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La diabetes explicada a los niños de Infantil

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-Chicos, hoy ha venido a clase una invitada muy especial. Se llama Ana, y es enfermera. Y viene a explicarnos una cosa muy interesante. ¡Dadle la bienvenida!

Los niños saludaron llenos de curiosidad.

-¡Hola, Ana! ¿Qué nos vas a contar?

-Pues os voy a contar la aventura de Mateo, vuestro compañero de clase. Todos conocéis a Mateo, ¿verdad?20170518_222844

-¡Sí! – contestaron los niños, señalando a Mateo, que estaba sentado al lado de Ana un poco colorado.

-Pues a Mateo le ha pasado algo muy importante. Vais a ver. Pero primero me tenéis que contestar una cosa. ¿Alguna vez habéis tenido mucha hambre?

-¡Sí! – contestaron todos.

-¿Y dónde notáis el hambre?

-¡En la barriga!

20170518_222825-Eso es – dijo Ana -. Cuando tenemos hambre la barriga nos molesta, y a veces hasta nos duele. Y hasta que no comemos no se queda tranquila. ¿Verdad?

-¡Sí!

-¿Y os parece justo que sólo coma la barriga? ¿Qué pasa con el resto del cuerpo? ¿Por qué no van a poder comer los ojos, los brazos, las piernas, la cabeza, el corazón?

-¡Pero si ellos no tienen hambre! – protestó un niño.

-Eso lo dirás tú. Ellos también trabajan sin parar, y también tienen hambre, y tienen que comer.

-¿Ah, sí? – preguntaron los niños, asombrados.

-Claro. Cuando la cabeza tiene hambre, nos duele y no nos deja pensar bien. Cuando los ojos tienen hambre no nos dejan ver bien. Cuando el corazón tiene hambre no nos deja estar contentos. Cuando los brazos y piernas tienen hambre, están cansados y no nos dejan jugar ni correr. ¿No os ha pasado esto nunca?

-Sí que nos ha pasado – reconocieron los niños.

-Pues hasta que no les demos de comer, los ojos, los oídos, los brazos, las piernas… no volverán a funcionar bien del todo.

-¡Pero la comida solo llega a la barriga! – exclamó un niño.

-Sí. Pero nuestra barriga solo se come un poquito de la comida que comemos. El resto se reparte por todo el cuerpo, para que llegue a todas las partes: desde la cabeza hasta los pies. Para que todas las partes de nuestro cuerpo también puedan comer.

-¿Y cómo comen los brazos y las piernas? – preguntó una niña.

-Pues con cucharas – contestó Ana -. Con unas cucharas especiales que fabrica nuestra barriga.

-¿De verdad? – preguntaron los niños, asombrados.

-De verdad. Todos tenemos en nuestras barrigas una especie de bolsa que se llama PÁNCREAS. Es así – y Ana les enseñó un dibujo.

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-¡Es verdad, parece una bolsa! – exclamó un niño.

-Esta especie de bolsa, el PÁNCREAS, es en realidad es una fábrica de cucharas especiales. Son cucharas super pequeñas, tan pequeñas que son invisibles. Sólo se podrían ver con un microscopio muy potente. Y no son de plata, ni de hierro. Son de un material muy diferente: son cucharas de INSULINA.

-IN-SU-LI-NA. ¡Qué nombre más raro! – dijeron los niños.

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-Cuando nuestra barriga ya está llena y no quiere más comida, esas cucharas especiales cogen la comida que sobra y la reparten por todo el cuerpo: se la llevan la cabeza, a los ojos, al corazón, a los brazos y piernas…- explicó Ana -. Así ellos tampoco tienen hambre y nos dejan seguir jugando, viendo la tele y leyendo cuentos.

-¡Aaaaaah!19212

-¿Y todos tenemos esa fábrica de cucharas en nuestras barrigas? – preguntó una niña, tocándose la barriga para ver si la encontraba.

-Todos. Los niños y los mayores. Los bebés, los papás, los abuelos…todos tenemos esa “bolsa”, esa fábrica de cucharas especiales que reparten la comida. Está más o menos por aquí – Ana se tocó la barriga por encima del ombligo, y todos los niños la imitaron.

-Pero a veces esa fábrica se estropea – les dijo Ana -. Y deja de fabricar cucharas.

20170518_222830-¡Hala! ¿Y qué pasa entonces? – preguntó una niña.

-A ver quién adivina qué pasa entonces – contestó Ana.

-Pues que las cucharas no pueden repartir comida – dijo un niño.

-¡Muy bien! Eso es lo que pasa. Y si no pueden repartir comida, ¿qué le pasará a nuestra cabeza, a nuestros ojos, a nuestro corazón, a nuestros brazos y a nuestras piernas?

-¡Que tendrán hambre!

-¡Y que no funcionarán bien!

-¡Y que estarán cansados!

-¡Pero qué listos que sois! – aplaudió Ana-. Bueno, pues ahora vamos a hablar de vuestro amigo Mateo. Mateo estuvo muchos días sin venir a clase, ¿verdad?

-Sí, porque estaba malito – dijo una niña.

-Sí. No tenía tos, ni mocos, ni fiebre, ni le salieron manchas por la piel…  Pero Mateo estaba siempre cansado. Siempre tenía hambre y sed. Y no dejaba de comer y de beber. ¡Tanta agua bebía que se pasaba el día haciendo pis!

-Es verdad, me acuerdo – dijo un niño.

-Pero aunque Mateo no dejaba de comer y de beber, seguía teniendo hambre y sed, y seguía estando cansado. Siempre le dolía la cabeza. No veía bien la pizarra. Se cansaba de jugar, de dibujar y de leer cuentos. Y no conseguía estar contento.

-Pobre Mateo – suspiró una niña.

-Pero nadie sabía lo que le pasaba. Así que los médicos buscaron y buscaron, le miraron y le miraron. Por eso faltó tantos días a clase. Y por fin, después de mucho investigar y buscar, descubrieron lo que le pasaba a Mateo.

-¿Qué le pasaba? – preguntaron todos, expectantes.

-Que su corazón, su cabeza, sus ojos, sus brazos, sus piernas…¡no podían comer! ¡Tenían mucha hambre!

-¿Y por qué no podían comer? – preguntó otro niño.

-Pues al principio los médicos no lo sabían. Hasta que un día miraron la barriga de Mateo con un microscopio especial… ¡y se dieron cuenta de que la fábrica de cucharas de la barriga de Mateo, su PÁNCREAS, no funcionaba!

-¡Hala! ¿Y por qué?

-Porque se había estropeado. Y no fabricaba cucharas. Y si no fabricaba cucharas, aunque Mateo se llenara la barriga de comida, las cucharas no se la podían llevar a la cabeza, a los ojos, a los brazos, a las piernas…Y por eso Mateo siempre estaba cansado, y no podía jugar ni leer bien.

-¿Y los médicos se lo arreglaron? – preguntó una niña.

-No – contestó Ana-. El motor de la fábrica estaba roto del todo, y no lo pudieron arreglar.Hay muchas personas en el mundo que tienen el páncreas, la fábrica de cucharas de la barriga, estropeado. ¿Y sabéis cómo se llaman esas personas?

-¿Cómo?

-DIABÉTICAS. La enfermedad que estropea la fábrica de cucharas de la barriga se llama DIABETES.

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-DI-A-BE-TES – repitieron los niños.

-¿Pero entonces Mateo no se ha curado? – preguntó un niño.

-No. Pero los médicos encontraron una solución – contestó Ana.

-¿Cuál? – preguntaron los niños, curiosos.

-Pues…si la fábrica de Mateo no podía fabricar cucharas que repartieran comida por el cuerpo…¡serían los médicos los que fabricaran las cucharas especiales, y las meterían dentro de la barriga de Mateo!

-¡¡¡Hala!!! – los niños abrieron muchísimo los ojos por el asombro.

-Para eso los médicos fabricaron una medicina mágica que sirviera para meter las cucharas especiales de INSULINA en la barriga de Mateo. Y esa medicina tiene un ingrediente secreto. ¿Sabéis cuál es?  – preguntó Ana.

-¿Cuál?

-El VALOR.

-¿El valor?

-Sí. El valor, porque las personas que tienen este problema tienen que pincharse la medicina en la barriga todos los días.

-¿Todos los días? ¡Uf!

-Sí, todos los días. Y varias veces al día. Fijaos si hay que ser valiente para hacer eso. Pero para que Mateo no tenga que pincharse la medicina en la barriga tantas veces, ¡le han puesto una bomba en la barriga!

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-¿Una bomba en la barriga? ¿Puede explotar? – preguntaron los niños, con los ojos como platos.

-¡No, hombre, no! ¡No es una bomba de explotar! Es una bomba como un motor, que 20170518_222850empuja el líquido mágico dentro de la barriga de Mateo. Se llama BOMBA DE INSULINA. ¡Mateo os la puede enseñar!

Mateo enseñó a sus amigos el aparato que llevaba pegado a su barriga.

-¡Qué chulada! ¡Una bomba! – todos querían verla y tocarla.

-Pues esa bomba va llenando la barriga de Mateo, a la vez que de cucharas especiales, de valor. Mateo se va convirtiendo, poco a poco, en un superhéroe. ¡Y hay muy pocos superhéroes en el mundo! ¡Y vosotros tenéis la suerte de tener uno en clase!

-¡Hala! – todos los niños miraban asombrados a Mateo, que sonreía orgulloso.

-Sí, Mateo se está convirtiendo en un superhéroe que no le tendrá miedo nunca más a los pinchazos, y que de mayor será capaz de hacer cosas increíbles. Pero a la vez, Mateo necesita vuestra ayuda. ¿Queréis a ayudar a Mateo a seguir convirtiéndose en un superhéroe? – preguntó Ana.

-¡¡¡Sí!!! – gritaron todos.

-Pues tenéis que hacer una cosa muy importante: tenéis que convertiros en sus vigilantes.

-¿En vigilantes?

-Sí. Como los socorristas que vigilan a la gente en la playa, o como los espías. Tenéis que vigilarle muy bien, porque a veces la medicina de las cucharas no funciona bien del todo.

-¿Ah, no?

-No. A veces las cucharas se confunden, y no reparten bien la comida – explicó Ana.

-¿Y por qué pasa eso? – preguntó un niño.

-Porque las personas comemos tantas cosas y tan diferentes que, a veces, las cucharas de la medicina se hacen un lío. Y a veces reparten demasiada comida, y a veces reparten muy poca.

-¿Y entonces qué pasa? – preguntaron todos.

-Que la cabeza, los ojos, el corazón, los brazos y las piernas de Mateo no van a recibir la comida que necesitan, y van a tener hambre. Mateo estará otra vez demasiado cansado para jugar. No querrá leer. Le dolerá la cabeza. Estará muy raro, puede que se enfade, que se ponga a gritar, o que diga tonterías.

-Ah…

-Si Mateo se pone así de raro no es que esté enfadado con vosotros, o que no quiera jugar con vosotros. Es que su medicina no está funcionando bien. ¡Y tenéis que llamar enseguida a un profesor o a un mayor!

-¡Ah, vale!

-Ese mayor va a ayudar a Mateo. A veces le va a pinchar en un dedito, para sacarle una gotita de sangre y ver si las cucharas especiales están funcionando bien o no. La gotita de sangre se pone en un aparato que se llama GLUCÓMETRO, y que es un “microscopio” especial. Mirad, es como este -.Y Ana les enseñó un extraño aparato.

1-76-¡Qué chulo! – exclamó una niña.

-Si el microscopio especial, el GLUCÓMETRO, dice que las cucharas no están funcionando bien, y que la cabeza de Mateo, y sus ojos, brazos, piernas…están pasando hambre, Mateo tendrá que comer o beber enseguida un zumo, una fruta, una galleta… Cosas que su mamá ya le habrá preparado por si le falla la medicina – explicó Ana.

-¡Vale!

-Cuando Mateo vaya siendo cada vez mayor y con más poderes de superhéroe, él mismo se dará cuenta de cuándo la medicina no está funcionando bien; y él solito comerá y beberá para arreglarlo. Pero todas las personas DIABÉTICAS, que se tienen que pinchar medicina mágica en la barriga o que tienen una bomba de INSULINA como la de Mateo, necesitan tener cerca un vigilante o un espía; por si acaso un día no se dan cuenta de que la medicina no está funcionando bien.

-¿Y si ninguno nos damos cuenta de que la medicina de Mateo no está funcionando qué pasará? – preguntó un niño.20151023_135712_editado-1

-Pues que el cuerpo de Mateo se quejará muy fuerte, porque tiene mucha hambre. Mateo puede caerse al suelo y puede que sus brazos y piernas se empiecen a mover mucho, para llamar la atención. O puede que se quede desmayado, porque su cabeza se duerme de cansancio y no quiere trabajar más. Entonces todos os daréis cuenta enseguida de que la medicina no está funcionando, y tenéis que correr muy deprisa a avisar a un profesor o a un mayor. ¿Vale?

-¡Vale!

-¿Y sabéis qué otra cosa podéis hacer para ayudar a Mateo?

golosinas-¿Qué? – preguntaron todos.

-Pues vigilar que la comida que Mateo coma sea lo más sana posible. ¡Nada de chuches! Las chuches confunden muchísimo a las cucharas especiales, y hacen que la medicina funcione peor.

-Entonces no podemos comer chuches delante de Mateo, para que no le den ganas de comerlas a él también – propuso una niña.

-¡Eso sería estupendo, ¿verdad, Mateo? – preguntó Ana. Mateo dijo que sí con la alimentacionsaludablecabeza-. Vosotros no coméis chuches delante de Mateo, y Mateo os enseña qué comidas son las más sanas para todos. Porque Mateo se va a convertir en un especialista en comida sana.

-¡De mayor voy a ser cocinero! – dijo Mateo, muy contento.

-¡Claro que sí! ¡Y todos tus amigos te van a ayudar! ¡Un aplauso para Mateo, el superhéroe cocinero del colegio!

19.1

POEMA DE LA CONVULSIÓN

A veces en el cerebroE

se arma un tremendo jaleo.

 

Unas neuronas se enfadan

y no hacen lo que les mandan.

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Tienen una pataleta,

 como un niño una rabieta.

 

Y obligan a que se muevan

 los músculos, aunque no quieran.

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La persona cae al suelo:

se le agita el cuerpo entero.

 

Manos, piernas, ojos, boca,

la cabeza como loca…

 

Se mueve sin ton ni son:

¡Esto es una convulsión!

