mirar.

Se encontró a su abuela tirada en el suelo, junto a un vaso roto y leche derramada.

-Abuelita, ¿te has caído? ¿Qué te pasa? – le preguntó Lucía. Pero la abuela no le contestó.

-¡Abuelita, despierta ¡Levántate! – gritó Lucía, zarandeándola. Pero no obtuvo respuesta.

-¿Qué pasa? – preguntó Jaime, muy asustado, desde la puerta de la cocina.

-Que la abuelita está en el suelo y no se despierta – contestó Lucía, muy nerviosa.caída

-¿Y por qué no se despierta y se levanta? ¿Se ha hecho daño?

-¡No lo sé! Abuelita, ¿por qué no me contestas? ¡Despiértate! – insistió Lucía, a punto de llorar.

La abuela siguió sin moverse y sin contestar. Lucía estaba cada vez más asustada. Su hermanito se puso a llorar.

-¡Mamá, papá! ¡Quiero que venga papá!

-Están cenando fuera – le recordó Lucía.

-¡Pues vamos a llamarles!

Pero no se sabían el número de sus padres de memoria. Y por más que buscaron la agenda donde la abuela anotaba los números de teléfono, no la encontraron. Y su teléfono móvil estaba apagado.

-¿Y qué hacemos ahora? – lloriqueó Jaime.

-No sé…¿Vamos a buscar a alguien que nos ayude?

-¡Yo no quiero salir de casa! ¡Es de noche y está oscuro! – chilló el niño. La casa de su abuela estaba algo aislada, y el camino hasta la casa más cercana era largo y lleno de rincones aterradores.

-Vale. Espera, ¿seré tonta? ¡Si mamá me ha explicado muchas veces lo que tengo que hacer! – exclamó Lucía, animándose de pronto.

-¿Ah, sí? – preguntó su hermano, no muy convencido.

-¡Sí! Vamos al salón. Mamá puso allí las instrucciones.

Corrieron hacia el salón. En la pared, junto al teléfono, había un papel pegado con celo. Lucía leyó en voz alta lo que ponía.

-“Si la abuelita se pone muy enferma o no se puede despertar, tienes que llamar al 1- 1- 2, decir lo que pasa, contestar a todo lo que te pregunten y hacer todo lo que te manden. La dirección de la casa de abuelita es: Senda de los Rosales número 23, Deva, Gijón”.

-¡Llama, llama! – exclamó Jaime. Lucía descolgó el teléfono y marcó los números: 1, 1, 2.

-Uno, uno, dos, Asturias, ¿en qué puedo ayudarle? – escuchó inmediatamente al otro lado del teléfono. Era una voz de hombre.

-Hola, mi abuelita está en el suelo y no se despierta. llamada

-¿Cómo dices? – preguntó el hombre, sorprendido.

-Que mi abuelita está en el suelo y no se despierta.

-¿Eres una niña? ¿Puede ponerse tu mamá?

-Mi mamá no está, está mi abuelita, pero no puede hablar ni moverse.

-¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?

-Me llamo Lucía y tengo 7 años. Pero voy a cumplir 8 dentro de poco.

-¿Y no hay nadie más en casa?

-Sí, mi hermano pequeño.

-¿Y dices que tu abuelita se ha caído al suelo?

-Sí, y ni nos contesta ni se levanta. Y mi mamá me dijo que si mi abuelita se pone enferma o no se puede despertar tengo que llamar al 1, 1, 2.

-Vale, cariño, te voy a mandar ayuda. ¿Sabes la dirección de la casa de tu abuela?

-Sí – Lucía volvió a leer el papel – La dirección de la casa de abuelita es: Senda de los Rosales número 23, Deva, Gijón.

-Muy bien. Estoy mandando a la Policía a la dirección que me has dado, para que puedan ayudarte, así que no os asustéis cuando lleguen. Mira, Lucía: ahora vas a estar un ratito sin oír nada, pero no cuelgues el teléfono. Voy a hablar con el médico de aquí y enseguida se pondrá al teléfono para hablar contigo, ¿de acuerdo?

-Vale.

El hombre que había recibido la llamada estaba trabajando, junto a muchas más personas, en una gran sala: el Centro Coordinador de Emergencias. Cuando alguien tenía un problema muy importante llamaba por teléfono al número 112; y una de aquellas personas, llamadas “operadores”, contestaba la llamada y mandaba la ayuda.CCU Asturias

El operador contactó con otro grupo de personas que estaban en el extremo contrario de la sala. Eran trabajadores del SAMU, el Servicio de Asistencia Médica Urgente.

-¿Compañeros del SAMU? Voy a pasaros una llamada importante. Una niña de 7 años llamada Lucía acaba de llamar al 112 diciendo que su abuela se ha caído al suelo y no se despierta, no habla ni se mueve.

-¡Qué dices! ¿Y no se tratará de una broma? – preguntó uno de los operadores del SAMU.

-No lo creo. Esa niña se explica muy bien, repite una y otra vez la misma historia, contesta sin dudar a todas las preguntas, nos ha dado la dirección completa. Yo estoy convencido de que no es una broma. He mandado a la Policía hacia allí, porque parece que Lucía y su hermano pequeño están solos con su abuela.

-De acuerdo. Pásame la llamada – contestó el operador del SAMU, mientras levantaba una mano, avisando a una mujer que estaba sentada en una mesa elevada en el centro de la sala. Era la médico del SAMU, que intervenía en las llamadas más urgentes y decidía qué tipo de ayuda sanitaria se debía mandar a la persona en apuros: un médico, una enfermera, una ambulancia…

-Doctora, entre enseguida en esta llamada, que parece muy urgente.

La médico levantó un pulgar indicando que ya estaba a la escucha. El operador del SAMU activó la llamada.

-¿Hola? ¿Lucía? ¿Estás ahí?

-¡Sí! – exclamó la niña, muy aliviada. El tiempo sin oír nada al otro lado del teléfono le había parecido tan largo (aunque en realidad había sido de pocos segundos) que había comenzado a pensar que no les habían tomado en serio o que habían colgado.

-Lucía, yo pertenezco a los servicios sanitarios. Y también te está escuchando una doctora. ¿Nos llamas de la Senda de los Rosales número 23, Deva, Gijón?

-Si.

-¿Y dices que tu abuela se ha caído al suelo y no te contesta?

-Sí, ni habla ni se mueve.

CCU - copia-Hola, Lucía – saludó la doctora-. Me llamo Sofía y soy médico. Además de la Policía, que ya está de camino, voy a mandarte un médico para que vea a tu abuela. Pero necesito que me contestes a unas preguntas para poder ayudarte mejor, ¿vale?

-Vale.

-Cuéntame exactamente qué es lo que ha pasado.

-Abuelita nos metió en la cama y nos dijo que iba a tomar un vaso de leche y a acostarse – describió Lucía-. De repente oímos un ruido de cristales y otro ruido muy fuerte. Fuimos a la cocina y vimos a abuelita en el suelo.

-¿Y no sabéis si se resbaló o es que se puso mala? ¿O si le duele algo: una pierna, la cabeza, el pecho?

-No – contestó Lucía-. Yo le he preguntado, he intentado que se levante, pero no se mueve ni me contesta.

La médico hizo un gesto con la mano que el operador del SAMU, que seguía a la escucha, entendió perfectamente: “Activa la UVI móvil, la ambulancia con médico, enfermero, conductor y camillero, con todos los aparatos y medicinas para poder atender a los pacientes más graves”.SAMU2

-Lucía, en estos momentos una ambulancia con médico y enfermero está saliendo hacia la casa de tu abuela. Pero van a tardar un poco, porque estáis a muchos kilómetros de la ciudad. Así que yo voy a intentar ayudarte mientras llegan. ¿De acuerdo?

-Sí – contestó Lucía. Y le susurró a su hermano:- ¡Ya viene el médico, enseguida nos ayudan!

-¿Tu abuela es mayor?

-Sí, muy mayor, porque tiene el pelo blanco.

-¿Y estaba enferma de algo?

-Yo creo que no. Bueno, a veces dice que le duele una pierna, y otras que le duele la cabeza.

-¿Y toma medicinas?

-Sí, una pastilla por la mañana y otra por la noche, creo.

-Por la tarde, antes de caerse, ¿se había quejado de algo, tenía algún dolor?

-No.

-¿Estás ahora mismo al lado de tu abuela?

-No, yo estoy en el salón y mi abuela en la cocina.

-Necesito que vayas otra vez a la cocina y me digas si tu abuela ya puede hablar o levantarse. Muévela, empújala, a ver si se despierta. ¿Puedes llevarte el teléfono contigo?

-Este no, pero hay otro que no tiene cable – recordó Lucía -. ¡Jaime, corre, busca el otro teléfono y llévalo a la cocina!

Jaime salió disparado a buscar el teléfono y Lucía volvió a la cocina. Su abuela seguía en el suelo.

-Abuelita, tranquila, ya viene el médico para ayudarte. ¿Ya te puedes despertar? – le preguntó de nuevo la niña, moviéndola enérgicamente por los hombros. La abuela se movió un poco, pero no le respondió.

El hermano pequeño llegó corriendo con el teléfono inalámbrico. Lucía lo encendió.

-¿Hola? ¿Sofía?

-Sí, cariño, sigo aquí – contestó la doctora-. Cuéntame, ¿hay algún cambio?

-No, mi abuelita sigue en el suelo y no se despierta aunque la he movido muy fuerte.

-¿Pero está respirando?

-Sí, está roncando – contestó Lucía, observando más detenidamente a su abuela.

-Muy bien. ¿Puedes ver sangre en el suelo? ¿Ves que tenga alguna herida en la cabeza, en la pierna o en otra parte?

Lucía se agachó y tocó la parte de atrás de la cabeza de su abuela, le miró los brazos y las piernas.

-No, no hay sangre por ninguna parte.

-Perfecto. Pues lo primero que tenéis que hacer es poner a tu abuela de lado entre los dos. Yo os digo cómo hacerlo, ¿vale? Poneros uno a cada lado de vuestra abuela.

-Vale. ¡Jaime, ven, ayúdame, que tenemos que poner a la abuelita de lado! – avisó Lucía a su hermano -. Tú ponte en ese lado y yo en este.

-¿Preparados?  – preguntó Sofía-. Tú, Lucía, coge el brazo de tu abuela que tengas más cerca de ti y colócaselo como hacen los policías para mandar parar: en el suelo doblado en forma de L, con la mano hacia arriba.caida2

-Ya está – obedeció la niña.

-Dile a Jaime que le ponga el otro brazo sobre el pecho.

-¡Jaime, coge ese brazo de abuelita y pónselo en el pecho! Ya está.