 

“¡Le está dando la corriente”!

piensa, asustada, la gente. 112

 

1-1-2 marcad,

y por ayuda esperad.

 

¿Y cuánto dura este estado?

Pues depende del “enfado”.

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El cerebro cansará;

y el “ataque” cesará.

 

Es cuestión de dos minutos.

Mientras tanto, ¡no seáis brutos!

 NADA EN BOCA

¡No metáis nada en su boca!  ¡No le dejáis respirar!

 ¡Cuidado con vuestros dedos!  ¡Mordiscos os puede dar!

¡No le agarréis fuertemente, que le podéis lesionar!

 Sólo dejad que se mueva: la convulsión parará.

 

Al acabar la “rabieta”,

aunque ya se queda quieta,

 

la persona no despierta,20151023_135712_editado-1

¡y parece como muerta!

 

Tras el esfuerzo, agotada,

está  “frita”, desmayada.

 

 Inconsciente y azulada

diez minutos, ¡casi nada!

 

Boca arriba va a roncar:

de lado le hay que girar.

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Y esperar con gran paciencia

a que recupere fuerza.

 

Cuando por fin se despierta,

¡ninguna pregunta acierta!

 

“¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? confuso

¿Quién soy yo? ¿Qué día es hoy?” 

 

No se ha enterado de nada.

Está súper despistada.

 

No reconoce las caras, 

dice o hace cosas raras.

 

Todos “tranquis” esperando,

que se irá recuperando.

 

Y aunque mal lo habréis pasado,

en un susto habrá quedado.

19.1

Boca torcida, mueve mal un brazo y una pierna…¡ICTUS!

20170201_234357-1.jpgUna tarde de viernes a los padres de Carla les surgió un compromiso, y Carla se quedó al cuidado de sus abuelos.

-Tengo que ir al centro social a una charla sobre problemas de salud en personas mayores – le dijo su abuela -. ¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte con tu abuelo en casa?

-¡Prefiero ir contigo, abuela! – contestó Carla, entusiasmada.

-Yo sé que vas a portarte bien y que no vas a interrumpir. Pero ¿no te aburrirás un poco? – le preguntó su abuela, un poco preocupada.

-¡No! ¡Me encantan las cosas de medicina! – contestó la niña, convencida.

Así que Carla acompañó a su abuela a una charla muy interesante impartida por un enfermero.

Ese enfermero habló sobre los problemas de salud más frecuentes en las personas mayores. A Carla le sonaba que se podían tener problemas de corazón (su abuelo había sufrido un infarto), problemas de azúcar (su profesor era diabético)… Pero ese día aprendió que también se podían sufrir problemas en el cerebro.

-Nuestro cerebro es el jefe del cuerpo. Es el ordenador que controla nuestro cuerpo, a través de una red de cables que es el “sistema nervioso”- explicó el enfermero. Carla asintió entusiasmada: eso lo habían estudiado en Naturales.ELECTRICO

-Cuando el cerebro está sano, el “ordenador” funciona correctamente – siguió el enfermero -. El cerebro da una orden y el resto del cuerpo le obedece. Podemos oír, ver, hablar, mover nuestros brazos y piernas, de forma correcta. Podemos mover la parte del cuerpo que queramos, decir las palabras que queramos, coger el objeto que queramos, mover los ojos hacia donde queramos. Y hacemos las cosas normales de la manera normal. Las personas que nos observan saben que todo va bien.

El enfermero miró a todos los presentes.

-Ahora mismo todo el mundo está actuando de una forma normal en esta sala, ¿no? No vemos a nadie hacer ni decir cosas raras, ¿a que no?

-No – contestaron todos.

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-Pero si el cerebro se pone enfermo de repente, puede quedar como aturdido, atontado. Puede olvidar qué tenía que hacer, o qué tenía que mandar hacer al resto del cuerpo. O puede dar órdenes equivocadas.

 

-Puede pasarle lo mismo que a un ordenador que se estropea o se “desprograma”: que cuando queremos que abra un programa, no nos obedece, o abre otro distinto. O cuando queremos que abra un video de repente se apaga la pantalla. ¿No? – preguntó un señor.

-¡Eso es!

-¡Pues a mi me pasa todos los días! ¡Qué horror! – exclamó el señor.

Todos se rieron.

-Estas cosas les pasan, por ejemplo, a las personas que sufren un fuerte golpe en la cabeza, tan fuerte que el cerebro también se lesiona – explicó el enfermero-.  Igual que si nos rompemos una pierna el dolor impide que podamos caminar bien, si nuestro cerebro se hace daño tampoco podrá funcionar bien.

-Claro, lógico – asintieron todos.

-También le pueden pasar esas cosas a las personas que tienen una enfermedad cerebral, la que sea. O a las personas que toman alcohol o drogas que afectan al cerebro. O las personas que sufren una gran bajada de azúcar, que es la “gasolina” del cerebro: sin su “gasolina”, el cerebro no tendrá energía para trabajar ni para dar órdenes al resto del cuerpo.

-¡A los diabéticos les puede pasar eso! – exclamó Carla, recordando lo que les explicaba su profesor.

-¿Y cuáles son los síntomas? ¿Cómo se comportan esas personas? – preguntó una señora.

-Pues hacen cosas raras. ¡Cualquier cosa! Cosas que a los que estamos mirando nos parecen extrañas, incorrectas, exageradas o fuera de lugar – respondió el enfermero-. Por ejemplo: dicen cosas muy raras. No contestan a las preguntas. O no recuerdan su nombre, dónde viven o quiénes son sus familiares. O les preguntas “¿qué hora es?” y te contestan “azul y rojo”. O intentan contestarnos, pero son incapaces de hablar con claridad, farfullan, o dicen las palabras al revés.

-¿De verdad? – a Carla aquello le parecía muy divertido.

20170201_234404-1-Sí. A veces tampoco obedecen las órdenes que les damos. Si les decimos “quédate sentado” se ponen a caminar. Si les decimos “tócate la nariz” se tocan la barbilla. Si les pedimos que miren fijamente nuestro dedo y lo vamos moviendo, no pueden seguir el dedo con la mirada.

-¿De verdad? –  Carla abría  los ojos como platos.

-¡De verdad! O pueden decirnos que de repente ven doble. O que todo les da vueltas. O que no ven nada, o que les zumban los oídos…O puede que empiecen a ver cosas o personas extrañas, que en realidad no están allí; o a oír ruidos extraños dentro de su cabeza, o a oler olores extraños que nadie más nota…

Carla no sabía si el enfermero les estaba tomando el pelo. ¿De verdad podían pasar todas esas cosas cuando el cerebro estaba enfermo?

-También puede pasar que les duela muchísimo la cabeza, más que nunca en su vida. O que de repente y sin estar enfermos del estómago se pongan a vomitar. O que tengan  mucho, muchísimo sueño. Que se vayan quedando cada vez más dormidos. O que de repente empiecen a mover una parte del cuerpo sin poder controlarla. O el cuerpo entero; y se caigan al suelo y tengan una convulsión, como si fueran epilépticos.

-O sea, que un cerebro enfermo o lesionado puede hacer un millón de cosas raras – concluyó un señor.

112-Pues sí. Así que ya sabéis: cuando veáis que una persona que siempre ha sido “normal” comienza DE PRONTO a comportarse de manera extraña, a decir o hacer cosas raras, ¡poneos en alerta! Puede estar sufriendo un problema en su cerebro. Dad la voz de alarma: avisad enseguida a alguien que pueda ayudaros, o llamad al teléfono de emergencias: el 112. Un médico o enfermero tiene que explorar a esa persona. Y si sospecha que sí, que algo le está pasando a ese cerebro, habrá que llevar a la persona enseguida al hospital.

Carla se quedó impresionada.

-Ahora vamos a hablar de una cosa muy concreta que le puede pasar a un cerebro. Una cosa que puede ocurrir sobre todo en personas mayores. EL ICTUS.

-¿El qué? – Carla nunca había oído esa palabra.

-Sabéis que el corazón, cada vez que late, manda sangre al resto del cuerpo. A todos los órganos, a todos los músculos. Y, por supuesto, también al cerebro. La sangre tiene que subir desde el corazón al cerebro, y lo hace viajando por unas “tuberías” o “vasos sanguíneos” muy importantes: las arterias que van por el cuello, las arterias carótidas. ¿Sí?

20170201_234802-1-¡Sí!

-Una arteria carótida, la izquierda, sube por la parte izquierda del cuello. La otra arteria carótida, la derecha, sube por el lado derecho del cuello. Cuando llegan al cerebro, las carótidas se dividen en arterias más pequeñas, las arterias cerebrales. Y esas arterias cerebrales llevan sangre a todo el cerebro. Las de la izquierda a la parte izquierda del cerebro; y las de la derecha a la parte derecha.

Todo el mundo entendía aquello.

-Una vez que el cerebro utiliza esa sangre limpia, la sangre “sucia” viaja de vuelta a través de las venas cerebrales. Y luego baja por las venas del cuello, que se llaman venas yugulares (la derecha y la izquierda). Y regresa al corazón.

-Pero ¿qué es un ic… un tis… eso que has dicho? – preguntó Carla, impaciente.

Un ICTUS es un problema en una de esas arterias o venas que llevan la sangre del cerebro. A ese problema también se le conoce como ACV, Accidente Cerebro Vascular (es decir, un “accidente” que le ocurre a un “vaso” del cerebro; a una arteria o a una vena). Estos “accidentes” son de 2 tipos fundamentales. ¿A alguien se le ocurre cuáles pueden ser?

-Que un vaso se rompa – aventuró un hombre.

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-Muy bien. Entonces tendremos un sangrado, una HEMORRAGIA CEREBRAL. ¿Y el otro?

-Que un vaso se obstruya – dijo una señora.

-Sí. Por un trombo o un coágulo de sangre. Si esto le ocurre a una arteria cerebral, entonces la parte del cerebro a donde esa arteria tenía que llevar la sangre ( la derecha o la izquierda, depende) no podrá recibirla. Y sufrirá un INFARTO CEREBRAL.

-¿Como los infartos del corazón? – preguntó la abuela de Carla.

-Lo mismo. En un infarto del corazón, una arteria coronaria se obstruye y una parte del corazón deja de recibir sangre. En un infarto cerebral, una arteria cerebral se obstruye y una parte del cerebro deja de recibir sangre.

-¿Y eso puede arreglarse? – preguntó otra mujer.herramienta-de-reloj-circular_318-59031

-Pues si detectamos enseguida que una persona está sufriendo un ictus, avisamos inmediatamente al 112 y a esa persona se le ponen los tratamientos necesarios y se le traslada al hospital cuanto antes, ¡EN MENOS DE 3 HORAS!, hay muchísimas posibilidades de poder arreglar un ictus. O al menos de conseguir que el daño que el cerebro está sufriendo sea lo menor posible.

-¿Y cómo reconocemos los síntomas de un ictus? – preguntó un hombre.

-Cuando veáis que una persona comienza a tener DE REPENTE, “sin venir a cuento”, cualquiera de los síntomas extraños de los que antes hablamos (dolor de cabeza muy intenso, vómitos sin estar enfermo del estómago, comportamiento extraño, palabras o contestaciones extrañas, convulsiones, desmayos, problemas de visión…), pensad que algo le puede estar pasando a su cerebro. Pueden ser un montón de cosas; pero entre ellas, también puede ser un ictus. Avisad inmediatamente al 112, para que venga enseguida un equipo sanitario a explorarle. Por si las moscas.

-Muy bien – dijeron todos.

-Pero hay unos síntomas muy concretos que nos tienen que hacer sospechar enseguida que esa persona puede estar sufriendo un ictus. Y además suele ser del tipo INFARTO CEREBRAL.

Carla no se perdía una palabra.20170201_234413-1

-Una mitad de nuestro cerebro da órdenes a una mitad de nuestro cuerpo. Y la otra mitad de nuestro cerebro da órdenes a la otra mitad de nuestro cuerpo – explicó el enfermero.

-Claro: la derecha a la derecha, y la izquierda a la izquierda – supuso Carla.

-¡Pues no! – le corrigió el enfermero, levantando las cejas -. El cerebro es el jefe del cuerpo; y como todos los jefes, tiene sus manías. La mitad derecha del cerebro ha decidido dar órdenes a la mitad izquierda de nuestro cuerpo. Y la mitad izquierda del cerebro ha decidido que dará órdenes a la mitad derecha de nuestro cuerpo.

-¡Vaya ganas las del cerebro de liar las cosas! – se rió Carla.

-Je je, pues sí… Ahora estad atentos. Cuando una arteria cerebral se obstruye y deja sin sangre la mitad del cerebro, esa mitad no podrá dar órdenes a “su” mitad del cuerpo. Y “su” mitad del cuerpo dejará de moverse correctamente.

-¡Anda, claro! – aquello sí tenía sentido, pensó Carla.

-Así que cuando veáis que una persona DE REPENTE no puede mover bien un brazo, ¡uno solo!, o una pierna, ¡una sola!, o el brazo y la pierna DEL MISMO LADO…o tuerce la boca para un lado y tiene dificultades para hablar, o se le cierra solo un ojo (porque el otro lado de la cara no le funciona bien)… ¡o todo eso a la vez!… tenéis que daros cuenta inmediatamente de que medio cerebro no está funcionando bien. Y la causa más frecuente de esa parálisis tan “extraña” es que una arteria cerebral se ha taponado, y ha dejado a medio cerebro sin recibir sangre.

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-¡Un infarto cerebral! – exclamó Carla.

-¡Sí! ¡Y hay que llamar inmediatamente al 112, porque esa persona tiene que ser trasladada rápidamente al hospital! ¡En menos de 3 horas! Pero ¿sabéis cuál suele ser el problema?

-¿Cuál?

-Que la gente que está mirando no suele darse cuenta de lo importantísimos que son estos síntomas. Piensan que será una parálisis temporal, que ya se le pasará. O que será por culpa de una mala postura, que “se le habrá dormido el brazo o la pierna”…Dejan pasar el tiempo, y sólo cuando ven que pasan las horas y que aquello no termina de quitarse, avisan al médico.

-¡Y entonces ya puede ser tarde para arreglar el ictus! – adivinó Carla.ictus-_xoptimizadax-490x578

-Exacto. Porque si pasan más de 3 horas, algunos de los tratamientos ya no son tan eficaces.

-¡Uf!

-¡No lo olvidéis! – insistió el enfermero -. Si veis que a alguien de repente se le paraliza un brazo o una pierna (o el brazo y la pierna del mismo lado), se le cierra un ojo y tuerce la boca para un lado (y además habla de forma extraña, porque tendrá media cara paralizada y solo le funcionará la otra media), ¡llamad inmediatamente al 112 y decid que creéis que esa persona está sufriendo un ICTUS!