-Y ahora dile a Jaime que se vaya a la pierna que tiene más cerca y que se la doble, que meta las manos por debajo de su rodilla y que tire hacia arriba. Cuanto más consiga doblarle la pierna, mejor.

-¡Jaime, mete las manos debajo de la rodilla y tira hacia arriba! ¡Tira, tira, dóblala más! – Lucía transmitía las instrucciones y Jaime las seguía-. ¡Ya está!

-Ahora escucha, Lucía. Pon una mano en la rodilla doblada de tu abuelita, y la otra mano en el hombro de ese mismo lado, del lado de Jaime. Y vas a tirar de ella hacia ti. Y dile a Jaime que, mientras tú tiras, él te ayude empujándola por la espalda. ¿Lo has entendido?

-Creo que sí – contestó Lucía, y dejó el teléfono en el suelo. Agarró a su abuela por la rodilla y el brazo-. Jaime, cuando cuente tres yo tiro y  tú empujas su espalda. ¡Una, dos…y tres!

El cuerpo de su abuela rodó suavemente hasta quedar de lado.

-Ya está de lado. Ha dejado de roncar – comunicó Lucía a la médico.

-Perfecto. Lo habéis hecho muy bien. Habéis conseguido poner a vuestra abuela en la posición lateral de seguridad. Así respirará mejor, y si vomita no se atragantará – le explicó Sofía-. Vas a poner su mano debajo de su cara, para que esté más cómoda y la cabeza le vaya un poco hacia atrás. Mientras, yo voy a hablar un momento con el médico que ya está viajando en la ambulancia de camino a vuestra casa. No cuelgues el teléfono, que enseguida volvemos a hablar, ¿vale?

-Vale.

ASTURIAS-SAMU-112La médico llamó por teléfono al médico que viajaba en la UVI móvil.

-Perdona la tardanza, compañero. Estaba hablando con la alertante, que es una persona muy especial. Es una niña de 7 años que está colaborando de maravilla. Su abuela ha caído al suelo y no responde por más que la mueven y la llaman. La niña indicó que roncaba, así que sabemos que está inconsciente. La pequeña también me ha explicado que su abuela es mayor y toma medicinas, pero estaba cuidando ella sola a los dos hermanos, con lo que tiene que ser una señora bastante sana y activa. Imagino que las medicinas serán porque tiene la tensión, el azúcar o el colesterol altos. La niña no ve sangre ni heridas, así que no parece que su abuela haya sufrido una caída por accidente.  Con toda esta información, creo que lo que le ha pasado a la señora es un problema en su cerebro.

-Muchas gracias. Saber todo esto es de gran ayuda; vamos a ir mucho mejor preparados – respondió el médico de la UVI móvil-. Espero que, al estar inconsciente, su lengua no le esté impidiendo respirar.

-No te preocupes; los niños han puesto a su abuela en posición lateral de seguridad – le informó Sofía.

-¡Qué dices! ¡Impresionante! Pues vamos a tardar en total 15 minutos en llegar, así que seguramente al poner a su abuela de lado han evitado que su situación se complique gravemente – contestó el médico, admirado.

Sofía colgó la llamada de su compañero y entró de nuevo en la llamada de los niños.

-¿Lucía? Ya estoy contigo de nuevo. ¿Cómo está tu abuela? ¿Sigue respirando?

-Sí, ya no ronca pero respira – contestó Lucía, muy aliviada de volver a hablar con la doctora.

-¿Ha cambiado algo? ¿Habla o se mueve?

-No habla, pero ha movido un poco un brazo y una pierna. Pero no se levanta.

-¿Dónde están vuestros padres?

-No lo sé, tenían que trabajar o algo así.

-¿No les habéis llamado?

-No me sé el número. El teléfono de abuelita está apagado y no sabemos encenderlo. Tiene una libreta donde apunta todos los teléfonos, pero no la hemos encontrado.

-Tranquila. En pocos minutos llegará la Policía; no te asustes y ábreles la puerta. Ellos os ayudarán a localizar a vuestros padres y os cuidarán hasta que lleguen. Y después llegará la ambulancia, y llevarán a tu abuela al hospital.

-¿Qué le pasa a mi abuela? ¿Se va a poner bien?

-El médico que va en la ambulancia va a mirarla muy bien y te podrá contestar mucho mejor que yo. Pero sí que te puedo decir una cosa. Hay muchas enfermedades que se curan mejor si la ayuda llega enseguida. Y la rapidez en llamarnos, lo bien que has contestado a todas las preguntas y lo bien que habéis colaborado en todo lo que os he pedido, va a hacer que tu abuela tenga muchas más posibilidades de ponerse bien.policía

-¡Oigo sirenas! – gritó Jaime, asomándose a la ventana-. ¡Es un coche de policía!

-Ya está aquí la Policía – dijo Lucía-.

-Muy bien, cariño. Ahora ellos se harán cargo de todo. Todo va a salir bien, ya lo verás.

-¡Muchas gracias, Sofía! – exclamó Lucía. Y corrió a abrir la puerta.

Los policías buscaron papeles por la casa e hicieron varias llamadas para localizar a los padres de los niños. Poco después llegó la UVI móvil. Cuatro personas saltaron de la ambulancia cargadas con maletines y aparatos y corrieron a atender a la abuela.

Cuando sacaban a su abuela en camilla, el médico se acercó a ellos.

-He ido a muchos avisos en mi vida y me he encontrado con pocos adultos que hayan hecho las cosas tan rápido y tan bien como vosotros. Estoy impresionado.

-¿Se va a poner bien abuelita? – preguntó Lucía.

-Pues gracias a vuestra rápida llamada le habéis multiplicado las posibilidades de curarse. Y gracias a que le habéis puesto de lado la cosa no ha sido todavía más grave, porque con lo que hemos tardado en llegar hasta aquí, si hubiera estado boca arriba todo este tiempo le habría sido muy difícil respirar.

-Yo no me acordaba del teléfono de mis padres – le dijo Lucía, sintiéndose un poco mal -. A lo mejor si les hubiera llamado antes lo habríamos hecho mejor.

-Pues te voy a decir una cosa – le respondió el médico -. Si hubiérais llamado primero a vuestros padres y no hubiérais hecho nada más hasta que ellos llegaran, a lo mejor habríamos llegado demasiado tarde. Pero al llamar al 112 antes que nada, la ayuda ha sido muchísimo más rápida y efectiva. No lo olvidéis nunca: ante una emergencia, lo primero es llamar al 112, activar la cadena de ayuda y hacer lo que ellos os digan. Y después ya habrá tiempo de llamar a más gente o de hacer el resto de las cosas.traslado

Salieron enseguida camino del hospital. La policía se quedó con los niños hasta que llegaron sus padres, que estaban muy nerviosos.

-¡Ay madre mía, lo mal  que lo han tenido que pasar mis niños! – exclamó la madre, abrazándoles.

-Señora, lo que han hecho estos niños es increíble – le dijo uno de los policías -. Han sabido reconocer la emergencia y activar la cadena de ayuda de un modo perfecto. Han llamado al 112, han explicado con claridad lo que ocurría, han dado la dirección, han contestado a todas las preguntas, han hecho todo lo que se les ha ordenado; y gracias a ellos todo se ha solucionado en el menor tiempo posible.

-Conozco casos de niños que pasaron horas, incluso un día entero, solos en casa con un familiar muy enfermo hasta que otro adulto llegó, porque no sabían lo que tenían que hacer – dijo el otro policía-.  Ellos sí lo sabían, y lo han hecho de maravilla.  El operador del 112, el operador del SAMU, la doctora del centro coordinador, el médico, el enfermero y los técnicos de la UVI móvil y nosotros, los policías, estamos muy impresionados. Les felicito por los hijos que tienen y por lo bien que ustedes les han enseñado a actuar.

Los  padres estaban muy orgullosos de sus hijos. Y todavía más cuando, todos juntos, fueron al hospital para informarse del estado de la abuela, porque el neurólogo acudió enseguida a hablar con ellos.

-El médico de la UVI móvil me ha explicado cómo ocurrieron las cosas. Esta señora ha sufrido un serio problema en el cerebro. Y cuando esto ocurre, la rapidez es crucial para tratar de reparar el daño. Con el paso de las horas, las posibilidades de curación son menores. Pero en este caso el traslado ha sido tan rápido que somos muy optimistas. Enhorabuena, chavales. Bien podéis decir que le habéis salvado la vida a vuestra abuela.

Jaime era demasiado pequeño aún; pero Lucía iba siendo cada vez más consciente de la importancia de lo que habían hecho. Y se prometió a sí misma contárselo a todos sus compañeros de clase al día siguiente. Para que si a alguno de ellos le pasaba algo parecido, fuera también capaz de salvarle la vida a su abuelo o a su abuela.19.1

¡UNA CONVULSIÓN FEBRIL!

 Cuando terminó la consulta, el pediatra se asom20150323_135857ó al pasillo para ver si quedaba alguien. Una madre y su hijo estaban sentados esperando, aunque no estaban citados ni parecía que el chico estuviese enfermo.

-Pasen, pasen – les dijo el médico, un poco extrañado. La madre empezó a explicarse.

-Yo quería pedirle un favor, doctor. Mi hija pequeña sufrió una convulsión febril, y mi hijo Pau lo vio todo. Y yo no he sabido explicarle lo que le pasó a su hermana, porque nosotros tampoco lo entendemos muy bien. Quería preguntarle si usted podría explicárselo; porque está muy nervioso y asustado desde entonces.

-¡Ay, madre! – exclamó el médico -. ¡No me extraña que te asustaras! Una convulsión es muy alarmante cuando no entiendes lo que estás viendo. Entrad, entrad. A ver qué puedo hacer.

Entraron en la consulta y se sentaron los tres.

-¿Cómo se llama tu hermanita? – preguntó el médico.

-Aitana – contestó Pau tímidamente.

-¿Y cuántos años tiene?

-Dos.

-Muy bien. Ahora cuéntame qué es lo que pasó, qué es lo que viste tú.

20150323_135957-Pues…estábamos con papá en la cocina; mamá no estaba.  Aitana estaba un poco malita y tenía que tomar la medicina de la fiebre. Estaba intentando subirse a una silla; de repente se soltó y se quedó sentada en el suelo. Pensamos que había resbalado y se había caído, pero no hablaba ni lloraba, sólo hizo un ruido extraño. Y luego se le pusieron los ojos hacia arriba, se cayó hacia atrás y empezó a hacer movimientos muy raros con los brazos y las piernas.

-¿Y qué hicisteis vosotros?