Carla salió de aquella charla muy impresionada. Estaba segura de que jamás podría olvidar todo aquello.

Y muchos meses después, mientras Carla cenaba en casa de sus abuelos, de repente a su abuela se le cayó el tenedor de la mano derecha.

-¡Tranquila, abuela, yo te lo recojo! – dijo Carla enseguida.

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Pero al devolvérselo a su abuela se dio cuenta de que algo no iba bien.

-¿Qué te pasa en la cara, abuela? ¡Estás muy rara!

El abuelo la miró.

-Es verdad, Ana, tienes la cara torcida.

La abuela intentó contestar, pero las palabras le salieron embarulladas.

-¿Qué dices? – preguntó Carla, extrañada -. No te entiendo nada.

-Eso es que estás cansada. Como estuviste estos días con catarro… – dedujo el abuelo -. Déjame que te acompañe al sofá, y verás cómo enseguida te encuentras mejor.

Pero al tratar de ayudar a la abuela a ponerse en pie, se dio cuenta de que no movía la pierna derecha.

-Ana, ¿qué te pasa? ¿Por qué no caminas?

-Npdmvrlbrznlprna – trató de contestar la abuela, que les miraba angustiada.

-¿Qué?

-Qnpdmvrlbrznlprna.

-¡Que no puede mover el brazo ni la pierna! – tradujo Carla, asustada.

-¿Cómo? ¿Y por qué? ¿Se te ha dormido la pierna? ¿Y por qué hablas así? – preguntó el abuelo, extrañado.

-Nsssse, prnpdo… – la abuela intentaba hablar con claridad, pero su boca no le respondía.

-Bueno, anda, ven que te llevo a la cama – insistió el abuelo -. Una buena siesta y verás cómo mejoras.

Pero el cerebro de Carla funcionaba a toda velocidad. Una alarma comenzó a sonar en su cabeza mientras iba recordando.

-¡Abuelo, abuelo! ¡Es un ictus! ¡Tiene la boca torcida, y no puede mover ni el brazo ni la pierna derechas! ¡El brazo y la pierna del mismo lado! ¡Es un ictus, un problema en una arteria del cerebro!

-Pero ¿qué dices? ¿Os habéis vuelto todos locos en esta casa? – preguntó el abuelo, completamente perdido.

-¡Es un ictus! ¡Es un ictus! ¡Se tiene que intentar arreglar en menos de 3 horas! ¡No se puede perder tiempo! ¡Hay que llamar enseguida al 112! – gritaba Carla, cada vez más convencida.

-Yo no llamo a nadie, yo voy a acostar a tu abuela y si después de la siesta sigue encontrándose rara llamaremos al centro de salud…

-¡Que no, abuelo, que no! ¡Que esto es muy urgente! ¡Hazme caso, por favor!

-Carla, cálmate…

Pero Carla, al ver que su abuelo no entraba en razón, cogió el teléfono y marcó el 112.20151019_232451

Una voz contestó al otro lado del teléfono.

-1 1 2, ¿en qué puedo ayudarle?

-¡Mi abuela se ha puesto muy enferma, necesitamos una ambulancia enseguida! – contestó Carla.

-Dime de qué dirección me estás llamando y no te retires, te voy a pasar con los servicios sanitarios.

Carla les dijo su dirección entre las airadas protestas de su abuelo.

CCU - copia-Estás hablando con los servicios sanitarios – dijo otra voz -. ¿Dices que tu abuela se ha puesto enferma?

-¡Sí! ¡Yo creo que es un ictus! ¡Tiene la boca torcida, no puede hablar bien, y no mueve ni el brazo ni la pierna derechas! – contestó Carla enseguida.

-¿Cuántos años tienes?

-Nueve.

-Eso que me cuentas es muy serio. ¿Hay otra persona mayor con vosotros, además de tu abuela?

-Sí, está mi abuelo, pero no me cree…

El abuelo le arrancó el teléfono de las manos.

-¿A ver? No se preocupen, mi nieta ha llamado, pero esto no es una emergencia…¿Que qué le pasa a mi mujer? Que de repente se le ha torcido la boca, y no puede caminar…Sí, el brazo y la pierna derechas…No, no habla bien, no se le entiende…Pues tiene 75 años… ¿Que hace cuánto? Pues ahora mismo, hace 10 minutos…  ¿Cómo? ¿Que me mandan enseguida un médico a casa? ¡Pero si no parece grave…¿Que puede ser muy grave? Bueno, bueno, ustedes sabrán…

El abuelo miró a Carla, muy preocupado.

-Me dicen que sí, que puede ser eso que tú dices…

-¡Un ictus! – exclamó Carla.

-Sí, eso…que puede ser algo muy serio, y que mandan enseguida a un médico y una ambulancia. Que mientras tanto dejemos a tu abuela lo más quieta y tranquila posible. Hala, ayúdame a sentarla mejor…Tranquila, Ana, que ya vienen a ayudarnos…

-¡Tranquila, abuela, que te van a llevar al hospital enseguida y te pondrás bien! – aseguró Carla a su abuela -. Ya sé que tú también te das cuenta de todo, es lo que nos contó el enfermero aquel día, es justo lo que él nos explicó. Pero ya viene la ambulancia, tú tranquila, tú tranquila.

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En pocos minutos llegó la ambulancia con una  médica, una enfermera y dos técnicos que subieron enseguida. Le hicieron a su abuela todo tipo de pruebas y exploraciones, y al abuelo todo tipo de preguntas sobre las medicinas que tomaba la mujer, las enfermedades que tenía, si le había dolido algo estos días, qué estaba haciendo cuando todo ocurrió…

Al terminar la exploración la doctora les explicó:

-Efectivamente, parece que doña Ana acaba de sufrir un ictus. Y ha tenido mucha suerte de que se hayan dado cuenta y hayan avisado al 112 tan pronto. Porque vamos a llevarla enseguida al hospital, y allí están a tiempo de ponerle todos los tratamientos que se pueden poner. Y con un poco de suerte doña Ana se recuperará del todo, y podrá volver a hablar, a caminar y a moverse tan bien como antes.

-¿Es que si hubiéramos tardado más en llamar mi mujer se hubiera quedado así para siempre? ¿Sin poder hablar ni mover medio cuerpo? – preguntó tembloroso el abuelo, que comenzaba a entender la gravedad de lo ocurrido.

-Seguramente costaría mucho más que se recuperase – asintió la doctora.

El abuelo se echó a llorar y abrazó a Carla muy fuerte.

-¡Ay, Carla! ¡Ay, mi niña! ¡Ya lo decías tú y yo no te creía! Doctora, si no llega a ser por mi nieta…Yo creía que esto no era nada serio, pero ella insistía, insistía en que era un ictus…Fue ella quien llamó al 112…¡Ay, si no llega a ser por ella!

-¿Y tú cómo sabías que esto podía ser un ictus? ¡Es increíble que una niña tan pequeña sepa estas cosas! – le preguntó la médica, admirada.

-Fui con mi abuela a la asociación, a una charla que dio un enfermero sobre problemas de las personas mayores, y habló del ictus. Nos explicó que pasaba justo lo que le pasó a mi abuela. Y lo recordé – contestó Carla, tímidamente.

-Pues cuando tu abuela se mejore tiene que celebrar con una gran fiesta que tiene una nieta increíble. ¡Enhorabuena! – le felicitó la doctora.20170201_234424-1

Carla le dio un beso a su abuela, que la miraba muy agradecida. La ambulancia voló al hospital. El abuelo llamó enseguida a los padres de Carla y les contó la historia. Todos corrieron al hospital, donde los padres de Carla no podían creerse que su hija  hubiera sido capaz de entender que su abuela estaba sufriendo un ictus.

No siempre se llega a tiempo. No siempre se puedn solucionar por completo todos los ictus aunque se llegue a tiempo.

Pero en esta ocasión se llegó a tiempo, y se tuvo mucha suerte. Los tratamientos funcionaron. La abuela de Carla se fue recuperando lentamente. Pudo volver a hablar, a moverse y a caminar. Y todo gracias a una niña de 9 años que estuvo atenta el día en el que oyó hablar del ictus, y que tuvo el valor de llamar al 112 en contra de la opinión de su abuelo; porque estaba convencida de que tenía razón y sabía lo que debía hacer.

19.1

¿ALGUIEN SE HA VUELTO LOCO DE REPENTE? DIABETES, HIPOGLUCEMIA.

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Jorge era muy bueno en baloncesto. Por eso le encantaba estar con su tío Jesús, que también era un gran deportista. ¡Y este fin de semana lo iban a pasar juntos! Sus padres trabajaban, su tía María también, su hermano se iba de campamento y su tío Jesús le había prometido una jornada llena de actividades.

El sábado desayunaron y echaron un partido en la canasta del parque. Después cogieron las bicicletas para hacer una pequeña ruta. Jorge aguantaba perfectamente el ritmo de su tío, y la excursión duró mucho más de lo que habían planeado. Llegaron a casa agotados sobre las tres de la tarde.

-¡Chaval, vas a acabar conmigo! – le dijo su tío Jesús, tirándose en el sofá-. Estoy muerto. La pizza está en el horno; cuando pite la alarma, si me he dormido, lo apagas y la sacas.

 

Dos minutos más tarde su tío roncaba en el sofá. Jorge se duchó y se puso a leer para matar 20161204_183005el tiempo hasta que la alarma del horno sonó. Sacó la pizza y fue a avisar a su tío. Pero le vio tan dormido que le dio pena despertarle. Cortó su parte de la pizza y metió el resto en el horno de nuevo. Luego se sentó en el sofá al lado de su tío para comer la pizza viendo una película.

Notó que su tío se agitaba en sueños y que estaba muy sudoroso. Seguramente sería por haberse dormido sin ducharse; estaría incómodo, pensó. No le dio más importancia, hasta que de pronto su tío despertó sobresaltado.

-¡Ya era hora, tío Jesús! ¡La pizza se te va a enfriar! – le dijo Jorge. Pero al mirarle se quedó helado. Su tío estaba envuelto en sudor, tenía la mirada desencajada, no parecía darse cuenta de su presencia; y cuando por fin reparó en él se puso muy nervioso.

-¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? – le preguntó. Jorge no podía creer lo que oía.

-¿Qué dices? ¡Soy yo!

-¿Qué haces en mi casa? – gritó su tío, levantándose de golpe. Jorge empezó a asustarse.

-¿Qué te pasa, tío Jesús? ¡Soy yo, soy Jorge!

-¡Lárgate de aquí! ¡Déjame en paz! – su tío empezó a dar vueltas por la sala, cada vez más inquieto -. ¿Dónde está?

-¿Dónde está qué? – Jorge no entendía nada y estaba cada vez más asustado.

-¿Dónde está el dinero? Necesito el dinero antes de que sea demasiado tarde.

-¡Tío Jesús, ya vale con la broma! ¡Me estás asustando! – Jorge estaba a punto de llorar. Si su tío le estaba tomando el pelo y quería meterle miedo, ¡lo estaba consiguiendo!

-Tengo que encontrarlo. Tengo que encontrarlo – murmuraba su tío, buscando algo por todas partes. Movió el sofá, revolvió los libros, miró debajo de la mesa. Estaba sudoroso, respiraba muy rápido, parecía que realmente le ocurría algo serio.

-¡No está! – gritó, y de un manotazo lanzó al suelo todo lo que había sobre la mesa-. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi dinero?

Jorge, aterrorizado, comenzó a entender que algo iba muy mal. Echó a correr hacia la puerta principal y salió de la casa cerrando de un portazo.

-¡Socorro, socorro! ¡Por favor, ábranme! – gritó desesperado, aporreando la puerta de los vecinos. Un hombre abrió la puerta y Jorge, temblando, se metió en la casa sin esperar permiso siquiera.

-¿Qué pasa, Jorge? – preguntó el hombre, sorprendido al reconocer al sobrino de su vecino.

-¡Es mi tío Jesús! ¡Se ha vuelto loco! ¡No me conoce, no para de dar vueltas buscando algo por la casa, lo ha tirado todo al suelo! ¡No sé qué le pasa, ayúdeme! – explicó Jorge llorando.

-A ver, tranquilo. Voy a hablar con tu tío; seguro que hay una explicación – le dijo el vecino, acercándose a la puerta. Llamó con los nudillos.

-Jesús, ¿estás bien?

Al otro lado de la puerta se oían ruidos como de pelea.

-¡Largo! ¡Fuera! ¡Ladrones! ¡Me han robado! ¡Fuera de aquí! – se oía gritar a Jesús. El vecino miró a Jorge sorprendido.

-¡Ay, ya sé lo que le está pasando! ¡Tu tío es diabético, seguro que está sufriendo una hipoglucemia! ¡Voy a avisar enseguida a tu tía!

El vecino marcó el teléfono de la tía María. Su tía se puso muy nerviosa.

-¡Ay, madre mía! ¡Voy corriendo para allá! ¡No te preocupes por nada, todo se va a arreglar!

La tía María llegó enseguida. Seguían oyéndose gritos y ruidos. El vecino, preocupado, estaba pensando incluso en avisar a la policía.

-Espere, Tomás, déme un minuto. Seguro que lo podemos arreglar.

La tía María abrió la puerta con su llave y entró. El tío Jesús estaba sentado en el suelo, agitado, sudoroso, con la espalda apoyada en la pared, y la casa estaba completamente desordenada, con objetos rotos por todas partes.

-Jesús, mírame. Soy yo, María. Tienes que tomar azúcar; estás teniendo una hipoglucemia.

-Déjame, déjame – contestó Jesús, desorientado, negándose a tomar el terrón de azúcar que su mujer le ofrecía.

-Hay que llamar a un médico – explicó María al vecino -. No soy capaz de hacer que tome azúcar, y se lo van a tener que poner inyectado, o se pondrá cada vez peor. Por favor, llame al 112.

Tomás, el vecino, llamó al 112 y explicó la situación. Mientras, la tía María llamó a la madre de Jorge para que viniera a buscarle.

 

Para cuando el médico y el enfermero llegaron al domicilio, el tío Jesús seguía muy alterado. El enfermero le pinchó en el brazo con una aguja y empezó a meterle un medicamento. Y debía de ser algo milagroso, porque a los pocos minutos el tío Jesús comenzó a tranquilizarse y miró a su alrededor.

-¿Qué ha pasado? ¿Qué hace el vecino en mi casa? María, ¿qué haces tú aquí? ¿No estabas trabajando?