-Papá empezó a sacudirla y a gritar, “¡para, para, ¿qué te pasa? ¡Me estás asustando!”. Pero ella no le contestaba. Y cuando dejó de hacer esos movimientos se quedó muy azul y como muerta, como un muñeco. Papá estaba muy nervioso, dijo que no sabía si respiraba, me gritó que subiera a casa de los vecinos y se la llevó corriendo al hospital.20151023_135706 copia_editado-1

-Uf, qué situación más terrible. ¿Y tú qué pensabas todo ese tiempo?

-No sé…a mí me daba miedo ver a papá llorando y gritando – respondió Pau en voz baja -. Y cuando vi que papá se la llevaba corriendo al hospital pensé que mi hermanita se iba a morir.

-El padre pensó que no respiraba, que se estaba muriendo – comentó la madre -. Estaba histérico porque no sabía qué había que hacer. Luego me contó que mientras llegaban al coche la nena comenzó a reaccionar y a llorar, y él se tranquilizó un poco. Entonces me llamó al trabajo, y yo salí corriendo. En el hospital nos dijeron que había sido una convulsión por culpa de la fiebre, que no nos preocupáramos, que no era grave. Pero el susto no nos lo quita nadie.

-¡No me extraña! ¿Y ya estáis más tranquilos?

-No. Porque nos han dicho que le puede volver a pasar, y seguimos sin saber por qué ocurre esto ni cómo le tenemos que ayudar. Pau cree que en cualquier momento le va a volver a dar otra convulsión, y tiene mucho miedo de quedarse solo con ella aunque sólo sea un minuto.

El médico se quedó pensando unos segundos y después sacó un papel y rotuladores de colores.

-Bueno. Creo que lo primero que tenemos que entender es qué es una convulsión. Y antes de eso, debemos entender cómo nuestro cerebro consigue que nuestro cuerpo se mueva. Mira, Pau: esto que voy a dibujar es tu cerebro. Más o menos, ¿eh? Que yo soy muy malo dibujando. El cerebro no es exactamente así; esto es sólo un esquema. Pero nos va a servir para que entiendas las cosas mejor.

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El pediatra dibujó un “cerebro” dividido en varias partes. En cada una puso un nombre: “ojo derecho”, “ojo izquierdo”, “boca”,  “cuello”, “hombro derecho”, “hombro izquierdo”, “mano derecha”, “mano izquierda”, “rodilla derecha”, “rodilla izquierda”, “pie derecho”, “pie izquierdo”.  Y dibujó cada área de un color. También puso una marca diferente en cada dedo.

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-Ahora ven aquí. Voy a ponerte un punto en las partes de tu cuerpo que se corresponden con los cuadrados que he escrito en este cerebro, con los mismos colores -. Y mientras Pau miraba a su madre entre divertido y avergonzado, el médico le fue pintando puntos de colores en sus párpados, hombros, rodillas, pies… Un punto azul, otro rojo, otro verde…Un círculo en el dedo pulgar, un triángulo en el índice, un cuadrado en el dedo corazón…

-Mmmmmm, ¡me ha quedado una obra maestra! – comentó al terminar, mientras Pau se reía. ¡Vaya pinta debía de tener!

-Y ahora viene la explicación. El cerebro es el jefe de todo el cuerpo. Él manda a nuestros ojos ver, a nuestros oídos oír, a nuestros pulmones respirar, a nuestro corazón latir, nos manda comer si tenemos hambre, beber si tenemos sed, toser si tenemos catarro. Y manda a nuestros músculos moverse para que podamos caminar, correr, sentarnos, rascarnos la nariz o levantar la mano en clase. ¿Tú sabes cómo se llaman las células que forman el cerebro?

-¿Neuronas? – preguntó Pau.

-Exacto. neurona copiaEl cerebro está formado por miles de neuronas, que son las encargadas de hacer trabajar al cuerpo. Y están muy bien organizadas, porque si no nuestro cuerpo sería un caos. ¡Igual que en una gran empresa! Hay un grupo de neuronas encargadas de la visión; otro grupo encargado de la audición; otro para la respiración, otro para el corazón…y otro para los movimientos de los músculos. Son las neuronas motoras. Para entendernos digamos que cada neurona motora controla un músculo concreto de nuestro cuerpo.  ¿Hasta aquí está claro?ELECTRICO

-Sí.

-Vale. ¿Y cómo manda esa neurona la información a su músculo? La forma más fácil de entenderlo es imaginar que las neuronas motoras están conectadas con los músculos que deben mover por un sistema de cables eléctricos. Cada neurona está unida a su músculo por un cable, y tiene un interruptor de “encendido”, para hacer que el músculo se mueva, y de “apagado”, para hacer que deje de moverse. Vamos a hacer la prueba: mira el dibujo.

Pau se inclinó sobre el dibujo del cerebro de colores.

-Cada área de colores será la neurona que manda sobre tu cuerpo. Si yo toco un cuadrado con mi dedo, tú deberás mover la parte del cuerpo correspondiente. Si yo levanto mi dedo, tú dejarás de mover esa parte. ¿Entendido?

-¡Sí! – exclamó Pau, entusiasmado. ¡Qué divertido!

-Pues comencemos. ¡Atento!

El médico tocó sobre el cuadrado que decía “ojo izquierdo” y Pau comenzó a abrir y cerrar su ojo izquierdo. El médico cambió su dedo al cuadrado “pie derecho” y Pau empezó a mover su pie derecho en círculos.

-¡Muy bien! Ahora con los dedos.

El médico fue tocando los dibujos de los distintos dedos y Pau trataba de mover sus propios dedos según las órdenes recibidas. ¡Vaya lío! Ahora el anular izquierdo, ahora el pulgar derecho, ahora los dos índices, ahora todos los dedos de la mano derecha, ahora todos a la vez…

-¡Estupendo! Ahora más difícil todavía.

Mover a la vez pie derecho, hombro izquierdo y los dos ojos. Ahora las dos rodillas, la boca y el cuello. Pau bailaba y saltaba riéndose a carcajadas. ¡Nunca se había parado a pensar que moverse pudiera ser tan complejo!

-¿Y qué pasa si ahora dejo los cuadrados apretados?

El médico dejó los dedos apoyados en los cuadrados “hombro derecho” y “hombro izquierdo”, y Pau tuvo que subir y bajar los hombros más de 30 veces hasta que la orden cesó.

-¿Y qué pasa si ahora los activo todos a la vez? ¿Y además los dejo encendidos un minuto entero?

Y el médico presionó con sus dos manos todo el dibujo.

20150323_140016 - copiaLa mejor forma que Pau encontró para mover todo su cuerpo a la vez fue tumbarse en el suelo y comenzar a abrir y cerrar sus manos, sus ojos y su boca, a chocar sus rodillas, a girar sus pies y su cuello, a subir y bajar los hombros…¡Menudo espectáculo!

-¿Ya puedo parar?- le preguntó al médico.

-Todavía no.

-¡Es que me canso!

-Un ratito más…Vale, se acabó. Prueba superada.

Pau se levantó jadeando como si hubiese echado una carrera.

-¡Qué divertido! ¡Pero estoy agotado!

El médico se levantó y le estrechó la mano.

-Enhorabuena, amigo. Lo has hecho estupendamente.  Acabas de “tener una convulsión” con todas las de la ley.

-¿Cómo? – Pau se quedó con la boca abierta.
20151023_135539 copia_editado-3-Sí. Una convulsión es exactamente eso: un grupo de neuronas motoras del cerebro se activan todas a la vez, encienden sus interruptores y hacen que muchas partes del cuerpo se muevan sin control durante unos minutos.

-¡Hala! – exclamó Pau -. ¿Y por qué pasa eso?

-Porque  a veces unas neuronas son más sensibles que las demás y se activan con más facilidad.  Esto puede pasar por muchas razones. Unas veces las neuronas se vuelven más sensibles después de un golpe en la cabeza, o de una enfermedad del cerebro. Otras veces la persona ya nace con un grupo de neuronas muy sensibles a la luz, al dolor, al cansancio, a los medicamentos o a muchas otras cosas; son los pacientes con epilepsia.

20151023_135545_editado-1-¿Y el cerebro de mi hermana?

-El cerebro de los niños pequeños es muy delicado, porque todavía no está formado del todo. Y a veces las neuronas motoras se activan con el calor, y provocan una convulsión febril: una convulsión por culpa de la fiebre. El cerebro se enfada por culpa del calor y “tiene una rabieta”; y del enfado activa un montón de neuronas motoras.  Incluso antes de que los papás noten que un niño tiene fiebre, el cerebro se “acalora”, se enfada y las neuronas más sensibles se activan.

-Pero mi hermana no movía todo el cuerpo como hice yo.

-Muy buena observación. No hay dos convulsiones exactamente iguales, ni dos personas que tengan la misma convulsión. Eso es porque no siempre se activan las mismas neuronas, con la misma fuerza o durante el mismo tiempo.

-Ah…

-Nosotros hemos hecho la prueba con un dedo, una mano, un pie… Pero las neuronas son mucho, mucho más complejas. Son unas “superespecialistas” del movimiento. Una neurona no sólo dice que se mueva tu dedo: dice qué parte exacta de tu dedo se tiene que mover, con qué fuerza, con qué rapidez…Depende de cómo se encienda el interruptor, tu dedo podrá moverse de cientos de maneras diferentes. Y lo mismo el resto del cuerpo. Una persona que sufre una convulsión puede ponerse rígida sin moverse;  puede  que sólo desvíe la mirada;  puede que sólo mueva una mano o una parte de la cara; puede que gire las manos o los pies;  puede que mueva todo el cuerpo dando sacudidas…puede que sus dientes se cierren con tanta fuerza que se muerda la lengua, o no…puede que dé un grito, o no…algunos se hacen pis, otros no…Dependerá de qué neuronas se hayan activado y en qué grado.

20151023_135712_editado-1-¿Y cuánto dura una convulsión?

-Pues aunque a los demás nos parece larguísima, lo normal es que sólo dure segundos, o como mucho uno o dos minutos.

-¿Y qué hay que hacer para que pare?

-No se puede hacer nada. Cuando las neuronas se cansen, apagarán el interruptor y el cuerpo dejará de moverse. Hasta entonces, lo único que hay que hacer es evitar que la persona se haga daño: vigilar que no se caiga al suelo si le pasa en la cama o en un sofá, llevarla con cuidado al suelo si vemos que se va a caer, intentar que no se dé golpes en la cabeza, quitar las cosas con las que podría golpearse… Pero nada de sujetarla con fuerza para que deje de agitarse. No vale para nada y podríamos hacerle más daño: no vamos a lograr que pare de convulsionar, pero le llenaremos de moratones y hasta le podríamos dislocar un hueso.