-Tuviste una hipoglucemia – le explicó su mujer-. Te pusiste tan mal que destrozaste media casa y quisiste atacar a Jorge porque no le conocías. Tomás se dio cuenta enseguida y me llamó. Y han tenido que venir los sanitarios a ponerte azúcar.

Jesús, muy avergonzado, miró a su sobrino.

-¡Dios mío, qué desastre! ¡Lo siento, Jorge, lo siento muchísimo! Llegamos tarde, no comí, me quedé dormido y me bajó el azúcar. Tú no sabías que yo era diabético, ¿no?

Jorge, sin atreverse a acercarse a su tío todavía, por si las moscas, negó con la cabeza.

-Yo sabía que necesitaba azúcar, buscaba azúcar, pero estaba tan desorientado que ni siquiera sabía lo que estaba buscando. No te conocía. ¡Menos mal que no te hice daño! ¡Cuánto siento todo esto! Yo no quería hacer nada de esto, pero no sabía lo que hacía. ¡Perdóname!

Su madre llegó y Jorge, que solo quería salir de allí, se marchó con ella.

El domingo su tío fue a su casa a primera hora. Parecía estar tan fuerte y sano como siempre.

-Hola, Jorge. Ya sé que te asustaste mucho el otro día. Y que no entendiste nada de lo que pasó. Yo quiero explicártelo. ¿Te vienes conmigo al salón?

Jorge siguió a su tío, un poco receloso. Su tío colocó sobre la mesa del salón un barreño lleno de agua con unos botes etiquetados y llenos de confeti flotando en ella, una bolsa de tela llena de cosas que hacían un ruido metálico y un trozo de porexpan blanco con plastilina de varios colores pegada en él.

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-¿Tú qué crees que pasó ayer?

-¿Te volviste loco? – preguntó Jorge, tímidamente. Su tío se echó a reir.

-¡No! Yo no estoy loco. Al menos no estoy más loco que cualquiera. Yo soy diabético.

-¿Que eres qué? – Jorge lo miró con la boca abierta.

-Deduzco que tu madre no te lo ha contado nunca…

Jorge negó con la cabeza.

-Pues te voy a explicar lo que es la diabetes. Pero antes tenemos que hacer un pequeño repaso del cuerpo humano y de la nutrición.

-¡Pero no me llenéis el salón de agua! – gritó la madre de Jorge desde la cocina. Los dos se echaron a reir. El tío Jesús comenzó con su lección.

-Imagina nuestros músculos y nuestros órganos (el corazón, el estómago, el hígado, los pulmones, los riñones…) como pequeñas fábricas. En todas ellas se trabaja sin parar. El corazón late continuamente, los pulmones nunca dejan de respirar, los riñones limpian nuestra sangre incluso cuando estamos dormidos… Y nuestro cerebro no descansa ni un solo segundo. Tanto de día como de noche da órdenes continuamente al resto de nuestro cuerpo.

-¡Los músculos descansan de noche! – señaló Jorge.

-Eso lo dirás tú. Incluso durmiendo no dejamos de mover los músculos de nuestro cuerpo: nos damos la vuelta en la cama, algunos hasta hablan o se levantan en sueños…

-Ja ja ja, es verdad – Jorge se puso colorado: él hablaba en sueños.

-En una fábrica hay muchas máquinas diferentes trabajando. De igual modo, cada órgano-fábrica de nuestro cuerpo tiene miles de máquinas funcionando sin parar. Esas máquinas son las células. Cada órgano y cada músculo está formado por miles de células diminutas.

-¡Sí, me acuerdo de Naturales! El corazón está formado por las células cardíacas. El riñón por las células renales…

-Vamos a ver ahora cómo trabajan esas células. Para que las máquinas de una fábrica funcionen, necesitan combustible, ¿no? Los hornos necesitan madera o carbón. Los motores necesitan gasolina o gasoil.

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-Sí.

-¿Y cuál es el combustible que necesitan nuestras máquinas microscópicas, nuestras células, para poder trabajar sin descanso día y noche? – preguntó el tío Jesús.

-Mmmmm…¿la comida?

-Bien. La comida nos aporta los nutrientes necesarios para que nuestro cuerpo funcione. Pero intenta ser un poco más preciso.

-¿Eh? – Jorge no entendía la pregunta.

-¿Cuáles son los nutrientes que nos aportan los alimentos?

-Vitaminas, proteínas, minerales, carbohidratos, fibra, grasas y agua – recitó Jorge.

-¡Muy bien! Todos esos nutrientes son importantes. Cada uno tiene una función diferente. Nuestro cuerpo no puede funcionar bien si le falta alguno de esos nutrientes. Pero, de todos ellos, ¿cuáles son los que aportan energía? ¿Cuáles son los que nuestras células utilizan como “gasolina”?

-Mmmm…¿los carbohidratos?

-Los CARBOHIDRATOS, o HIDRATOS DE CARBONO, o GLÚCIDOS, también conocidos como “azúcares”.

-¡Ah, sí! ¡El azúcar!

-No exactamente. No te confundas – le avisó el tío Jesús-.  Hay muchos tipos de carbohidratos, o glúcidos, o “azúcares”. Pero el azúcar en el que tú estás pensando es solo uno de los muchos carbohidratos que hay. Es el más conocido, el más “dulce”, el que encontramos en el azucarero, en los postres, en los zumos envasados, en muchas frutas… Pero hay muchísimos alimentos que no contienen ese “azúcar”, que no saben dulces, y sin embargo también contienen carbohidratos. Por ejemplo: el pan, la pasta, los cereales, las legumbres…

-Bueno, claro, si todos los alimentos aportan energía, todos tienen que tener carbohidratos, aunque no sepan a dulce – dedujo Jorge.

insulina-copia_editado-3-copia_editado-2-copia-copia-Eso es. Ahora mira cómo consigue nuestro cuerpo la “gasolina” que necesita. Toma este trozo de porexpan.

Jorge, divertido, cogió el porexpan con plastilina de colores.

-Imagina que este trozo de porxpan es una pizza 4 estaciones.

-¡Puaj!

 

-¿Cómo funciona nuestro sistema digestivo? Nos comemos los alimentos. Nuestros dientes son como una trituradora, que rompe los alimentos en pequeños trocitos. Y nuestro estómago es como una lavadora, o mejor, como una hormigonera: los alimentos “dan vueltas” y se mojan formando una “pasta”.

-¡El bolo alimenticio! – recordó Jorge.

-Sí. Y el intestino es como una aspiradora: “aspira”, absorbe los nutrientes útiles y los hace pasar a la sangre, para que la sangre los lleve a las partes del cuerpo que los necesitan. Y la parte sobrante de la comida, la que no es útil, continúa su viaje por el tubo digestivo; y será eliminada del cuerpo: son las heces (la “caca”, para entendernos).

-Je je. Entendido – se rió Jorge.

-Imagina que te comes esta “pizza” – el tío Jesús señaló la “pizza” de porexpan-. Muerdes un trozo, lo masticas, te lo tragas y te llega al estómago. Ahí dentro da vueltas y vueltas. Comienza la digestión. Y tu sistema digestivo se pone a trabajar, separando los diferentes nutrientes de tu trozo de pizza. Separa por un lado las grasas  -el tío Jesús quitó la plastilina amarilla y formó un pequeño montón -, por otro la fibra  -hizo lo mismo con la plastilina verde -, por otro las vitaminas  -y cogió la plastilina roja-, por otro los minerales  -y cogió la azul -…y por otro los “azúcares”, glúcidos o carbohidratos, que son este trozo de porexpan blanco. ¿Vale?

bolitas-porexpan-Vale.

-Un carbohidrato está formado por pequeñas “bolitas”, pequeñas moléculas que se pegan unas a otras hasta formar un carbohidrato de un tamaño mucho mayor. ¿Ves el porexpan? Este pedazo grande de porexpan sería un carbohidrato de gran tamaño. Y está formado por pequeñas bolitas blancas que nosotros podríamos separar.

-¡Ah, sí!

-Frota el porexpan encima del barreño de agua y haz que suelte las pequeñas bolitas – indicó el tío Jesús.

Jorge obedeció. ¡Siempre le había encantado desmenuzar el porexpan!

-¿Ves cada bolita que flota en el agua? 20161204_182944Representa una molécula de GLUCOSA. La glucosa es el “material” del que están hechos la mayoría de los carbohidratos. Y esta glucosa, así, suelta en forma de “bolitas”, sí que es, definitivamente, la “gasolina”, el combustible, que nuestras fábricas necesitan para poder trabajar sin descanso.

-¡Ah! Bueno, a la glucosa sí que se le llama “el azúcar”, ¿no? – preguntó Jorge, convencido de tener razón esta vez.

-Sí. Pero mal llamado. O, al menos, inexacto. La glucosa sale tanto del azúcar “de verdad” como del resto de carbohidratos “menos dulces”.

-Pero cuanto más dulce es un alimento más azúcar tiene… – insistió Jorge.

– Podríamos decir que cuanto más dulce es un alimento, más “azúcares simples, sencillos” tiene. Más fácil es para el sistema digestivo “desmenuzar” esos carbohidratos “sencillos” y desprender rápidamente grandes cantidades de bolitas de glucosa. Como si tú, con sólo pasar el dedo, pudieras desprender fácilmente todas las bolitas del porexpan. En cambio, cuanto menos dulce sabe un alimento, más “complejos, complicados, retorcidos” son los carbohidratos que lleva. Y más le cuesta al sistema digestivo soltar bolitas de glucosa. Más tendrías que rascar el porexpan para poder desprender alguna bolita. ¿Lo entiendes?

-Creo que sí… ¿Y por qué he desmenuzado las bolitas en el barreño de agua? – preguntó Jorge, curioso.

-Porque si las bolitas de glucosa tienen que llegar desde el sistema digestivo a la última célula del último rincón de nuestro cuerpo, ¿cómo viajarán? ¿Qué tenemos en nuestro cuerpo que lo recorre sin cesar, subiendo y bajando, entrando y saliendo de todos los órganos?

-¡La sangre!

-Muy bien. El agua de nuestro barreño representa la sangre. Recuerda: el intestino es como una “aspiradora” que aspira los nutrientes del tubo digestivo (y entre ellos la glucosa) y los mete en la sangre. Y la sangre, que recorre todo el cuerpo, los va llevando a todos los órganos.

-¿Y esos botes llenos de confeti que flotan en el barreño?

-Lee la etiqueta que hay en cada bote – le indicó el tío barreno_editado-1Jesús.

-Corazón. Pulmón. Riñón. Ojo. Hígado. Músculo…Ah, cada bote es un órgano o un músculo diferente, y el confeti son las células que lo forman, ¿no? – supuso Jorge.

-¿Lo vas entendiendo? Cada bote representa un órgano o músculo de nuestro cuerpo, una “fábrica”. Cada fábrica estará llena de máquinas, o células (que serían los trocitos de confeti), que necesitan combustible para seguir funcionando.  Las bolitas de porexpan representan las moléculas de glucosa, la “gasolina” que nuestras células necesitan. Y el agua del barreño representa la sangre en la que la glucosa viaja flotando hasta llegar a los órganos que la necesitan.

-¡Ah! Vale, lo he pillado.

-Pues sigamos. Hemos quedado en que nuestras máquinas, las células de nuestros órganos, necesitan combustible, energía, glucosa, para poder funcionar. Igual que el motor de un coche necesita gasolina, o su motor no arrancaría. O que un horno necesita carbón o madera, o dejaría de arder. ¿No?

-Sí.

-¿Y cómo metemos la gasolina dentro del coche?gasolina

-Pues…¿con la manguera?

-¿Y cómo metemos el carbón y la madera en los hornos y chimeneas?

-¿Con una pala?

-¿Y cómo metemos la glucosa en las células de nuestros órganos?

Jorge se quedó con la boca abierta.

-¡Anda! ¡No tengo ni idea!

-¿Cómo se te ocurre que podrías meter esas bolitas de porexpan que flotan en el agua dentro de cada bote?

-Pues…No sé…¿Con una cucharilla?

wmf-1261966340-cucharillas-de-tp_377736631051974414vb-copia-copia-¡Exacto! – aplaudió el tío Jesús, que abrió la bolsa de tela. Estaba llena de cucharillas -. Prueba con una.

Jorge se rió, sacó una cucharilla de la bolsa y comenzó a recoger bolitas de porexpan que flotaban en el agua y a meterlas dentro de los botes.

-¿Ves? Así de fácil – aplaudió su tío.

-¡Pero no tenemos cucharillas dentro de nuestro cuerpo! – protestó Jorge.

-¡Oh, sí que las tenemos! Nuestras cucharillas recolectoras de glucosa tienen un nombre. Se llaman INSULINA.

-¡Es verdad! – recordó Jorge. Esa palabra le sonaba.

-Y el órgano de nuestro cuerpo encargado de fabricar las cucharillas-insulina es este – el tío Jesús le tendió la bolsa de tela llena de cucharillas a Jorge. En un lado de la bolsa había una etiqueta pegada. Jorge la leyó.

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-Eso es. El páncreas es el órgano encargado de fabricar cucharillas-insulina. Y luego las lanza también a la sangre. Así las cucharillas-insulina viajan por la sangre junto a la glucosa. La glucosa y las cucharillas llegan frente a los órganos y músculos que necesitan combustible. Y entonces cada cucharilla recoge una bolita de glucosa, y la mete dentro de las células.

-¡Guau!

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-Lo que te digo ahora no es exactamente así, pero nos servirá para que luego entiendas las cosas mejor. La regla a seguir sería: cada cucharilla solo puede coger una bolita. Pero todas las cucharillas que salgan a la sangre deben coger una bolita y meterla en una célula. No puede haber cucharillas en la sangre que no trabajen.

-Vale.

-Y una vez que la cucharilla coge su bolita de glucosa y la mete en una célula, esa cucharilla tiene que ser destruida. Cada cucharilla es de un solo uso.  No puede coger ni una sola bolita más. Ni se puede quedar en la sangre. Será destruida allí mismo, en los hornos de la fábrica a la que “alimentó”.

-¡Brrrr! – exclamó Jorge-. ¿Y cómo sabe el páncreas cuándo tiene que fabricar cucharillas-insulina, y cuántas tiene que fabricar?

-Dentro de nuestro cuerpo hay un sistema de vigilancia con cámaras, ordenadores, calculadoras…mucho más completo que el de una estación espacial.  Y el cerebro, que es el jefe del cuerpo, está informado en todo momento de todo lo que pasa en el último rincón del cuerpo. Por ejemplo, tenemos unos medidores de glucosa súper sensibles. Y el cerebro sabe perfectamente cuántas bolitas de glucosa están flotando en nuestra sangre, cuántas gastan los órganos en su trabajo…

-¡Qué guay!