-¿Pero respiran? Mi papá decía que Aitana no respiraba…

-Durante una convulsión es difícil saber si la persona está respirando, con todo el cuerpo rígido o con todos esos movimientos. Pero aunque no respirase durante unos segundos, en cuanto terminase la convulsión volvería a respirar.

-¿Y si le abrimos la boca? ¡Entonces podría respirar!

-Es imposible abrir una boca que está fuertemente apretada. A ver, vamos a intentarlo. Aprieta tus dientes con todas tus fuerzas y que tu madre intente abrirte la boca.

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Pau apretó los dientes fuertemente. Y su madre, por más que lo intentó, no logró separarlos ni un milímetro.

-¿Lo has visto? Y sin embargo mucha gente, cuando ve a alguien con una convulsión, intenta meterle en la boca trapos, palos, cucharas y hasta su propia mano, para intentar separarles los dientes. No lo consiguen; pero al intentarlo pueden romperle un diente, hacerle heridas… y alguno se ha llevado un gran mordisco, porque los dientes de alguien que está convulsionando se cierran tan fuertemente como los de un lobo.

-¡Toma ya!

-Y hay otra razón aún para no meter nada en su boca. Si tuvieras que respirar con los dientes apretados ¿por dónde respirarías?

Pau apretó de nuevo los dientes y trató de respirar.

-Pues…por la nariz o entre los dientes.

-Y si yo te pongo un trapo en la boca ¿te dejaré respirar entre los dientes?

-Supongo que no…

-Pues ahí lo tienes. Si la persona pudiese respirar durante la convulsión lo haría entre los dientes; y si le metemos algo en la boca no le estaremos ayudando demasiado. Y si no pudiese respirar durante esos segundos no sería por su boca cerrada, sino porque los músculos de su pecho están rígidos también. Así que abrirle la boca tampoco serviría para nada; y podríamos romperle un diente o hacerle heridas en los labios.

NADA EN BOCA

-¿Y si se muerde la lengua? – se le ocurrió a Pau.

-¿Tú te has mordido alguna vez la lengua? – le preguntó el médico.

-Sí, ¡y duele mucho!

-¿Y se te ha caído la lengua por eso?

-¡Claro que no! – se rió Pau.

-¿Y qué preferirías:  morderte un poco la lengua o que te arranquemos un diente y tengas que ir al dentista a que te lo arreglen? O peor, ¿que te lo tragues, o que se te atasque en la garganta?

-Mmmmmm… morderme la lengua.

-Pues como imagino que el resto de la gente piensa como tú, mejor no le metemos nunca nada en la boca a nadie que esté convulsionando, ¿no te parece?  Si esperamos un poquito a que paren los movimientos o la rigidez, veremos que, aunque se queden muy dormidos, comienzan a respirar.

-Vale.

Pero Pau tenía en la cabeza una imagen que le preocupaba mucho.

-Mi hermana cuando paró de moverse se quedó como muerta.

-¿Cómo terminaste tú después de tu “convulsión”?

-¡Super cansado!

-Y eso que sólo moviste unas pocas partes de tu cuerpo, y durante poco tiempo. Imagínate cómo habrías acabado si tuvieras que mover sin parar todos los músculos de tu cuerpo, pero todos todos, durante un minuto seguido.

20151023_135552 copia_editado-1-¿Por eso se quedó tan dormida?

-Exacto. Su cerebro y su cuerpo se cansaron tanto como si hubiera corrido una maratón. Y quedó agotada. Tan, tan dormida que no se podía despertar aunque le gritáseis o le moviéseis. Es lo que tú llamas “quedarse como muerta”, y los médicos llamamos “quedarse post-crítica”. La post-crisis suele durar bastante más tiempo que la convulsión: ¡a veces hasta un cuarto de hora!  Y fíjate: es el momento donde de verdad se puede ayudar a la persona.

-¿Ah, si?

-Sí, se puede y se debe, porque además es el momento de más riesgo. Cuando una persona se queda post-crítica, inconsciente,  todo su cuerpo está relajado, blandito; si le levantas un brazo se le cae, ¿verdad?

-Sí. Aitana parecía un muñeco de trapo.

22.1 (2)-Pues su lengua también está relajada y blandita. Y si esa persona está boca arriba, su lengua caerá hacia atrás, hacia la garganta,  y no le dejará respirar bien. Como los papás cuando duermen boca arriba y roncan: es porque su lengua se cae hacia atrás en la garganta y les es más difícil respirar; por eso hacen tanto ruido.

-¡Uy, sí! ¡Mi papá ronca un montón! Y mamá le empuja para que se ponga de lado.

-¡Porque las mamás son muy listas! Y saben que, estando de lado, los papás dejan de roncar, porque la lengua ya no se les cae hacia atrás y no les molesta para respirar.

-Entonces, cuando Aitana se quede dormida después de una convulsión, tiene que ponerse de lado para respirar mejor, ¿no?

-¡Excelente conclusión! Pero hay un pequeño problema. Cuando tu mamá empuja a tu papá, él, que sólo está dormido, se despierta un poquito, lo justo para ponerse de lado él solo. Pero Aitana se quedó tan cansada y tan dormida después de su convulsión que no se despertaría ni siquiera un poquito. Las personas post-críticas están tan profundamente dormidas que ellas solas no se podrán poner de lado. Y somos los demás los que tenemos que ponerles de lado, para que puedan respirar mejor.P1080404

-¡Uy, eso me lo sé de los cursos de primeros auxilios! Se llama “posición lateral de seguridad”.

-¡Sí señor, muy bien!

-O sea que todo el mundo se preocupa muchísimo durante la convulsión, intentan hacer de todo para pararla, y de todo para abrir la boca, y no se tendría que hacer nada más que evitar que se den golpes fuertes. Y luego nadie hace nada cuando acaba la convulsión, y sin embargo es cuando sí hay que hacer algo, que es poner a la persona de lado – resumió Pau.

-¡Ja ja ja ja! ¡Exacto! Lo hacemos todo al revés – se rió el médico -. ¿Te queda alguna pregunta?

-¿Le va a volver a pasar esto a mi hermana?

-Pues es muy posible, sí. Hasta que tenga 5 o 6 años su cerebro seguirá siendo muy delicado, y las neuronas pueden volver a encenderse de golpe por culpa de la fiebre. Pero si ocurre, ya sabes qué es lo que tienes que hacer, ¿no?

-¡Sí!

-Y,21.1 por cierto, ¿tú sabes a qué teléfono hay que llamar para hablar con un médico si tu hermana convulsiona otra vez y te asustas mucho?

-Al 112.

-¡Pero que muy bien! Eso es. El médico del 112 te tranquilizará, te dará las instrucciones que tú hayas olvidado, y te mandará un médico a casa si es necesario.

-He aprendido muchísimo sobre las convulsiones. Me ha dejado mucho más tranquila, y a Pau también – dijo la madre, levantándose y estrechando la mano del médico-. ¡Muchas gracias, doctor!

-¡Adiós! ¡Y gracias! – se despidió Pau.

-¡A vosotros! ¡Hasta la vista, aunque mejor tarda mucho en ponerte malo!

Pasó el tiempo y Aitana, aunque tuvo fiebre más veces, no volvió a convulsionar. Así que el miedo se les fue pasando y el episodio se les fue olvidando.

Hasta que un día los hermanos se quedaron en casa de la abuela, porque los padres tenían un compromiso importante.

-Acuérdate de darle a Aitana el jarabe, que esta noche tosió mucho – le dijo su madre a la abuela antes de marchar.

Estaban tan tranquilos viendo la tele cuando, de pronto, la niña se quedó rígida en el sofá.

-Aitana, ¿qué estás haciendo? – le preguntó la abuela, sorprendida.

La niña tenía los ojos perdidos, no hablaba, no se movía.  Pau empezó a ponerse nervioso, presintiendo lo que estaba a punto de ocurrir.

-¡Aitana, contesta! ¿Qué te pasa? ¡Ay, madre mía! ¿Qué le está pasando? – preguntó la abuela cada vez más asustada.

20150323_135957bAntes de que Pau pudiera contestar, la nena soltó un quejido y comenzó a convulsionar.

-¡Ay, mi niña! – gritó la abuela, asustadísima, sujetándola con fuerza -. ¡Para, para ya de hacer eso!

-¡Abuela, no la sujetes tan fuerte! ¡Le harás daño y no va a servir de nada! – exclamó Pau, recordando las lecciones recibidas-. Es una convulsión, y no hay que hacer nada. Sólo hay que evitar que se golpee la cabeza, nada más.

-¡Pero si no abre la boca! – la abuela intentó abrirle la boca con sus dedos, pero se llevó un buen mordisco – ¡Pau, tráeme una cuchara de la cocina, hay que abrirle la boca, no va a poder respirar!

-¡Que no, abuela! ¡Que no hay que hacer nada! Va a dejar de moverse dentro de muy poco, tú ya lo verás – dijo Pau, no muy seguro. ¿Y si su abuela tenía razón y él se equivocaba?

-¡Sujeta a tu hermana, voy a llamar al médico! ¿Dónde está el teléfono del médico? – la abuela estaba tan nerviosa que vació su bolso en el suelo, buscando su agenda.

-¡Abuela, llama al 112! – le indicó Pau. Ese número sí que lo recordaba bien.

-¡Tienes razón, hijo! – la abuela, sin dejar de temblar, llamó al 112. En cuanto le contestaron comenzó a gritar:

-¡Vengan enseguida, por favor, mi nieta tiene una convulsión! ¿Qué de dónde llamo? De aquí, de este teléfono, ¿es que no les sale la dirección? ¡Deje de preguntarme y vengan ya, que está muy mal!

Y colgó el teléfono. “Sin dar la dirección y sin contestar ninguna pregunta, me parece que el médico no va a poder llegar a esta casa”, pensó Pau.

La convulsión cesó, y Aitana se quedó como muerta, azulada, inmóvil.

-¡Ay, Dios mío! ¡Está muerta! – gritó la abuela, saliendo desesperada al rellano -. ¡Socorro, socorro! ¡Mi nieta se muere! ¡Que alguien me ayude!

Y echó a correr escaleras abajo en busca de algún vecino. Pau se quedó junto a su hermana, muerto de miedo y sin saber muy bien qué debía hacer.

“Si el médico tenía razón en que la convulsión dura poco tiempo y se para, y tenía razón en que hay que llamar al 112, también tendrá razón en todo lo demás”, pensó. “¿Qué más me enseñó? A ver: primero se encienden muchas neuronas a la vez y se mueve todo el cuerpo. Cuando las neuronas se cansan se apagan, y Aitana queda tan cansada de tanto moverse que se queda muy dormida. Pero sí que respira. ¿Aitana está respirando?”

20150323_135920Pau puso su mano en el pecho de su hermana y notó que se movía. Además notó su corazoncito latir muy, muy rápido debajo de su mano.  Acercó su cara a la de ella y sintió que hacía ruido al respirar.

“Vale, su corazón late, y está respirando, así que no está muerta. Pero boca arriba le cuesta respirar porque su lengua también está muy cansada y se le cae hacia atrás. Mamá empuja a papá para que se ponga de lado, pero Aitana no puede ponerse de lado. Yo tengo que ponerle de lado para que respire mejor”.

Pau colocó a su hermana de lado. “Y ahora, a esperar. Por favor, por favor, que no esté dormida mucho rato”.20150323_230046

Notó que estaba muy caliente y pensó que si le quitaba algo de ropa la fiebre mejoraría. Comenzó a luchar con el jersey y los pantalones.

“¿Llamaré otra vez al 112? No creo que la llamada de mi abuela sirviera para mucho”, pensó.

En ese momento su abuela entró corriendo, acompañada de la vecina del segundo, que era enfermera, recordó Pau.

-La convulsión ya ha parado. La he puesto en posición lateral de seguridad y le he quitado ropa para que la fiebre baje antes. Estaba a punto de llamar al 112 para dar bien la dirección y contestar a todas sus preguntas, porque mi abuela no lo hizo bien – le explicó Pau, un poco temeroso de haber cometido algún error.

La enfermera le miró asombrada.

-¿Pero tú cómo sabes todo esto?

Aitana empezó a moverse y a llorar cada vez más fuerte.

-¡Está viva! ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! – exclamó la abuela llorando de alivio.

La enfermera cogió a la nena en brazos sin dejar de mirar a Pau con la boca abierta.

-¿Lo he hecho bien? – preguntó él, preocupado.

-¿Qué si lo has hecho bien? ¡Lo has hecho perfecto! ¡Impecable! Es increíble, ¿cómo has sabido lo que tenías que hacer, si tu abuela estaba tan nerviosa? – le preguntó la vecina, admirada. Pau sonrió aliviado.

-Me enseñó mi pediatra.

-Pues tu pediatra ha sido un maestro estupendo. Y tú un alumno excelente, mucho mejor que muchos adultos. ¡A la vista está!

La vecina enfermera tranquilizó a la abuela, habló con el 112, llamó a los padres, vigiló que la nena se recuperara de manera correcta. Los padres acudieron enseguida y decidieron llevar a la niña al médico para quedarse más tranquilos. Entre la vecina y la abuela les contaron toda la historia. Y para Pau, las felicitaciones de la enfermera, las caras de orgullo de sus padres y el alivio de su abuela, unidos a los llantos enérgicos de su hermanita, fueron el mayor premio que jamás había recibido. Tenía la seguridad de que con sus manos había ayudado a resolver una emergencia, ¡y eso no lo podía decir su abuela!19.1

¡UN HOMBRE SE HA ATRAGANTADO!

Martín había cumplido su promesa. Después de que su amigo Diego le Martínsalvara la vida, había prometido que aprendería todo lo que pudiera sobre primeros auxilios y RCP para, algún día, poder devolver el favor ayudando a otra persona.

Había asistido a charlas y talleres, había leído en Internet, había hecho miles de preguntas a los expertos. Después de todo aquello se había sentido más que preparado para ayudar en cualquier emergencia que se hubiera encontrado. Pero, como suele ocurrir, el tiempo fue pasando, la oportunidad no se presentó y Martín fue olvidándose poco a poco de todo aquello.

Pero su cerebro no había olvidado aquellos conocimientos. Sólo los mantenía ocultos en un rincón, esperando el momento adecuado para dejarlos salir.

Un buen día la madre de Martín invitó a toda la familia a celebrar su cumpleaños en un restaurante. En la mesa de al lado un grupo de personas parecía estar también de celebración: cantaban, contaban chistes, se reían y armaban bastante ruido. A pesar de las reprimendas de su padre por su falta de educación, Martín y su hermano no dejaban de mirarles, porque eran francamente divertidos.

20150216_101919Por eso Martín vio cómo uno de ellos, un hombre bastante corpulento, que no dejaba de reír mientras comía, comenzaba de pronto a toser fuertemente.

-Vaya, hombre, parece que Paco se ha atragantado – dijo una mujer.

-Espera, que yo lo arreglo – contestó otro señor, que se levantó y comenzó a dar fuertes golpes en la espalda a Paco, que seguía tosiendo sin parar.

-¡Mal, muy mal! – susurró Martín a su hermano -. Cuando una persona se atraganta pero es capaz de toser, nunca hay que darle golpes en la espalda.

-¿Ah, no? – le preguntó su hermano, con la boca abierta -. ¿Y tú cómo sabes eso?

-Lo aprendí en los talleres de RCP. La tos es el mecanismo más eficaz que tiene el cuerpo para eliminar algo atascado en la vía respiratoria. Y si mientras tosemos nos dan un golpe en la espalda, nos pueden atascar el trozo del todo.

-¿Y entonces qué hay que hacer?

-Hay que animar a la persona a toser sin hacer nada más. Se le puede inclinar hacia delante para que el trozo caiga hacia afuera más fácilmente; pero nunca hay que darle palmadas.

-Chicos, dejad de mirar tan fijamente – les riñó su padre una vez más -. Cuando uno se atraganta así ya lo pasa bastante mal como para que encima la gente se le quede mirando. Nosotros, a lo nuestro.

Pero Martín no fue capaz de apartar la vista, y siguió mirando por el rabillo del ojo a la mesa de al lado. Así, pudo ver cómo el hombre, muy colorado, sudando y sin dejar de toser, se levantaba para ir al aseo, avergonzado por el espectáculo que estaba dando.

-¡Ánimo, Paco, bebe un poco de agua a ver si se te pasa y vuelve enseguida, que te vas a perder toda la diversión! – le gritó uno de los comensales, divertido.

Pero nadie se levantó para acompañarle. Martín se revolvió inquieto en su asiento.

-Nunca se debe dejar sola a una persona que se atraganta así – murmuró -. ¡Puede ser peligroso!

-¿Por qué? – preguntó su hermano, cada vez más asombrado. ¡No tenía ni idea de todo aquello!

-Porque se puede atragantar del todo y nadie se dará cuenta. ¡Voy a seguirle, sólo por si acaso! Hasta estar seguro de que escupe el trozo que tiene atascado.

Martín se levantó de su silla.

-Papá, mamá, tengo que ir al baño un momento – se disculpó, y rápidamente echó a correr detrás del hombre, antes de que sus padres le pudieran decir nada.

-¡Vaya comida más accidentada! – exclamó su madre, un poco enfadada.

Los aseos estaban bastante lejos, bajando las escaleras al final de un pasillo muy largo.  Martín se quedó al otro lado de la puerta del aseo de caballeros, oyendo cómo el hombre tosía y tosía sin parar.

-¿Entro o no entro? ¿Y si entro qué digo? ¿Me lo quedo mirando nada más? ¿Le pregunto si le puedo ayudar, y luego le digo “hala, sigue tosiendo”, sin darle más ayuda? ¿Se molestará? ¡Vaya situación! ¡Seré bobo! ¿Quién me mandaría meterme en esto? – se decía, sintiéndose un poco tonto por haber exagerado tanto la importancia de un simple atragantamiento.

Y, de repente, dejó de escuchar la tos al otro lado de la puerta.

-¡Ostras! ¿La cosa se habrá solucionado o habrá empeorado? ¡Ahora sí que tengo que entrar! Y si el señor ya está bien, me meto en el servicio y ya está – decidió Martín, abriendo la puerta.

Se encontró al hombre agarrándose el cuello con las dos manos, intentando desesperadamente 20150216_104359 - copiarespirar, pero sin emitir un solo sonido. Sus ojos de angustia lo decían todo: el trozo de comida se había movilizado con la tos; pero en vez de expulsarlo, se le había  atascado del todo en su vía aérea, cerrando por completo el paso del aire. El hombre no podía hablar, no podía toser…y tampoco podía respirar.

¡Tenía pocos minutos para actuar antes de que desmayase por la falta de aire!

-¡Tranquilo, señor, sé lo que le está pasando y voy a buscar ayuda! – gritó Martín; y salió corriendo de nuevo.

Pero vio las escaleras, recordó el largo pasillo…y se dio cuenta de que tardaría demasiado tiempo en avisar a un adulto. ¡Para cuando volvieran, el hombre ya estaría inconsciente! ¡Él tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya!

Las puertas del compartimento secreto de su cerebro se abrieron de par en par, y los recuerdos sobre cómo actuar en caso de atragantamiento emergieron de golpe.

“Le damos 5 golpes en su espalda. El talón de mi mano fuerte golpeará”.

-Señor, voy a intentar ayudarle. Voy a darle 5 golpes muy fuertes en la espalda para intentar mover el trozo de comida – le explicó. Se colocó por detrás del hombre, y con el talón de su mano dio cinco golpes secos, fuertes, entre los dos omoplatos, hacia arriba. Pero el hombre era demasiado alto; Martín tenía que ponerse de puntillas para llegar al punto exacto donde debía dar los golpes, y no logró aplicar mucha fuerza.

Y no funcionó. El hombre seguía sin poder respirar, cada vez más nervioso y angustiado.

20150216_103109“Si el trozo no salió le abrazo por detrás. Por encima del ombligo mi puño irá” , recitaba mentalmente una de las canciones que le habían enseñado en los talleres. “Aprieto fuertemente bajo el esternón, adentro y hacia arriba; yo seré su tos”.

Pero en cuanto hizo intención de abrazar al hombre por detrás fue consciente de que sus pequeños brazos no iban a poder abarcar aquella gran barriga. La maniobra de Heimlich también iba a ser ineficaz.

¡Pero en los talleres le habían mostrado una maniobra alternativa! ¡Aún podía hacer algo! ¿Cómo era aquella tercera parte?

“Si es muy grande o muy fuerte así no podré, y contra una pared yo le llevaré”.

-¡Señor, tiene que hacerme caso! – gritó Martín, tratando de empujar al hombre hacia la pared del aseo, mientras éste se resistía y se movía sin parar -. ¡Déjeme que le ponga contra la pared! ¡Así podré ayudarle, pero tiene que ayudarme usted a mí! ¡Déjeme intentarlo, por favor! ¡Sé qué es lo que tengo que hacer!

Algo en la voz de Martín debió de transmitir seguridad al hombre, porque se dejó llevar hacia la pared, ya como último recurso. Se estaba agotando.