-Nuestro cerebro es muy maniático con esto de la glucosa – continuó explicando el tío Jesús-. Sabe que si los órganos se quedasen sin glucosa, sin energía, las máquinas empezarían a fallar; las fábricas se estropearían y habría un caos dentro de nuestro cuerpo. ¡Imagínate si de repente nos empiezan a fallar los músculos, los ojos, el corazón…porque no tienen gasolina para seguir funcionando!

-¡Y tanto que sería un caos! – asintió Jorge.

– Así que el cerebro pone unas normas muy estrictas: siempre tiene que haber por lo menos 80 bolitas de glucosa flotando en nuestra sangre. Para asegurarse de que, en caso de que los órganos necesitaran una dosis extra de “gasolina” de repente, siempre haya suficiente glucosa al alcance. ¡Solo habría que fabricar más cucharillas! Pero si quedaran menos de 80 bolitas, el cerebro se empezaría a poner nerviosísimo. ¡Porque sabe que si de repente todos los órganos exijieran glucosa a la vez, no habría bolitas suficientes para todos!

-¿Entonces las cucharillas no meten toda la glucosa que hay en la sangre dentro de los órganos? – preguntó Jorge, no muy seguro de haberlo entendido bien.cerebro-el-cuerpo-humano-9944696

-No.  Cada vez que comemos y hacemos la digestión, el sistema digestivo separa los nutrientes e informa al cerebro de cuántas bolitas de glucosa ha separado y están flotando en la sangre. Y el cerebro manda al páncreas que fabrique las cucharillas-insulina necesarias (recuerda: una cucharilla por bolita) para que metan esa glucosa en las células, pero dejando en la sangre entre 80 y 120 bolitas de glucosa flotando.

-¿Qué pasaría si quedasen flotando más de 120 bolitas en la sangre? – preguntó Jorge con curiosidad.

23-alimentos-para-limpiar-las-arterias-tapadas-Al principio nada. Pero a la larga se formarían “tapones de azúcar” en las arterias y venas más pequeñitas, más estrechas. Y la sangre se atascaría, no circularía bien. Y con los años esto puede dar problemas. Así que el cerebro intenta que esto no pase. Si un par de horas después de haber comido, una vez que los órganos hayan recibido toda la glucosa que necesitan, los medidores de glucosa detectan que quedan demasiadas bolitas de glucosa flotando, el cerebro da la orden de que esas bolitas sobrantes se almacenen en los depósitos de reserva, que están en el hígado y los músculos.

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-Ajá. ¿Y qué pasaría si quedasen menos de 80 bolitas flotando?indice

-Que sonarían las alarmas: “¡Alerta, alerta! ¡La glucosa en la sangre está por debajo de 80! ¡Si los órganos necesitaran de repente más energía, tal vez no habrá suficiente! ¡Necesitamos comida inmediatamente, para conseguir la glucosa necesaria!”. Y el cerebro activa la señal de hambre y de sed. Y tú, por ejemplo, te comes un plátano y te bebes un zumo.

-¿Y si sigo sin comer?

-Pues como tus órganos siguen funcionando, tienen que seguir consumiendo glucosa. El cerebro activaría las señales de hambre y sed con más fuerza aún. Pero mientras esa comida y bebida llegan, el cerebro ordenaría que se sacara glucosa de los depósitos. Y ordenaría al páncreas que fabricase cucharillas-insulina para utilizar esa glucosa.

-¡Creo que lo he entendido! – exclamó Jorge-. ¿Y cómo puedo yo saber cuánta glucosa tengo flotando en mi sangre?

-Pues con este aparato – el tío Jesús le enseñó un aparatito pequeño y rectangular-. Se llama GLUCÓMETRO. ¿Me dejas que te dé un pinchacito en el dedo?

-¡No! – protestó Jorge, poniéndose las manos en la espalda.

-Es pequeño, apenas duele. ¿Lo quieres ver o no?

-No sé…

-Anda, no seas cobardica. Déjame un dedo.

Jorge, vacilante, extendió el índice. Su tío Jesús le dio un pequeño pinchazo en un lado de la yema.

glucc3b3metro-glicemia-¡Ay! – se quejó Jorge-. ¿Y ahora qué?

Su tío le apretó el dedo hasta que salió una buena gota de sangre. Puso una tira de plástico en un extremo del aparato, y recogió en ella la gota de sangre.

-Este glucómetro  está contando el número de bolitas de glucosa que hay en tu gota de sangre. Mira la cifra que va a salir.

El aparatito emitió un pitido y en la pantalla apareció el número 95.

-Enhorabuena. Tienes 95 bolitas de glucosa en tu sangre. Ni más de 120 ni menos de 80. Como tiene que ser. Tu sistema de control de glucosa funciona estupendamente.

-¡Hala! – exclamó Jorge, entusiasmado-. Una pregunta, tío Jesús. Imagina que yo tengo hambre, pero no como ni bebo nada. ¿Qué pasaría si decido no comer ni beber nada de nada durante muchas horas?

-Las personas con el “mecanismo de la glucosa” sano tienen suficientes reservas de glucosa en los almacenes como para que poco a poco la sangre se “rellene” de bolitas de glucosa, y el páncreas puede fabricar suficientes cucharillas-insulina como para que todos los órganos sigan recibiendo su combustible. Aunque todo será más lento y costoso. Llegará un momento en el que tus músculos estén demasiado cansados como para hacer ningún esfuerzo, y tu sensación de hambre y sed será demasiado fuerte, y te darás cuenta de que necesitas comer y beber YA. Una persona sana sólo tendrá problemas en caso de dejar de comer durante muchos días (si hace una huelga de hambre, o se pierde en un monte muchos días sin comida, o algo así).

-Entonces ¿hay personas con el mecanismo de la glucosa estropeado? – intuyó Jorge.

-Sí, las hay. Este problema se llama DIABETES. Yo soy una de esas personas. Soy DIABÉTICO. Mi páncreas no funciona bien. No fabrica cucharillas-insulina.  ¿Te das cuenta de lo que significa eso?

Jorge abrió los ojos como platos.

-¿Tus órganos no pueden recibir glucosa?

-Eso es. No pueden. Si yo tengo hambre, como y bebo algo. Mi sistema digestivo desmenuza los carbohidratos en bolitas de glucosa, que lanza a la sangre. La glucosa viaja por la sangre hasta llegar a todos los órganos y músculos que la esperan para llenar sus células de combustible. Pero el páncreas no fabrica cucharillas-insulina. ¿Qué pasa con la glucosa?

-¡Que se queda en la sangre! ¡Que no entra en las células! – dedujo Jorge.hiperglucemia

-Eso es. La sangre de un diabético está llena de glucosa. De hecho, si en ese momento una persona diabética se saca una gota de sangre y mide la glucosa que hay “flotando” en ella con el glucómetro,  verá que en la pantalla sale un número mucho mayor de 120. Puede salir 200, 300, 400 o más.

-¡Tienen el azúcar alto! ¡Sí que le he oído decir a mamá que tú tenías a veces el azúcar alto! – exclamó Jorge.

-Exacto. Un diabético sin cucharillas-insulina tiene “el azúcar alto”, o para ser más exactos, la glucosa alta en su sangre. Pero las células no se la pueden comer. Sus depósitos de combustible bajan más y más. Los órganos no reciben su “gasolina”. Para ellos es como si no quedaran bolitas de glucosa en la sangre. ¿Qué pasa entonces?

-Que los órganos siguen “teniendo hambre”, y se quejarán al cerebro de que no reciben comida. Y el cerebro intentará que la persona coma y beba. Y la persona seguirá teniendo hambre y sed. ¿A que sí? – aventuró Jorge, excitado.

-Muy buena deducción. Así comienzan las personas diabéticas a darse cuenta de que algo no va bien: a pesar de que comen y beben mucho, no dejan de tener hambre y sed. Y tampoco recuperan las fuerzas. Siempre están cansadas, sin energía. Y hacen mucho pis, porque los riñones, que trabajan limpiando nuestra sangre, se dan cuenta de que hay demasiada glucosa, y tratan de eliminarla aumentando la cantidad de pis.

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-¡Vaya! ¿Y eso tiene solución?

-Sí que la tiene. Si mi páncreas no fabrica cucharillas-insulina, ¿cuál te parece que será la solución?

-Pues…¿que se fabriquen en otro lugar? – dudó Jorge.

-Eso es. Yo voy a la farmacia y compro INSULINA fabricada en un laboratorio. Y como mi páncreas no la fabrica ni la mete en mi sangre, pues soy yo quien meto esa insulina de laboratorio en mi sangre.

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-¿Cómo? – Jorge estaba muy sorprendido.

-La insulina son “cucharillas” microscópicas que vienen disueltas en un líquido. Yo me pincho ese líquido en mi barriga, en el trocito de “michelín” que pellizco con mis dedos. La insulina que me he pinchado va entrando poco a poco en mi cuerpo y en unos minutos llega a la sangre. Y una vez en la sangre, se comporta como la insulina “verdadera”: busca las bolitas de glucosa, y se las va metiendo a los órganos que la necesitan.

que-es-la-insulina-y-para-que-sirve-1024x686-¿Y te tienes que pinchar insulina todos los días? – preguntó Jorge, impresionado.

-Todos los días.

-¿Todos los diabéticos tienen que hacerlo?

-No, todos no. Hay diabéticos cuyos páncreas son un poco vagos, y fabrican insulina, solo que menos de la que se necesita. Otros fabrican poquísima insulina, pero algo sí que fabrican. Otros no fabrican nada de nada. Otros fabrican insulina, pero defectuosa, que no funciona.

-¡Así que cada diabético necesitará un tratamiento!

diabetesgif-Exacto. Unos sólo necesitarán tomar pastillas que “estrujen”, “animen” a ese páncreas vago a fabricar más cucharillas-insulina de las que fabrica. Son los diabéticos “de pastillas”, y a su diabetes se la conoce como DIABETES TIPO 2. Otros necesitarán pincharse insulina, porque su páncreas no la podrá fabricar por mucho que las pastillas lo “estrujen”. Son los diabéticos “insulino-dependientes”, o los que padecen DIABETES TIPO 1, que así se le llama.

-Porque dependen de la insulina para meter la glucosa en sus células – razonó Jorge.

-Eso es. Y cada persona insulino-dependiente necesitará diferentes cantidades de insulina: solo un poquito, bastante, mucha…Y en diferentes momentos: 1 vez al día, 2 veces al día…O con el desayuno, comida y cena…

-¡Qué lío! – exclamó Jorge, sacudiendo la cabeza.

-Bueno, a todo se acostumbra uno. Si yo no me pinchase la insulina, no tendría energía para hacer nada. No podría trabajar, ni jugar al baloncesto, ni andar en bici contigo…Yo creo que una vida activa y divertida bien merece unos pinchacitos, ¿no?

-Bueno, visto así… Pero tío Jesús, sigo sin entender qué te pasó ayer. ¿Qué tiene que ver la diabetes con ponerte como loco?

-Esto es un poco más difícil de explicar. A ver si lo consigo. Un páncreas que funciona bien recibe continuamente información sobre cuántas bolitas de glucosa hay flotando en la sangre, cuántas necesita cada órgano en cada momento y cuántas cucharillas-insulina tiene que fabricar para meter toda la glucosa en los órganos dejando siempre entre 80 y 120 bolitas en la sangre. Y fabrica exactamente las cucharillas necesarias. Una cucharilla por cada bolita de glucosa que se ha de meter dentro de un órgano. Ni una más, ni una menos.

-Sí, eso lo he entendido.1-76

-Bien. Pero mi páncreas no fabrica cucharillas-insulina. Yo tengo que pincharme esa insulina. Y tengo que calcular con la mayor exactitud posible qué número de cucharillas-insulina tengo que pincharme. Porque, una vez que las cucharillas llegan  la sangre, cada cucharilla tiene la obligación de coger una bolita de glucosa y meterla dentro de una célula. No puede haber una cucharilla que no cargue su bolita. Y si me meto cucharillas de más, cogerán demasiadas bolitas de glucosa, y me dejarán menos de 80 en la sangre. Si en ese momento me pincho el dedo y analizo mi sangre, tendré “el azúcar bajo”.

-Y si te metes cucharillas de menos, la mayoría de la glucosa se quedará flotando en tu sangre  y tus órganos no recibirán toda la que necesitan. Y tendrás el “azúcar alto” – dedujo Jorge.

-¡Lo estás entendiendo muy bien! Yo tengo que calcular muy bien la cantidad de hidratos que puede tener la comida que estoy a punto de comerme. Y calculo el número de cucharillas-insulina necesarias para meter esa glucosa en mis células. Y como pasan varios minutos entre que me pincho la insulina en la barriga y esa insulina llega a mi sangre, me pincho la insulina varios minutos antes de comer.

-Vale. Pero ¿qué te pasó ayer? – insistió Jorge, muerto de curiosidad.

-Pues lo que me pasó es que medí cuántas bolitas de glucosa me quedaban en la sangre antes de comer. Y el glucómetro me dijo que tenía 100. Calculé que de la pizza iban a salir 500 bolitas de glucosa, que unidas a las 100 que yo tenía todavía, harían 600 bolitas. Y, mientras la pizza estaba en el horno, me pinché cerca de 500 cucharillas-insulina (ya sabes, para asegurarme de que entre 80 y 120 bolitas de glucosa me quedarían flotando después de que las cucharillas hicieran su trabajo).

-¿Y? – Jorge estaba impaciente.

-Pero en vez de comer en los siguientes minutos, me quedé dormido. Cuando las cucharillas-insulina llegaron a mi sangre no había llegado ni una gota de glucosa del exterior, porque yo no había comido. ¿Adivinas qué pasó?

-Que las cucharillas arrasaron con todas las bolitas que te quedaban en la sangre.

-Exacto. Y mi cifra de glucosa en sangre fue bajando, bajando, bajando… 80, 70, 60, 50…sufrí una HIPOGLUCEMIA: una bajada de “azúcar en la sangre” rápida y bestial.

-¿Y eso te vuelve como loco?

-Claro. Y tú mismo vas a deducir por qué. Vas a imaginarte que tú eres mi cerebro. Estás a cargo de la nave, que es mi cuerpo. De repente suenan las alarmas: “¡Alerta, alerta! ¡Niveles de glucosa bajando peligrosamente! ¡Están por debajo de 80! ¡Y ahora están por debajo de 70!”. ¿Qué harías tú?

-Activar la señal de hambre y de sed a lo bestia – respondió Jorge, muy seguro.

-Eso es lo primero que notaría una persona diabética sed-o-hambre-copiaque está empezando a sufrir una hipoglucemia: más hambre y más sed.  Pero yo sigo durmiendo. No me entero de lo que está ocurriendo. Y los niveles de glucosa siguen bajando. Ya están en 60. ¿Qué haces ahora?

-¡Ponerme nerviosísimo!

-Eso es lo segundo que les pasa a los diabéticos con una hipoglucemia. Sudores, temblores, taquicardia, agitación, nerviosismo… Su cerebro está entrando en pánico, y así se lo hace saber al resto del cuerpo.

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Si yo hubiera estado despierto y me hubiera dado cuenta de que me estaba pasando esto, me habría lanzado a comer o beber algo inmediatamente para subir mi nivel de “azúcar” y tranquilizar a mi cerebro. Pero yo sigo durmiendo. Y las cucharillas siguen recogiendo toda la glucosa que se encuentran. Ahora mis niveles de glucosa están en 50, y bajando. ¿Cómo estarías tú?

-¡Desesperado!

-Te das cuenta de que, como esas malditas cucharillas acaben con toda la glucosa, tu corazón, tus pulmones, tus músculos, se quedarán sin una gota de energía y empezarán a fallar en poco tiempo. ¿Te interesaría lo más mínimo que tu dedo gordo del pie te dijera en ese momento que tiene picor? ¿Te interesaría mirar esa peli tan interesante que tus ojos quieren que veas? ¿Te interesaría que tus orejas te dijeran que se están quedando frías?

-¡No! – exclamó Jorge -. Les gritaría que se fueran a paseo, que están pasando cosas mucho más graves. ¡Les gritaría que se pusieran a buscar comida!pc237400defn

-Eso es lo que les pasa a las personas diabéticas con una hipoglucemia seria. Su cerebro está completamente obsesionado con la glucosa. No puede pensar en nada más. No está en condiciones de capitanear la nave. No da ni recibe órdenes coherentes. Y de repente el cuerpo actúa sin control y sin sentido, porque su “jefe” está actuando de un modo rarísimo. Los pacientes con hipoglucemia no ven, no oyen, no entienden nada de lo que está pasando a su alrededor. Empiezan a comportarse de un modo muy extraño. Pueden echarse a llorar, o a reir, o a decir cosas sin sentido, o a quitarse la ropa…

La madre de Jorge asomó la cabeza.

-¡Una vez tu tío empezó a subir y bajar las escaleras de nuestra casa completamente desnudo! ¡No veas para explicarles a los vecinos que no era una gamberrada, sino que estaba sufriendo una hipoglucemia! Y otra vez, en el colegio, se puso a dar besos al profesor de Matemáticas. ¡Menos mal que en su colegio todo el mundo estaba al tanto de su diabetes, y enseguida le miraron el azúcar y le obligaron a comer!

-¡María! ¿Hace falta contar estas cosas? – protestó Jesús, poniéndose colorado.

-¿De verdad hiciste eso? ¡Ay, ja ja ja ja ja! – se rió Jorge.

-Sí, ríete…Bueno, la cuestión es que si una persona “normal” hasta ese momento de repente empieza a decir o hacer cosas extrañas, sean las que sean, hay que sospechar enseguida que puede estar sufriendo una hipoglucemia. Y mucho más si se sabe que esa persona es diabética.

-¡Lo tendré en cuenta! – prometió Jorge.

-Lo malo es que, si el azúcar sigue bajando, el cerebro estará cada vez más alterado – continuó explicando el tío Jesús-. ¿Cómo me desperté yo?

-No me conocías, tenías la mirada perdida, estabas agresivo, te pusiste a destrozar la casa…-recordó Jorge, poniéndose nervioso otra vez.

7064048e0166539fd6f5886b186c8403-Exacto. Ni te conocía ni te escuchaba. Ni siquiera era ya consciente de lo que me estaba pasando. Ya no podía razonar. Mi cerebro estaba desbordado, y yo estaba sufriendo todos los síntomas de la hipoglucemia severa: confusión, desorientación, agresividad…En el fondo sabía que necesitaba glucosa, pero mi cerebro no funcionaba bien, y yo no era capaz de funcionar tampoco. Por eso estaba tan agresivo, tan enfadado.

-Ahí fue cuando yo eché a correr. Y cuando volví a entrar con la tía María, tú estabas sentado en el suelo medio desmayado.

-Claro. Porque llega un momento en el que ya queda tan poca glucosa en la sangre que los órganos y los músculos dejan de recibir energía. Se agotan. Como cuando una persona sana pasa varios días sin comer. Al diabético que sufre una hipoglucemia severa, eso le pasa en cuestión de minutos.  Los músculos no responden: la persona sufre una gran debilidad, se mueve con mucha dificultad y llega a caerse al suelo. A veces hasta tiene convulsiones. Y lo que es peor: el cerebro tampoco recibe energía. ¿Y qué le pasa a un cerebro que no recibe energía?

-¿Se apaga? – susurró Jorge.

-Se apaga. Hay personas diabéticas que se quedan inconscientes.

-¿Y se pueden llegar a morir? – preguntó Jorge, con lágrimas en los ojos.

-Hombre, si pasaran muchas, muchas horas sin recibir glucosa, a lo mejor. Pero por suerte los diabéticos tenemos un estupendo equipo de rescate.

-¿Ah, sí?

-Sí. Os tenemos a vosotros. A los familiares y amigos que sabéis lo que es la diabetes, las complicaciones que puede tener, y los síntomas iniciales que avisan de que una persona diabética puede estar sufriendo una hipoglucemia. Y lo que es mejor: que sabéis lo que tenéis que hacer para ayudarnos.

-¡Anda! ¿Y cómo puedo ayudarte yo? – preguntó Jorge, animadísimo de nuevo.

-Otra vez lo vas a deducir tú. ¿Qué harías si, ahora que sabes que yo soy diabético insulino-dependiente, te das cuenta de que yo me he pinchado la insulina pero no he comido, porque me he quedado dormido, o me he despistado, o lo que sea?

-¡Avisarte! ¡Despertarte!

-¿Ves? Y hubieras logrado evitar todo ese desastre. Y ¿qué harías si de repente me ves nervioso, sudoroso, inquieto, un poco extraño?

-Te diría que te mires el azúcar, que me parece que estás teniendo una hipoglucemia.

-Y yo, que todavía estoy bastante centrado y te hago caso, me miraría el azúcar y diría: “¡Uy, tengo 65 de glucemia! ¡Voy a comer algo inmediatamente! ¡Estaba tan ocupado con mis cosas que no me había dado ni cuenta! ¡Gracias por avisarme, Jorge!”.

-Ja ja. Qué fácil habría sido – reconoció Jorge.

-¿A que sí? Pero…¿Y si yo no te hiciera caso? ¿Si ves que te miro como si fueras un mosquito molesto, y sigo con lo que estaba haciendo? ¿Si no parezco entender que estoy sufriendo una hipoglucemia, y no tengo la más mínima intención de comer algo?

-Pues…¿te obligaría a comer? – respondió Jorge, ahora dudoso.

-Eso es lo que debes hacer. Obligarme a tomar glucosa. Porque está claro que mi cerebro está empezando a descontrolarse, y la cosa no va a mejorar sola. ¿Y qué tipo de comida se te ocurre que puedes darme para ayudarme lo más rápido posible?

-Pues…¡No sé! ¡Azúcar, supongo!

-Piensa. ¿Me darías comida con hidratos complejos, lentos, de esos que tardan mucho en desmenuzarse en bolitas de glucosa? ¿El porexpan duro que tardas mucho en rascar? ¿O me darías comida con hidratos simples, rápidos, que enseguida sueltan las bolitas de glucosa, como el porexpan que suelta bolitas en cuanto pasas el dedo?

-Está claro: HIDRATOS RÁPIDOS.

-¿Y esos dónde estarán?

-Dijiste que cuanto más dulces saben las cosas, más azúcares “rápidos” tienen…

-Eso es. El azúcar del azucarero es el hidrato más simple y rápido que podemos conseguir. Tienes que buscar un terrón de azúcar y metérmelo en la boca. O disolver un par de sobres de azúcar en agua, leche o zumos. O darme una pieza de fruta dulce, como las mandarinas.

-¡Ah!

-Con eso conseguirás que mis niveles de glucosa en sangre aumenten rápidamente, hasta que mi cerebro se vuelva a tranquilizar y yo me dé cuenta de lo que me está pasando y haga una comida en condiciones. Porque el azúcar que llega rápido a la sangre en forma de bolitas, también puede seguir desapareciendo rápidamente por culpa de las cucharillas-insulina que continúan al acecho.  Tendré que comer a continuación pan, galletas, pasta…que son alimentos que llevan hidratos lentos, que tardan más en convertirse en bolitas de glucosa; pero que, precisamente porque su glucosa se va liberando muy poco a poco, asegurarán que mis niveles de glucemia no vuelvan a bajar de golpe.

-¡Vale! Pero con lo agresivo que tú estabas, ¡cualquiera te intenta meter azúcar a la fuerza! – se defendió Jorge.

-Entonces no lo intentes. Nunca te pongas tú en peligro. – le dijo el tío Jesús, muy serio -. Si ves que yo no colaboro, que no te hago caso, que ni siquiera te conozco, o que estoy agresivo o violento, corre a pedir ayuda. Busca a un vecino o a cualquier adulto más fuerte que me pueda sujetar y obligar a tomar azúcar. Y si estás completamente solo conmigo, llama al 112.20151019_232451

-¿Al 112?

-Sí, el teléfono de emergencias. Siempre hay un médico al otro lado. Di claramente que tu tío es diabético, que se pincha insulina y que ahora está agresivo, extraño, que crees que puede estar sufriendo una hipoglucemia, un “bajón de azúcar”. Ellos te darán instrucciones sobre lo que tienes que hacer, y enviarán a un equipo médico para que me ayude.

-Es verdad. Vinieron un médico y un enfermero, y te pincharon algo…

Me pincharon glucosa directamente en la sangre, en una vena. Es lo que hay que hacer cuando la persona está tan desorientada que no atiende a razones y no quiere comer. O cuando está tan débil que ya no puede tragar. O cuando está inconsciente. Entonces ya no intentan darle azúcar por la boca. Se lo pinchan directamente en la sangre. Y en pocos minutos esa persona se recupera por completo.

-¡Sí! ¡Tú te recuperaste enseguida! ¡Ya me conocías y todo! – recordó Jorge.

-Claro. Mi sangre se llenó de glucosa de repente. Las cucharillas-insulina pudieron meter la glucosa en todos mis órganos, incluido el cerebro. Todas mis células recibieron esa gasolina que tanto necesitaban. Mi cerebro también, y volvió a “encenderse” y a funcionar correctamente. Hizo el recuento de glucosa en sangre y vio que los niveles eran altos y que había reservas de sobra. Y se tranquilizó, y todo volvió a la normalidad.

-¡UF!

-Recuérdalo, ¿vale? Si un día me encuentras inconsciente, o casi inconsciente, tienes que llamar inmediatamente al 112. Los sanitarios vendrán enseguida, me meterán azúcar en la sangre y me pondré bien en poco tiempo.

-¡Claro que lo recordaré!

-¡Ah! Y si me encuentras inconsciente, ¡no se te ocurra dejarme boca arriba! – le indicó su tío.

-¿Por qué?

-¿No recuerdas las clases de primeros 23.1auxilios? Las personas que están desmayadas boca arriba tienen un problema serio: que su lengua se les cae hacia atrás, y les tapa la vía respiratoria. Respiran con gran dificultad; hasta roncan. Y si pasan mucho tiempo así, hasta podrían dejar de respirar.

-¡Es verdad! – recordó Jorge -. A todas las personas desmayadas que sí respiran hay que ponerles en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD hasta que se despierten o hasta que llegue la ayuda.

-¡Eso es! Entonces, ¿estoy perdonado? – le preguntó su tío.

-¡Pues claro! ¡Pero no me vuelvas a hacer una cosa así en tu vida! – contestó Jorge.

-Ya te encargarás tú de eso. ¡Bienvenido al Comando G!

-¡G de glucosa, ja ja ja!

-Venga, anda, dame un abrazo, ahora que ya no me tienes miedo…


Jorge aprendió muchísimas cosas aquel día. Sobre todo aprendió a perderle el miedo a aquella misteriosa enfermedad que tenía su tío, la DIABETES. Y como su tío ya no estaba tan preocupado por ponerse malo delante de él, tuvieron muchas más ocasiones para estar juntos. 

Jorge dio cuenta de que había relación entre lo que su tío comía, el ejercicio que hacía y la cantidad de insulina que necesitaba pincharse. Aprendió en qué consistía una comida equilibrada y una vida sana. Y, gracias a que compartió comidas y charlas con su tío, él mismo comenzó a cuidarse mucho más.

Aprendió a fijarse en los síntomas iniciales de su tío que avisaban de que el “azúcar” de su sangre comenzaba a bajar. En cuanto le veía pálido, sudoroso, nervioso, alterado…Jorge le alertaba para que se mirara la glucemia o comiera algo.

20161204_182846Perdió el miedo y la vergüenza a pedir ayuda a extraños las veces que detectó que su tío comenzaba a estar fuera de control. En sus peticiones de ayuda y en sus llamadas al 112 siempre dejó claro que su tío era diabético. De esa manera, las personas podían ayudarles mejor y más rápido.

Descubrió que Elena, una compañera de clase que muchas veces tenía que abandonar la clase de gimnasia, dejar de jugar un partido de baloncesto o perderse alguna excursión, era diabética. Pudo hablar con ella y explicarle que él sabía lo que le ocurría. Se comprometió a vigilarla y ayudarla cada vez que notara que ella estaba teniendo una HIPOGLUCEMIA. Y lo cumplió.

Le acompañaba a sentarse cada vez que la veía nerviosa y sudorosa. Le obligaba a comer una barrita de chocolate o a beber un zumo cuando veía que empezaba a alterarse demasiado. Pedía enseguida ayuda a los profesores si creía que el problema se le escapaba de las manos.

Gracias a Jorge, Elena pudo integrarse mucho más en los juegos y excursiones de la clase. Su vida en el colegio fue mucho más sencilla.