Martín se puso frente a él, entrelazó sus manos y colocó el talón de una mano por encima de su 20150216_104359 copiaombligo, justo en la zona hueca que había bajo el esternón. Estiró completamente los brazos, dobló una rodilla y con toda su fuerza se apoyó en la otra pierna impulsándose hacia delante y hacia arriba, hundiendo los talones de sus manos entrelazadas en el abdomen del hombre, como si quisiera sacárselos por la boca.

-¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!

Y no tuvo que llegar a la quinta compresión. Con el cuarto empujón, un trozo de comida salió disparado de la boca del hombre, que comenzó a respirar grandes bocanadas de aire. Entre toses y silbidos, poco a poco su respiración se fue tranquilizando, hasta que por fin, fue capaz de respirar con normalidad.

-¡Uf! ¡Menos mal! – exclamó Martín, aliviado.

El hombre, aún con el susto en la cara, se abalanzó sobre él y lo abrazó tan fuerte que casi le aplasta.

-¡Me has salvado la vida, chaval! ¡He estado a punto de ahogarme! ¡Creí que ya estaba todo perdido! ¡Gracias, gracias, gracias!

-De…nada…-respondió Martín, medio asfixiado -. ¡Pero no me apriete tanto, que me va a ahogar usted a mí!

El hombre se echó a reír y le soltó.

-Ven para arriba conmigo. ¡Quiero hablar con tus padres! ¡Tienen que saber lo que has hecho!

Los padres de Martín se quedaron muy sorprendidos cuando le vieron llegar acompañado del hombre de la mesa de al lado.

-¿Es éste su hijo? – les preguntó.

-Sí, lo es – contestó su padre-. ¿Es que ha hecho algo?

-¿Que si ha hecho algo? ¡Me ha salvado la vida! – rugió el hombre, agarrando a Martín por el hombro-. Me llamo Paco. Me atraganté con un trozo de carne, y me estaba ahogando cuando llegó él. Me puso contra la pared y me hizo compresiones en el abdomen hasta lograr que escupiera el trozo. ¡Si no es por él, a estas horas yo ya estaría muerto! ¡No tengo palabras de agradecimiento suficientes! ¡Tienen ustedes un hijo que es un fenómeno!

Y estrechó muy fuerte la mano del padre, que miraba a Martín sorprendido.

-¿Tú has sido capaz de hacer eso? – le preguntó.

-Sí – contestó Martín, orgulloso -. Puse mucha atención en los talleres, porque quería aprender a salvar vidas y devolver así el favor que me había hecho Diego al salvar la mía.

-¡Pues lo has conseguido, chaval, lo has conseguido! – tronó Paco -. Y ahora mismo nos vas a dar una lección a todos los presentes de cómo hay que hacer estas maniobras. Tantos adultos aquí y estoy seguro de que ninguno sabe qué es lo que tiene que hacer. ¡Esto no puede ser!

Martín recordó la norma de los talleres: “¡Enseña a otros lo que has aprendido! ¡Extiende la cadena de supervivencia! ¡También ellos pueden salvar vidas!”. Y ante sus orgullosos padres y bajo la mirada admirada de su hermano, enseñó a todas las personas que estaban en el restaurante la posición lateral de seguridad, la técnica de RCP y las maniobras de desobstrucción de la vía aérea.

-Feliz cumpleaños, mamá – le dijo a su madre al terminar-. Te acabo de dar mi regalo: el poder de salvar una vida. ¡Ahora tú deberás compartirlo con otros!19.1

POEMA DEL ATRAGANTAMIENTO

25.2

Cuando alguien se atraganta la comida irá 

por donde respiramos, y se atascará.

Quien se haya atragantado empezará a toser, 

y muy atentos todos: serio puede ser.

25.1Si tose fuerte, fuerte, NO le tocaré.

Si tose es que respira; yo le animaré.

26.1

Pero si ya no tose sus manos pondrá  

agarrándose el cuello, y se puede ahogar.

Tenemos poco tiempo para actuar, 

y si lo hacemos bien su vida salvar.                                                                                                                    

26.2

Le damos 5 golpes en su espalda:

el talón de mi mano fuerte golpeará.

Si el trozo no salió le abrazo por detrás;

por encima de su ombligo mi puño irá.

Comprimo fuertemente bajo el esternón,

adentro y hacia arriba: yo seré su tos.

Y otra vez 5 golpes en su espalda,

y 5 compresiones en su barriga.

Si es muy27 alto o muy fuerte así no podré;

y contra una pared yo le llevaré.

Entrelazo mis manos delante de él;

por encima del ombligo fuerte empujaré.

PORTADA DEFINITIVA copAsí hasta que consiga respirar,

porque yo con mis manos le pude salvar.

24.2Si el trozo no ha salido se desmayará:

al 112 tengo que llamar.

Y empezaré enseguida a reanimar:

masaje el corazón necesitará.

HABÍA UNA VEZ UNA PERSONA MALITA, QUE NO PODÍA DESPERTAR

15.2

-¿Sabes qué, mami?

-¿Qué, Paula?

-Que ayer la abuelita de Marina se puso malita. Se quedó dormida y no se podía despertar.

-¡Vaya! ¿Y qué pasó después?

-Pues que la mamá de Marina llamó a una ambulancia y se la llevaron al hospital.

-¡Menos mal! ¡Espero que los médicos ya le estén curando!

-Oye, mami…

– Dime, mi amor.

-¿A ti te va a pasar eso alguna vez?

-¿El qué?

-Que te quedes dormida y no te puedas despertar.

-Pues no lo sé, cariño; espero que no… Pero oye, si me pasara ¿tú sabrías qué tienes que hacer?

-No…

-Pues mira, te lo voy a explicar. Si yo me pongo muy malita, o me encuentras muy dormida y no me despierto aunque me llames o me muevas muy fuerte, lo primero que tienes que hacer es ir corriendo a buscar a otra persona mayor.

-¿Pero y si papá no está? ¿O si estoy sola con la abuelita?

-Entonces tienes que salir corriendo a llamar a un vecino para que venga a ayudarte. ¡Pero acuérdate de dejar la puerta abierta, para que podáis volver a entrar los dos! Si no, me quedaré encerrada dentro y no me podréis ayudar.

-¿Y si están dormidos y no me oyen? ¿O y si no hay vecinos? La tía María vive en una casa lejos, y no tiene vecinos…

-Pues entonces tienes que llamar a un número de teléfono muy importante. ¿Sabes cuál?

-¿El de papá?

-No. Tienes que llamar al UNO-UNO-DOS, o ciento doce. El 112 es ese número grande y rojo que ves pintadas en las ambulancias, en los hospitales, en los centros de salud donde vamos a ver a tu pediatra… También está pintado en los camiones de bomberos, en los puestos de los socorristas…

21.121.2

-¿Y por qué está pintado en tantos sitios?

-Porque si necesitas que venga un médico o una ambulancia, o un policía, o un bombero, tienes que llamar a ese número: al 112. Y la persona que te contesta te mandará la ayuda a donde tú le digas.

-¿La mamá de Marina llamó al 112?

-Pues seguro que sí, para que le mandaran una ambulancia que se llevara a la abuelita al hospital.

-¿Y por qué es el número 112?

-Porque es muy fácil de recordar. Mira: lo vamos a aprender jugando con los deditos. Estira un dedo de cada mano.

Paula extendió sus dedos índices. Mamá le pintó una carita triste en un dedo, y una carita sonriente en el otro.

-Un dedito está malito – y le levantó el dedo de la carita triste.

-Un dedito le quiere ayudar – y le levantó el dedo de la carita contenta.

-Un dedito y un dedito, dos deditos aquí llamarán – le adelantó el primer dedo, luego el segundo, y luego los dos a la vez.

-¿Lo ves? Un dedito y un dedito, dos deditos. UNO, UNO, DOS. Cuando la persona que te cuida se pone malita y no hay otra persona mayor cerca, tienes que llamar al UNO-UNO-DOS. Repítelo tú.

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Un dedito está malito. Un dedito le quiere ayudar. Un dedito y un dedito, dos deditos aquí llamarán. UNO, UNO, DOS – repitió Paula, haciendo los movimientos.

-¡Muy bien! – exclamó su mamá, sonriendo -. Y si la persona mayor que venga a ayudarte no sabe a qué número tiene que llamar para pedir una ambulancia, ¿qué le vas a decir tú?

-Que tiene que llamar al UNO, UNO, DOS – indicó Paula con sus deditos.

-Estupendamente bien. Pero aún nos falta otra cosa muy importante. ¿Se te ocurre qué?

-¿El qué?

-¿Y cómo van a saber el médico o la ambulancia, o el policía o los bomberos, dónde tienen que ir?

-¡Pues se lo decimos nosotros, claro!

-Claro. ¿Y tú sabes tu dirección? ¿Sabrías decírsela al señor del 112?

-Mmmmm…camino de… los lagos. No, el lago. No, los lagos…

-Vaya vaya, solo regular. ¿Qué numero?

-El 15.

-¿Qué piso?

-El…¿tercero?

-¿Seguro?

-¿El cuarto?

-No, despistada, el tercero. ¿Y qué letra?

-Eso me lo sé: la C de casa.

-¿Y qué ciudad?

-Gijón, que está en Asturias, que está en España.

-¿Y si estás en casa de la abuelita y es ella quien se pone malita? ¿O en casa de la tía María? ¿Sabes sus direcciones?

-No – contestó Paula, frunciendo el ceño. ¡Nunca se le había ocurrido aprenderse la dirección de los abuelos ni la de los tíos!

-Pues vamos a hacer algo para solucionar esto. Vamos a hacer unas tarjetas muy, muy grandes. Una para nuestra casa, una para la casa de los abuelos y una para la casa de los tíos. En cada una vamos a escribir las direcciones completas: calle, número, piso, letra y ciudad. Y las vamos a pegar al lado del teléfono. Y a abuelita y a la tía les daremos sus tarjetas el próximo día que las veamos y les diremos que las peguen también al lado de sus teléfonos.

-¡Vale! Así, si alguien se pone malito, yo puedo leer la dirección cuando el señor del 112 me la pregunte – dedujo Paula, más tranquila.

-Eso es. Vamos a escribir la nuestra.

Mamá cogió una cartulina muy grande y escribió esto:1606272_573539399434742_8032129263892195657_o copia

-Ahora ya lo sabes – le dijo a Paula -. Si los mayores nos ponemos muy malitos y no nos despertamos, o no podemos levantarnos para pedir ayuda, vienes hasta este teléfono y vas haciendo todo lo que pone en la hoja.

-Ir a buscar a un mayor y dejar la puerta abierta. Si no hay un mayor, llamo al uno, uno, dos; digo mi dirección, Camino de los Lagos número 15, piso tercero, letra C, en la ciudad de Gijón – recitó Paula, muy ufana.

-Eso es. Y otra cosa que tienes que saber: cuando llames al 112 vas a hablar con dos o tres personas diferentes. Es muy importante que contestes a todo lo que te pregunten, aunque te parezca raro o te lo pregunten varias veces. Estarán intentando saber qué está pasando exactamente, para mandarte la mejor ayuda posible. Te preguntarán que si nos hemos tropezado y caído, que si nos había dolido algo, que qué estábamos haciendo cuando nos pusimos malos: jugar, leer, cocinar…Además te darán instrucciones, como que intentes ponernos de lado, que mires a ver si hacemos ruido al respirar, que mires a ver si movemos los brazos o las piernas…¿De acuerdo?

-De acuerdo, mami –  contestó Paula, muy segura – . Ya podéis estar tranquilos. A partir de ahora, si os pasa algo, yo sabré qué tengo que hacer para salvaros la vida.

-¡Esa es mi campeona! – le dijo mamá, abrazándola muy, muy fuerte -. Vamos a cantar juntas una canción que tú conoces, la de “Había una vez un barquito chiquitito”. Pero le vamos a cambiar la letra. Será otra manera de aprenderte qué es lo que tienes que hacer.
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-¡Vale, mami! – ¡Y mañana se la enseñaré a los amigos del cole!

-¡Desde luego! ¡Ellos también tienen que aprender a salvar la vida de sus papás y de sus abuelitos!

19.1

EL SUPERPODER DE SALVAR VIDAS

Diego era un niño inquieto, con dificultades para atender en el colegio. TPORTADA DEFINITIVA copenía a padres y profesores desesperados. Porque lo que allí le explicaban no le interesaba en absoluto.

Y es que su mente se distraía con demasiada facilidad, y volaba una y otra vez hacia un universo diferente. Lleno de superhéroes, poderes especiales, luchas a vida o muerte…

El mayor anhelo de Diego, su sueño imposible, era tener un superpoder. No le importaba cuál. Algo que le hiciera ser un héroe, que le permitiera salvar a alguien. Como Superman, Spiderman, Batman…Quería marcar la diferencia, de tal manera que “si él no hubiera estado allí, aquella persona probablemente no lo habría podido contar”.

Pero claro, esto solo ocurría en los cómics. O en la imaginación. Por eso, por más que tratara de atender en clase, a los diez minutos la cabeza se le iba…

Hasta que un día tuvieron una clase diferente.

Les llevaron al gimnasio, donde había unos cuantos muñecos inquietantes repartidos en colchonetas. Eran torsos humanos, con una expresión a medio camino entre zombies y robots, con los ojos cerrados y la boca entreabierta…¡Uf, qué escalofrío!

Diego enseguida se dio cuenta de quién era la mujer que les hablaba. Era una “trans-bi-formadora”, una formadora-transformadora. Una clase de superhéroe que tiene la capacidad de transformar a las personas enseñando, dándoles formación. Pero las transforma para siempre. Ya nunca volverán a ser las mismas. Cuentan las leyendas que son muy pocos …que se esconden sobre todo entre los maestros auténticos, vocacionales (que a veces ni siquiera son profesores de colegio, sino que trabajan en las cosas más variadas)…que muy poca gente se llega a dar cuenta de que está delante de uno de ellos…IMG_6053

Pero Diego la reconoció, porque en cuanto ella empezó a hablar, su mente, por primera vez ,se quedó muy, muy quieta y atenta…

-Vuestras manos tienen un poder secreto, que poca gente conoce. Tienen el poder de salvar una vida. De conseguir que una persona con el corazón parado no cruce la línea hacia la muerte. Vuestras manos y vuestra energía pueden sujetarla, mantenerla justo en el filo, hasta que la ayuda médica llegue para traerla definitivamente de vuelta al lado de los vivos.

¿CÓMOOOO? ¿El poder de salvar una vida? ¡No, no podía perderse ni una sola palabra!

-Vamos a enseñaros cómo utilizar ese superpoder. Vamos a daros la fórmula secreta. Se llama RCP, Reanimación CardioPulmonar. Y ese superpoder se va a esconder en algún lugar secreto, a medio camino entre el cerebro y el corazón: justo donde la memoria y la razón se juntan con la emoción y la pasión. Y permanecerá dormido, inactivo, durante días, semanas, meses, tal vez años; quién sabe. Pero cuando llegue el momento del peligro, cuando una persona sufra una parada cardíaca delante de vosotros, vuestro poder despertará y sabréis qué es lo que tenéis que hacer.

Con aquella t20.1rans-bi-formadora Diego aprendió que una persona inconsciente es aquella que cae al suelo y no se mueve, no habla, no responde, no se queja  aunque la llamen, la muevan, la sacudan; ni siquiera si le hacen daño. Que la gente se queda inconsciente por muchas razones; la mayoría no son importantes y la persona se despertará enseguida; pero otras pueden ser muy graves; tanto que puede tardar mucho, mucho tiempo en despertarse. Y hasta puede no llegar a despertarse si no vienen los médicos a ayudarla.21.1

¿Y cómo avisar a esos médicos? Llamando al 112, al número de teléfono para las emergencias de toda Europa. ¡Pero cuidado, que lo que parecía una simple llamada también tenía sus trucos!

22.1 (2)

Aprendió que su padre roncaba cuando se quedaba dormido boca arriba porque su lengua se le caía hacia atrás, le tapaba la vía respiratoria y solo le dejaba un pequeño espacio libre; así que su padre metía mucho ruido al intentar respirar. Pero que una persona dormida no se ahogaba porque su cerebro le decía al cuerpo: “¡Eh, cuerpo, que te falta aire!”. Y el cuerpo cambiaba de posición y papá movía la cabeza, o abría más la boca, o se ponía de lado y seguía durmiendo. Pero que el cuerpo de una persona inconsciente no puede responder a las órdenes de su cerebro; y no podrá hacer ninguna de esas cosas.

IMG_6066Y la persona que se queda inconsciente boca arriba se puede morir ahogada porque no consigue que la lengua deje pasar el aire.

¡Con lo fácil que es poner a una persona de lado, aunque pese 200 kilos! Aprendió un truco para hacerlo: la POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD; y así poder ayudar en adelante a quienes se quedasen inconscientes boca arriba y que respirasen roncando por culpa de su lengua.

Y la trans-bi-formadora les explicó también que a veces, aunque una persona parezca sana y fuerte, su corazón o sus arterias pueden tener alguna “pieza defectuosa” sin que nadie se haya dado cuenta. Y por eso hay corazones que de repente sufren un cortocircuito, como los ordenadores, los televisores o los teléfonos móviles. Y de golpe se apagan, se paran. Y esto le puede pasar a cualquier persona a cualquier edad.

Cuando esto ocurre, la persona se desploma de repente en el suelo. ¡Anda, igual que en un desmayo!, pensó Diego. Ah, no: parecido, pero con una enorme, importantísima diferencia. Que si una persona solo estaba desmayada, respiraría. Pero si su corazón estaba parado, dejaría de respirar.

Aprendió que tres cosas muy sencillas pueden salvar una vida: VER, OÍR, SENTIR. Para saber si una persona respira, primero extiendes su cabeza y levantas su barbilla: maniobra frente-mentón. Así su lengua se moverá y el espacio libre para respirar será mayor.22.1 - copia             r22.3

Si23.1 tras extender su cabeza VES que el pecho o la barriga de una persona inconsciente se mueve, si OYES cómo respira y si al acercar tu cara a la suya SIENTES que sale aire caliente, esa persona está respirando. Entonces hay 24.3que ponerla de lado, en posición lateral de seguridad, para que su lengua no caiga hacia atrás y le asfixie.

Si no lo ves, no lo oyes y no lo sientes, esa persona no está respirando. Y su corazón, posiblemente, se esté parando. Acaba de sufrir una muerte súbita.

Diego ya sabía que cuando un aparato electrónico se apaga de repente, alguna vez vuelve a encenderse solo; pero la mayoría de las veces tiene que venir un técnico a arreglarlo y encenderlo de nuevo. Y aprendió que lo mismo ocurre con un corazón que sufre un “cortocircuito”. Algunas veces un corazón que se para empezará de nuevo a latir sin ayuda. La persona se despertará y parecerá que solo se ha desmayado un ratito. Pero la mayoría de corazones que se paran necesitarán médicos con medicinas o aparatos que los arreglen y que consigan hacerlos funcionar de nuevo.

22El problema es que si los médicos tardan mucho, la energía de ese corazón parado se gastará muy rápido, como la batería de un coche cuando está mucho tiempo sin funcionar. Y si se gasta del todo, los médicos ya no podrán volver a poner el corazón en marcha.

¡No se puede dejar que un corazón pierda toda su energía! ¡Hay que hacer que se vuelva a mover enseguida, que se mueva sin parar!24.2

Y mientras los médicos llegan, solo los que hayan visto a esa persona desplomarse y logren despertar el poder que llevan dentro podrán salvarle la vida. Quienes se atrevan a ponerle las manos en el centro del pecho y a transmitirle su propia energía a través de ellas. Quienes tengan el valor de convertirse en el corazón de esa persona. Y den masaje cardíaco una y otra vez, sin parar, haciendo latir ese corazón estropeado hasta que llegue la ayuda.

Diego y sus compañeros aprendieron la teoría, aprendieron la técnica, practicaron con los muñecos-robots-zombies. Y para terminar, la trans-bi-formadora les encargó una misión.

-¡Enseñad a otros lo que habéis aprendido! ¡Extended la cadena de supervivencia! ¡Sus manos también pueden salvar vidas!

Diego salió emocionado de aquella clase, llevándose consigo el nuevo superpoder.

-¡Mamá, mamá, hoy he atendido en clase y he aprendido algo importantísimo! ¡Se llama RCP! – gritó nada más entrar en casa. Su madre se quedó tan impresionada por las palabras “he atendido” que casi no escuchó nada más.

-¡A ver, hijo, cuéntamelo enseguida!

Y Diego se lo contó. Y su madre también sintió cómo aquel poder se abría camino a través de ella y se quedaba agazapado entre su cerebro y su corazón.

Allí permaneció el superpoder de Diego, dormido, inactivo durante días, semanas, meses, esperando. Diego pensaba en él cada vez menos. Llegó a creer que había desaparecido. Y terminó por olvidarse de todo aquello.

Hasta que un día, jugando un partido de fútbol, Martín, su mejor amigo, cayó de golpe al suelo. Nunca había estado enfermo. No le había dolido nada. Pero de repente se desplomó.