Una vez Jorge presenció en un bar un episodio violento de un camarero que poco antes les había atendido de forma amable y correcta. De pronto comenzó a gritar y a tirar las bandejas al suelo. El dueño del bar, asustado, llamó a la policía. Y Jorge comenzó a gritar: “¡A lo mejor es diabético! ¡Puede ser una hipoglucemia!”, de forma tan insistente que el dueño le hizo caso. Llamó al 112 y solicitó ayuda sanitaria. Y cuando los sanitarios llegaron, comprobaron que, efectivamente, el hombre estaba sufriendo una hipoglucemia severa. Era diabético, pero no se lo había dicho a nadie.

También supo ayudar un día, estando de vacaciones en un hotel, a su anciana vecina de habitación. La mujer comenzó a gritar pidiendo ayuda porque su marido estaba en el suelo y no le respondía. Jorge y sus padres acudieron enseguida. En cuanto se enteró de que el hombre era diabético, Jorge recordó que no debían dejarlo boca arriba mientras esperaban la ayuda; y lo colocó en posición lateral de seguridad mientras trataba de tranquilizar a la mujer: “tranquila, señora, si es una bajada de “azúcar” ya sabe que se recuperará en cuanto los médicos le pinchen azúcar en la sangre. Se va a poner bien del todo, ya lo verá”. Tuvo razón; y ni un solo día del resto de sus vacaciones le faltó un bonito detalle o un pequeño regalo de parte del agradecido matrimonio.

Nunca, nunca, se hubiera imaginado Jorge que aquel episodio de “locura” de su tío le iba a permitir algún día ayudar a tanta gente, e incluso salvar una vida con sus manos.

19.1

EL MÉDICO DE LOS BULTOS (explicando a los niños el cáncer de mama)

LISA

-Lisa, papá y yo tenemos algo que contarte.

Hacía varios días que Lisa sabía que algo no iba bien en casa. Sus padres hablaban en voz baja todas las noches, había visto llorar a su madre un par de veces, y en la última semana el teléfono no dejaba de sonar. Pero cuando les preguntaba qué pasaba no querían hablar del tema.

-¿Es por ese bulto que te ha salido en el pecho? ¿Por lo que has tenido que ir tantas veces al hospital? – preguntó.

Su madre se sentó con ella en brazos y la abrazó muy fuerte.

-Sí, cariño. He pasado estos días yendo a ver a diferentes médicos para que me pudieran estudiar ese bulto. Me han hecho muchas pruebas y análisis, y por fin saben lo que es.

-¿Y qué es?

-Mira, nosotros no te lo vamos a saber explicar bien del todo. Así que hemos pedido a uno de los médicos que te lo explique mejor. Vamos todos juntos a verle; y podrás preguntarle todo lo que quieras, ¿vale?

Una hora después Lisa y sus padres pasaban junto a un letrero que ponía  ONCOLOGÍA, y entraban en la consulta de un médico alto y fuerte, que se levantó sonriendo.ROBERTO

-Lisa, ¡buenos días! Es como si ya te conociera, porque tus padres no dejan de hablar de ti. Venga, siéntate.

Lisa se sentó un poco nerviosa.

-Yo me llamo Roberto – se presentó el médico -, y soy uno de los médicos que ha estado haciendo muchas pruebas a tu madre para ver qué le pasa. Te voy a explicar las cosas de manera  que me entiendas, ¿vale? Si no entiendes algo, me lo preguntas.

-Vale – aceptó Lisa, sentándose muy erguida: ¡que era ella la oyente principal!

-Bien. ¿Qué te ha contado tu madre? – preguntó el médico.

-Sé que le ha salido un bulto y que se lo tenían que mirar- contestó Lisa, nerviosa-. Y que ahora que ya sabían lo que era, tú me lo ibas a explicar.

-Eso es. Un buen día mamá, al ducharse, se dio cuenta de que le había salido un bulto en el pecho que antes no tenía. ¿Te lo ha enseñado?

-Sí, y lo he tocado. Es como una canica – contestó Lisa.

-Muy bien por tu mamá, por enseñártelo. Así será más fácil que lo entiendas. Pues sí, a las personas a veces les salen bultos en alguna parte del cuerpo. Unas veces la persona se da cuenta porque puede tocarlos, si salen en la piel o en el pecho, por ejemplo. Otras veces no se ven, porque están muy profundos, muy dentro del cuerpo; y los médicos los descubren mientras hacen pruebas a alguien que se puso enfermo.

-¿Y por qué salen esos bultos? – preguntó Lisa.

-Bueno, hay muchos tipos de bultos que pueden salir, y por muchos motivos. Por tantos motivos que tardaría varios días en explicártelos todos; pero en realidad no merece la pena. Sea cual sea el motivo, la cosa es que de repente aparece un bulto.

-Vale-se conformó Lisa.
BOLAS-Muchos de esos bultos no son importantes; pueden ser más o menos grandes, más o menos feos, pueden doler o molestar un poco, pero nada más. La mayoría de los bultos que le salen a la gente no tienen demasiada importancia. Algunos ni siquiera se tienen que quitar: la persona se queda con ellos para siempre, y no pasa nada. En cambio algunos bultos tienen que quitarse, porque si no seguirían creciendo y creciendo. Del tamaño de un guisante pasarían a ser del tamaño de una canica. Y luego de una pelota de ping-pong…

-¡Y luego de una pelota de tenis! ¡Y luego, de un balón de baloncesto! – se rió Lisa.

-¡Imagina! – contestó Roberto poniendo cara de susto-. Por eso hay que quitarlos antes de que lleguen a eso. Porque si no, la persona acabaría teniendo dolor o poniéndose enferma.

-¿Y cómo se sabe si se tiene que quitar el bulto o no? – preguntó Lisa.

-Pues el médico que haya encontrado el bulto, o el médico al que la persona le haya contado que le ha salido un bulto, pide análisis, radiografías y muchas otras pruebas, para poder saber si ese bulto es de los que pueden crecer demasiado o de los que no tienen importancia.

-Como las pruebas que le han estado haciendo a mamá…

-Eso es. Y si las pruebas demuestran que es de los que hay que quitar porque puede seguir creciendo y creciendo, entonces el médico manda a esa persona a mi consulta, para que yo estudie el bulto a fondo con más análisis y pruebas todavía.

-Entonces tú eres el médico de los bultos – concluyó Lisa.

-¡Ja ja ja ja! – se rió Roberto-. ¡Nunca me habían llamado así! Mira, esa es una definición estupenda. Eso es: yo soy el médico de los bultos. Para ser más exactos, de los bultos que crecen demasiado. Los médicos que estudiamos esos bultos nos llamamos ONCÓLOGOS“.

-Así que el bulto de mi madre es de los que crecen demasiado – aventuró Lisa.

-Sí. Es de esos bultos que es mejor quitar antes de que lleguen a ser del tamaño de un balón de baloncesto. Este tipo de bultos que no dejan de crecer tienen un nombre. Es un poco feo, pero lo tienes que conocer, porque a partir de ahora lo vas a oír muchas veces. Y así no tendrás la sensación de que te estamos contando las cosas a medias. El nombre que reciben los bultos que crecen sin control esTUMORoCÁNCER“.

Lisa se puso pálida. Ese nombre ya lo había oído alguna vez…

-Pero la gente se muere de cáncer…-susurró.

-A veces, cariño – reconoció el oncólogo -. A veces sí. Pero cada vez menos gente. Si descubrimos el cáncer a tiempo, cuando todavía es muy pequeñito, tenemos muchísimas armas para combatirlo. Y cada vez más y más personas se curan por completo.

-¿El de mi mamá se puede curar? – preguntó Lisa, con lágrimas en los ojos.

-Yo creo que sí. Lo hemos descubierto muy pronto, es muy pequeño, y vamos a atacarlo con todas las armas que tenemos. Pero tu mamá y yo no podemos vencerlo solos. Os necesitamos a tu padre y a ti.

-¿A mí? – se sorprendió Lisa.

-Sí. Es como si esto fuese una guerra, y ese bulto, ese cáncer que le ha salido a mamá, el enemigo que tenemos que combatir. Pero en una guerra no pelean solo dos soldados. Pelea todo un ejército, ¿no? – le preguntó Roberto.

-Sí…

-Pues tu madre y yo solos no podremos vencer al enemigo. Necesitamos a todo el ejército. Y ese ejército sois todas las personas que quieren a tu madre. Tu madre será el general, la que manda. Tu padre y tú seréis los capitanes, y estaréis en la primera línea del combate. Y entre todos tenéis que elegir al resto del ejército que queréis que luche a vuestro lado.

ejercito largo

-¿Y dónde buscamos los soldados? – preguntó Lisa con interés.

-Entre la gente que tenéis más cerca. Pueden ser familiares, pueden ser amigos; pueden tener cualquier edad; pueden ser muchos o pocos…Sólo hay 3 condiciones. ¡Apunta! – pidió Roberto.

Le acercó a Lisa papel y bolígrafo, y ella, muy atenta, se preparó para apuntar.

-La primera condición: que de verdad os quieran mucho a los tres. La segunda condición: que acepten que en esta guerra hay solo un general y es tu mamá: es la persona más importante y la que tiene que dar las órdenes. ¡No vayan a querer mandar ellos! Y la tercera condición: que estén convencidos de que esta guerra la vais a ganar, y que procuren estar alegres y de buen humor . Porque una guerra puede durar mucho tiempo, y mamá a veces va a estar triste o asustada. Hay días en los que va a estar cansada, sin fuerzas, sin energía. Y no queremos que las personas que vayan a verla le contagien todavía más tristeza y miedo. Queremos que le contagien fuerza y energía positiva, para que pueda pelear mejor. ¿Lo tienes?

-Sí.

-Pues te hago la encargada de la selección de soldados – le ordenó Roberto -. Porque los niños siempre adivináis las intenciones y los sentimientos de la gente. Si te das cuenta de que alguna persona, ¡aunque sea de la familia!, un día viene a veros y no cumple las tres condiciones, debes dar la voz de alarma: “¡Capitán, este soldado hoy viene cargado de emociones negativas! ¡General,  este otro quiere hacer las cosas a su manera y no a tu gusto! ¡No debemos permitir que hoy participen en la batalla!”. Y tus padres sabrán cómo decirles cariñosamente que vuelvan otro día que traigan más ganas de luchar.

-¡Vale! – exclamó Lisa, entusiasmada.

-Bien – continuó el oncólogo-. Lo siguiente que tenemos que hacer es entender bien en qué va a consistir la guerra, qué armas vamos a usar contra el enemigo. Voy a explicarte qué tratamientos va a recibir mamá para poder curarse. Todos tienen cosas buenas y cosas malas. Y debes conocerlas para estar preparada cuando ocurran.

ARMADOSARMAS TERAPEUTICAS

-Vale. Voy a apuntarlo todo para no olvidarme de nada – Lisa cogió de nuevo el boli.

-Me parece muy bien – aprobó el médico -. Antes de nada quiero que toda la familia entendáis una cosa. Cada persona tiene un bulto diferente. Y cada persona es diferente, y tiene a su lado un ejército diferente. Lo que significa que a cada persona se le pondrán unos tratamientos diferentes, o en un orden diferente. No quiero que comparéis vuestra guerra, o vuestros tratamientos, con los de ninguna otra persona que conozcáis o que os quiera contar que también ha tenido un cáncer. Lo que funciona para unos no funciona para otros, aunque de entrada parezca que el cáncer es el mismo. ¿Lo habéis entendido todos?

-Sí- contestaron los tres.

EMOCION-Y me gustaría pediros otra cosa. Esta va a ser una guerra larga. Y, como en todas las guerras, habrá momentos de miedo, de dolor, de pena, de rabia, de enfado. Muchas veces tendréis ganas de gritar, de llorar, hasta de dar patadas o puñetazos a la pared o al suelo. Quiero que entendáis que es normal. Y que es necesario. Hay que sacar todas esas emociones afuera. A lo mejor lo hacéis solos, cada uno en su habitación, cuando nadie os vea. O a lo mejor lo hacéis todos juntos y abrazados, hablando y llorando mucho. O lo hacéis delante de algún amigo. Cualquier manera de hacerlo estará bien. Pero hacedlo, sin miedo y sin vergüenza. No dejéis esas emociones negativas dentro de vosotros, porque entonces no permitirán que vuestra energía y vuestra fuerza interior salgan y ayuden a mamá. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

 

-Bueno. Ahora vamos al grano. Lo primero que vamos a hacer es quitar el bulto a tu madre. Es decir: la vamos a operar. Vamos a hacerle una CIRUGÍA.

-¿Cuándo? – preguntó Lisa, preocupada.

-En cuanto podamos, dentro de unos días. Los médicos que operan, que se llaman CIRUJANOS,  la van a llevar a un quirófano, la van a dormir para que no le duela nada  y van a asegurarse de quitarle todo el bulto. Mamá tendrá que pasar unos días en el hospital; y cuando vuelva a casa tendrá una herida un poco fea. Puedes mirarla o no mirarla; como tú quieras; pero no te asustes, porque, por más fea o grande que te parezca, poco a poco se irá curando y lo único que le va a quedar será una cicatriz de recuerdo.

QUIROFANO

-Puff – a Lisa no le apetecía nada ver aquello.

-A veces el bulto es demasiado grande; y para quitarlo hay que quitar también un trozo bastante grande del pecho – Lisa puso tal cara de espanto que Roberto se apresuró a continuar – ¡No te asustes! No pasa casi nunca; pero cuando pasa, más adelante se puede hacer otra operación para arreglarlo y dejarlo tan bonito como antes.

-Bueno…-Lisa no estaba demasiado convencida.

-Lo que sí quiero es que sepas que mamá pasará varios días con molestias y algo de dolor. Y cuanto menos se mueva y menos esfuerzos haga, antes se curará. Aquí tu labor y la del resto del ejército será muy  importante. Tenéis que ayudar a mamá todo lo que podáis, y tú tienes que hacer todo lo que mamá o papá te pidan. ¿Vale?

-Vale.

-Bien. Cuando mamá se recupere de la operación, pondremos  los demás tratamientos. 4 fantasticos¡Porque todavía nos quedan muchas armas en el almacén para esta guerra! Por ejemplo: ¿has visto la película de Los 4 Fantásticos, o has leído los tebeos? Los protagonistas eran unas personas normales que de repente reciben radiactividad y se transforman en superhéroes.

-¡Uy, sí! – exclamó Lisa, entusiasmada-. Míster Fantástico, La Chica Invisible, la Antorcha Humana y La Cosa.

-¿Y a que no les dolió recibir la radiación?