-Martín, ¿has tropezado? ¿Qué te ha pasado? Vamos, levántate-le dijo su entrenador.

Pero Martín no se levantó. Ni siquiera se movió. Y el entrenador, un poco asustado, se acercó a él.

-¡Martín, Martín! ¡Despierta! ¡Vamos, despierta!- le insistió, sacudiéndole fuertemente.

Nada. Ni un movimiento, ni un ruido. Aquello no era normal. Un extraño zumbido comenzó a sonar en alguna parte de la cabeza de Diego.

-¡Ayuda, ayuda! ¡Hay un niño desmayado en el suelo! – gritó el entrenador, desesperado.

Dos profesores corrieron hacia él. Pero no supieron hacer otra cosa que mirarle, gritarle, sacudirle. El zumbido de la cabeza de Diego se hizo más y más fuerte. Un recuerdo estaba despertando…Martín está inconsciente…Hay que llamar pidiendo ayuda…tiene que llegar la ambulancia…

-¡Que alguien llame al 112! ¡Entrenador, tiene que llamar al 112 pidiendo un médico! – gritó.

El entrenador reaccionó por fin y echó a correr en busca de su teléfono móvil.

La cabeza de Diego seguía zumbando. Los recuerdos iban apareciendo cada vez con más fuerza. Una persona inconsciente puede respirar o no respirar…Hay que saber distinguirlo, porque en cada caso hay que hacer una cosa diferente…Si respira hay que ponerlo de lado hasta que llegue la ayuda…

-¡Hay que mirar si respira! ¿Está respirando? – preguntó Diego a los profesores, que le miraron con cara de “qué está diciendo este niño” y no supieron contestar.

Diego se acercó a Martín. “Para ver si respira levanto su barbilla”, “maniobra frente-mentón”, “VER, OÍR, SENTIR”; le indicaba el zumbido de su cabeza. Le echó la cabeza hacia atrás y acercó su mejilla a la boca de su amigo. “Por favor, que esté respirando. Por favor, que me eche el aire en la cara”.

Pero no vio que el pecho de Martín se moviera. No escuchó ruidos respiratorios. No notó aire caliente en la cara.

-¡No respira! – exclamó.

-¡Está muerto! ¡Está muerto! – comenzó a gritar un profesor. Todo el mundo perdió los nervios. Gritos, lloros, carreras, desesperación.

Y en medio de todo aquel caos, Diego miraba a su mejor amigo sintiendo que algo crecía en su interior y estaba a punto de estallar.

“Martín acaba de sufrir una muerte súbita. Su corazón se ha parado de repente. Si nadie lo mueve se gastará como la batería de un coche y los médicos no podrán arrancarlo de nuevo. Pero aún no es tarde. Yo puedo hacer algo. ¡Tengo que hacer que se mueva! ¡Tengo que ser su corazón!”24.1

Se arrodilló al lado de Martín, entrelazó sus manos y colocó el talón de la mano en el esternón de su amigo, exactamente en el centro del pecho, en el punto medio entre sus dos pezones. Se levantó de sus talones, estiró completamente los brazos y dejó que todo su peso cayese sobre el pecho de Martín, comprimiéndolo una y otra vez.

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Sístole-diástole, sístole-diástole. Cien veces por minuto”. Su mente y su corazón trabajaban juntos. Toda su fuerza, toda su rabia, todo su miedo, sus nervios, sus ansias, salían a través de sus manos transformados en energía, que entraba directa al corazón de su amigo. “Late, late, late. No te pares. Sigue latiendo. Hasta que llegue la ayuda. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez”.

-¡Luis, me estoy cansando! – avisó Diego a su compañero a los pocos minutos-. Tú también estuviste en clase aquel día; sabes cómo hay que hacer una RCP. Arrodíllate frente a mí y me sustituyes a la de tres. Una, dos, tres, ¡ya!

Luis y Diego se turnaron una y otra vez haciendo RCP. No pensaron siquiera en hacer el boca a boca, porque la trans-bi-formadora les había dejado muy claro que no debían dejar de dar masaje cardíaco ni un solo segundo para no perder el tiempo con el difícil boca a boca. Siguieron y siguieron, siguieron y siguieron. Cinco, diez, doce minutos.

Hasta que por fin oyeron la sirena de la ambulancia que llegaba al lugar. Cuatro personas bajaron corriendo cargados con maletines y aparatos. Uno de ellos se arrodilló inmediatamente al lado de Martín y comenzó a hacer el masaje cardíaco exactamente igual que ellos lo habían estado haciendo.

-¡Muy bien, chicos, ya podéis parar! ¡Ya seguimos nosotros! – les dijo el médico, mientras sacaban cables, tubos, agujas, medicinas y todo tipo de cosas.

Los dos amigos se apartaron. Alcanzaron a oír las palabras “está en fibrilación ventricular, hay que desfibrilar”, o algo parecido, antes de que los profesores se los llevaran al despacho del director.

Allí estuvieron mucho, mucho tiempo, abrazados, nerviosos, callados, esperando noticias. Les pareció que habían pasado horas cuando por fin la puerta se abrió y entró el médico.

-Quería deciros que vuestro amigo está vivo. Hemos conseguido que su corazón vuelva a latir. Me lo tengo que llevar al hospital porque hay que hacerle muchas pruebas, para saber qué es lo que le ha pasado, por qué su corazón se paró de repente. Pero está vivo. Y como habéis comenzado la RCP inmediatamente, estoy seguro de que se va a recuperar del todo.

Y luego el médico se dirigió a Diego.

-Me han contado lo que hiciste. Que fuiste tú quien dijo que había que avisar al 112, que fuiste quien se dio cuenta de que el chico no respiraba y que iniciaste el masaje cardíaco rápidamente. Quiero decirte que si tú no hubieras estado allí, tu amigo estaría probablemente muerto. Tú le has salvado la vida. Si no hubieras actuado, nosotros habríamos llegado tarde. Eres un héroe, chaval. Puedes estar muy, muy orgulloso.

Y mientras veía al médico marchar, mientras veía a la ambulancia salir con luces y sirenas hacia el hospital, mientras el director les metía en un coche y arrancaba tras la ambulancia, Diego notaba que su superpoder se iba apagando, que aquella intensa energía que le había invadido iba desapareciendo poco a poco, hasta volver a esconderse en alguna parte entre su cerebro y su corazón. Volvería a quedarse quieta, dormida, de nuevo esperando. Pero no desaparecería. Nunca. Nunca había desaparecido. Ahora Diego lo sabía. Una vez que el superpoder entra en tu cuerpo, nunca se va. Solo hay que recordar…

Y cuando llegaron al hospital, cuando la madre de Martín se lanzó a abrazarles llorando, dándoles las gracias por haber salvado la vida de su hijo, Diego comprendió que su sueño se había cumplido. Había marcado la diferencia. Si él no hubiera estado allí, su amigo probablemente no lo habría podido contar.

-Gracias, trans-bi-formadora – susurró emocionado-. Gracias por enseñarme RCP, por darme el poder de salvar una vida.

-De nada – le respondió ¿el viento? ¿una voz imaginaria? – Pero recuerda: ahora tu misión será convertirte tú también en trans-bi-formador. ¡Enseña a otros lo que has aprendido y extiende la cadena de supervivencia! ¡Sus manos también pueden salvar vidas!19.1

 ÉRASE  UNA  VEZ…

…una situación angustiosa: un atragantamiento, un desmayo, una convulsión… Los adultos presentes gritaban, lloraban, corrían; pero nadie sabía qué hacer exactamente. Y en medio del caos, un niño miraba entre asombrado y asustado, sin entender muy bien qué estaba pasando. Pero sin tener tampoco conciencia de la gravedad de la situación. Un niño que, desprovisto de la angustia de los adultos y desconocedor de las posibles consecuencias de lo que está presenciando, podría actuar de una manera mecánica y efectiva…si supiera qué es lo que tenía que hacer.

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…un accidente de tráfico. Coches destrozados, cristales por el suelo, un atasco momumental. Los adultos llamaban por teléfono gritando histéricos que les mandasen inmediatamente una ambulancia, pero colgaban sin dar más detalles. Y una chica lo veía todo desde el asiento de atrás de su coche. Una adolescente que, con la curiosidad que caracteriza a los chavales, no perdía detalle: cuántos coches habían chocado, cómo estaban de estropeados, incluso su color; cuántas personas había heridas, cuántos años tenían, qué altura kilométrica marcaba la señal del otro lado. Una información de vital importancia que ella podría transmitir al centro coordinador de emergencias…si supiera que hay un teléfono al que un joven también puede llamar cuando los adultos no han dado los datos suficientes.

…dos pequeños a cargo de su abuela. De repente ésta perdió el conocimiento, y no volvió a recuperarlo. Y los dos niños estuvieron mucho tiempo solos en casa con ella, sin saber si estaba viva o muerta, sin saber qué podían hacer o a quién tenían que llamar. Porque todos pensaban que eran demasiado pequeños para saber llamar por teléfono. Pasaron muchas horas hasta que otro adulto llegó a la casa y se percató de la emergencia.

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A lo mejor la educación sanitaria debería empezar más temprano. Incluso en la primera infancia…

Pero ¿cómo explicar a los niños lo que es una emergencia de un modo sencillo, comprensible, que no genere demasiada angustia o terror, pero que no esconda la realidad? ¿Y cómo convencerles de que pueden ayudar, de que deben actuar, de que ellos también pueden salvar vidas? ¿Cuando están solos, pero también cuando hay adultos presentes, pero no saben lo que deben hacer?

10255199_723179461064268_5711846683342691921_nYo voy a intentarlo transformando situaciones reales en cuentos o historias que un niño pueda entender. Unos serán para niños muy pequeños; otras para chavales más mayores, incluso para adolescentes. Y tal vez ayuden a algún adulto a comprender mejor la emergencia, a integrar el aprendizaje de un curso, charla o taller de RCP en una situación de la vida real.

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Porque estoy convencida de que las manos pequeñas también pueden salvar vidas. De que el aprendizaje por medio del juego o la lectura es mucho más fácil y efectivo. De que lo que un niño aprende, si lo aprende bien, jamás lo olvidará. De que un niño educado desde muy pequeño en la atención a la emergencia será capaz de mayor de actuar mecánicamente, sin miedo ni prejuicios.

Porque así nuestros niños estarán un poquito más protegidos. Y porque soy egoísta: mi vida, las de mis hijos, las de la gente que amo, en unos pocos años estarán en las manos de los niños de hoy. Y enseñándoles los primeros auxilios y las técnicas de RCP, puede que salven nuestras vidas mañana.