-No – recordó Lisa-. Ellos iban tan tranquilos en su nave y de repente les atravesó la radiación y ya tuvieron poderes.

-Pues a lo mejor tu mamá tiene que recibir un poco de esa radiación que no duele para transformarse en una superheroína.

-¡Hala! ¿Sí? ¡Qué guay! – se entusiasmó Lisa.

-Ya ves. Esa radiación se llama RADIOTERAPIA. Y servirá para destruir por completo cualquier mínimo trocito de bulto que quede después de la operación. Y a partir de entonces tendrás que estas atenta, porque tal vez notes que mamá se empieza a convertir en alguien un poco diferente.

-¡Pero no se transformará en algo como La Cosa, ¿no? – se asustó Lisa.

RADIOTERAPIA-¡Cielos, espero que no! – exclamó Roberto, muerto de risa-. ¡A mí nadie se me ha transformado en algo así, y si veo a La Cosa entrar a mi consulta me moriré del susto! No; la transformación de mamá será menos espectacular que la de los 4 Fantásticos; porque ellos recibieron muchísima radiación en todo el cuerpo, y mamá va a recibir sólo una poquita y justo en la zona donde tenía el bulto.  No tendrá poderes como los de los superhéroes; pero sí que puede desarrollar habilidades que antes no tenía.  Por ejemplo, la habilidad de reírse de cosas que antes le preocupaban.  O la habilidad de no enfadarse nunca más con tonterías. O la capacidad de encontrar todo el tiempo del mundo para estar contigo y papá.

-¡¡¡Qué bien!!! – aplaudió Lisa. ¡Yo quiero que tenga que recibir esa radioterapia!

-Tú tranquila – se rió Roberto-. La transformación de mamá va a comenzar en cuanto le quitemos el bulto, y notarás muchas de esas cosas aunque no tenga que recibir radioterapia. Sigamos con otra de nuestras armas para curar a mamá. ¿Estás atenta?

-¡Sí! – exclamó Lisa, cada vez más interesada.

-Esta es un poquito más difícil de entender: a ver si te lo sé explicar…- el médico se quedó pensativo -. ¿Has ayudado alguna vez a  quitar las malas hierbas o a arrancar alguna planta en un jardín?

-Si-respondió Lisa-. Mi tío vive en el pueblo y a veces le ayudo en la huerta.

-¿Y alguna vez os pasó que tu tío arrancara una planta pensando que la había quitado toda y pasado un tiempo volvieran a aparecer brotes?20151104_142148

-¡Sí! – recordó Lisa-. Una vez arrancó una planta que tapaba el muro. Tenía un tronco tan gordo que tuvo que usar un tractor para poder sacarlo. Dejó un agujero enorme en el suelo, y yo le ayudé a rellenarlo de tierra. Y en verano volvieron a salir ramitas; resultó que habían quedado semillas enterradas en el suelo, o algo así; y volvieron a crecer…

-¡Uy, qué buen ejemplo me acabas de poner! – exclamó Roberto, frotándose las manos-. ¿Y cómo lo arreglasteis?

-Pues…creo que mi tío echó un líquido en la tierra para arrancar las malas hierbas que habían salido y matar todas las semillas que pudieran quedar, para que no volviera a pasar.

-Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer con tu madre. Imagina que el bulto, el cáncer, es como una planta que hemos arrancado con la operación. El cirujano cree que la ha quitado entera. Y además, para asegurarnos, le damos la radioterapia, la radiación que no duele y que destruye todos los restos.  Pero a veces, algunos bultos se comportan como la planta de tu tío, y sueltan “semillas” invisibles que se esparcen por varios lugares. Y si no nos damos cuenta, de esas “semillas” crecerán nuevos bultos.

-¿Y entonces qué hacemos? – preguntó Lisa.

MALAS HIERBAS-Pues cuando los análisis nos dicen que el bulto arrancado es de los que pueden haber  “soltado semillas”, echamos un líquido para matar esas “semillas” que a lo mejor andan por ahí. Nuestro líquido “matasemillas” se llamaQUIMIOTERAPIA”.

-Ah…

-Como no sabemos por dónde pueden andar las semillas, lo que hacemos es meter ese líquido “matasemillas”, la quimioterapia, en la sangre de mamá, a través de un pinchacito en una vena.  Y como la sangre recorre todo el cuerpo, el líquido  “matasemillas” viaja por todos los rincones del cuerpo matando las semillas que puedan estar escondidas.

-¡Qué fuerte! – se estremeció Lisa.

-Sí. Y además, para asegurarnos de que matamos todas las semillas, repetimos esa quimioterapia unas cuantas veces. Por eso mamá tendrá que venir al hospital de vez en cuando durante varios meses.

quimioterapia

-¿Y ese líquido duele? – preguntó Lisa, preocupada.

-No, poner la quimioterapia no tiene por qué doler. Pero puede dar algunos problemas. Es un producto muy fuerte, que mata las semillas malas, pero que a veces deja a las personas un poco débiles. No a todas, ¿eh? Hay personas que casi no se enteran. Pero otras pueden ponerse malas, como si tuviesen una especie de gripe. Mamá podría tener ganas de vomitar, o diarrea, dolor de cabeza o de barriga…Habrá días que tendrá que meterse en la cama porque estará muy cansada…A lo mejor hasta tiene que ir alguna vez al hospital porque tiene fiebre…Tendrá unos días un poco peores; y luego poco a poco se irá encontrando mejor.

-Pobrecita mamá…-Lisa miró a su madre con una enorme pena.

-Sí, esta parte es la peor – asintió el médico -. Pero ya te digo, no le pasa a todo el mundo. Hay muchas personas que solo están un poquito más cansadas de lo normal, pero nada más.

-Ojalá mi mami sea de esas-deseó Lisa.

-Ojalá. Pero por si acaso tu mamá es de las que se pone algo enferma de vez en cuando, quiero que recuerdes un par de cosas. Prepara otra vez el boli.

-Ya está.

-Es importante que entiendas que, si mamá se pone algo mala, no significa que esté “peor del cáncer”, como puede que oigas comentar a alguien. Sólo significa que el “matasemillas”, la quimioterapia, está haciendo su trabajo y buscando por todo el cuerpo si alguna semilla mala se soltó, para matarla. Tienes que saber que todo esto es normal, y que es parte del proceso de curación. ¿Vale?

-Vale.

-También debes saber que estos meses, los de la quimioterapia, son los más largos y difíciles para todos. Y en este tiempo el ejército es más importante que nunca.

-¿Ah, sí?

-Sí. Mamá recibe quimioterapia un día. Y dejamos pasar unas semanas. Durante esas semanas puede estar cansada y sentirse enferma. Poco a poco se sentirá mejor. Y cuando ya se encuentre bien del todo…¡zas!, otra dosis de quimioterapia. Y vuelta a empezar. Y así varias veces.En total van a ser 3 o 4 meses en los que mamá puede sentirse más enferma, más cansada, más triste…Tendrá que descansar y dormir todo lo que pueda, para poder luchar con más energía. Papá y tú tendréis que cuidarla todo lo posible y ayudar mucho en casa.

-Vale – se comprometió Lisa. ¡Aunque sabía que le iba a costar un poco!

-Y tendrás que estar muy atenta para que todas las personas que vayan a visitar a mamá lo hagan cargados de fuerza y energía positiva, para que se la puedan contagiar y ayudarla en la lucha.

-De acuerdo.

-Además la quimioterapia tiene a veces un efecto muy curioso, que tienes que conocer para que no te asustes si ocurre – anunció Roberto -. Hemos dicho que funciona como el líquido que arrancaba las malas hierbas en el jardín, ¿no?

-Sí.

-¿Y qué hay en nuestro cuerpo que es fino y largo como una hierba?

MUÑECA

-Mmmmmmmmmm… ¡El pelo!

-Exacto, el pelo. La quimioterapia puede arrancar el pelo de mamá. El de la cabeza, el de las cejas, el de los brazos…¡Todos los pelos del cuerpo!

-¡Hala! ¿De verdad? – se sorprendió Lisa, abriendo unos ojos como platos.

-Sí. A veces no se cae ni un solo pelo. Pero otras veces uno se va encontrando pelos por todas partes. En la almohada, en la ducha…Y un buen día la persona se despierta sin pelo. Ni en la cabeza ni en las cejas.

-¡Pero estarán feísimos! – exclamó Lisa, mirando a su madre y tratando de imaginársela calva y sin cejas.

-No están feos, solo están diferentes – opinó Roberto -. ¡El mundo está lleno de personas sin pelo que no nos parecen feos en absoluto! Ni siquiera nos fijamos en ellos. Lo que se nos hace raro es que una persona que un día tenía mucho pelo de repente no tenga nada. Pero esto no dura para siempre. En cuanto se termine la quimioterapia el pelo volverá a crecer.

-¿Y esa gente qué hace mientras tanto? – preguntó Lisa, llena de curiosidad.

MUÑECA2-Pues depende de cada uno…Hay personas a las que no les importa quedarse sin pelo, y salen a la calle sin problemas. Otras personas se ponen un pañuelo, una gorra o un sombrero. ¡Sobre todo porque tienen más frío en la cabeza! Y otras se ponen peluca. Hay quien se pinta las cejas, otros no. Cada cual a su gusto.

-Mami, ¿y tú qué te pondrás si se te cae el pelo? – le preguntó Lisa a su madre.

-Pues…yo creo que una bonita peluca o un pañuelo de colores- le contestó su madre-. ¡Pero tengo que pensarlo!

-¿Podemos elegirlos entre las dos? – le pidió Lisa.

-Claro; y además se me ocurre una idea. Las dos podemos ponernos un mechón de pelo de un color divertido: rosa, azul, morado…Yo en la peluca y tú en tu pelo. Y nos lo quedaremos hasta que me vuelva a crecer mi pelo. ¿Qué te parece? – preguntó la madre.

-¡Genial! – contestó Lisa-. ¿Podemos ir esta tarde a comprarla?

PELUCA

-¡No te precipites en dejar calva a tu madre, que a lo mejor ella es de las que se quedan con todo el pelo! – señaló Roberto, divertido.

-Ah…-¡a Lisa casi le daría pena!

-Lisa, podemos ir mirando pelucas y pañuelos, para tenerlos elegidos por si se me empieza a caer el pelo – sugirió su madre.

-Vale – se animó Lisa.

-Y con esto se acabó lo difícil – dijo Roberto-. A partir de entonces mamá solo tendrá que tomar MEDICAMENTOS (eso sí, durante mucho tiempo, ¡durante años!) y venir al hospital de vez en cuando a verme, para ver cómo va todo y asegurarnos de que no aparecen nuevos bultos por ningún sitio.

medicamentos

-¡Bien! – aplaudió Lisa.

-¿Crees que lo has entendido todo? – le preguntó el oncólogo.

-Creo que sí.

hospital-Pues entonces estupendo. Tu madre y yo nos vamos a ver muchas veces en estos meses. Recuerda que mamá tendrá que venir muchas veces al hospital: primero para quitar el bulto, luego varias veces para ponerse la radiación invisible, varias veces también para ponerse el líquido “de las malas hierbas”, y unas cuantas veces para hacerse pruebas y análisis para ver qué tal van las cosas. Y si alguna vez está demasiado cansada o tiene mucha fiebre, también tendrá que venir al hospital para que le ayudemos un poco más. Y todo esto será normal, no te tiene que asustar. ¿Te acordarás?

-Sí.

-Y si estás sola con mamá y ella te dice que se encuentra mal y que cree que necesita venir al hospital, y no está papá para traerla, tú puedes llamar a un número de teléfono para pedir que vaya un médico a casa a verla, o una ambulancia para traerla al hospital. ¿Sabes qué número es ese?

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-Muy bien – aplaudió el médico -. Cuando llames y te pregunten qué está pasando, tendrás que contestar que tu mamá ha tenido un bulto en el pecho, que se lo han quitado, que le han puesto “radioterapia” y “quimioterapia”. Y que ahora se encuentra mal. Cuando se ponga un médico le dices qué es lo que le ocurre: que tiene mucho dolor en alguna parte, que tiene mucha fiebre, que está vomitando…lo que sea. Y el médico del 112 sabrá si tiene que mandar a otro médico a casa o si será mejor traerla en ambulancia al hospital. ¿Vale?

-Vale.

-Y siempre que tengas alguna pregunta puedes llamarme o venir a verme, y hablaremos de todo lo que quieras. ¿De acuerdo?

-¡De acuerdo!

Lisa abrazó a Roberto y salió de la consulta de la mano de sus padres, sintiéndose mucho más tranquila. Ya no tenía tanto miedo. Estaba segura de que iba a ser de gran ayuda para su madre en esa guerra que estaba a punto de empezar. Sabía todo lo que iba a pasar; sabía qué tenía que hacer; y sabía que no iba a estar sola. Siempre iba a poder contar con el “médico de los bultos” ,y con las personas del 112 si estaba sola en casa.

-¡Puedes estar tranquila, mamá! ¡Vamos a formar el mejor ejército para ti! ¡Todo va a salir bien, ya lo verás!

Y  Lisa se convirtió en el mejor soldado del mundo. Buscó un ejército fuerte y valiente de familiares y amigos, y estuvo siempre alerta para detectar a las personas con energía negativa. Ayudó a su madre en todo y procuró no molestarla cuando descansaba. Se atrevió a mirar la herida (que era menos fea de lo que se había imaginado) y hasta ayudó alguna vez a curarla. No tuvo miedo cuando vio a su madre vomitar o marearse alguna vez. Explicó cómo eran las cosas a las personas que, asustadas, no entendían muy bien lo que estaba pasando. Una vez que su madre se puso con fiebre le recordó a su padre que podía llamar al 112 para pedir consejos al médico.

Y un día, cuando ya se habían terminado las sesiones de radioterapia y quimioterapia, Lisa fue con su madre a visitar al “médico de los bultos”. En cuanto vio a Roberto, le echó los brazos al cuello y le susurró:

-¡Tenías razón! ¡Mi madre se ha convertido en una mamá mucho más especial! ¡Se ríe mucho más, está mucho más tiempo conmigo y ya no se enfada casi nunca!

los-increibles-wallpaper-09-Ya te lo dije – sonrió Roberto-. Todos los superhéroes tienen que pelear duro y pasarlo mal alguna vez. Pero si vencen, se transforman en personas geniales.

-Pero sin la ayuda de Lisa yo no lo hubiera conseguido tan fácilmente – dijo su madre, orgullosa-. ¡Ella también ha sido una pequeña heroína! ¿Verdad?

-¡Y tanto! – asintió Roberto-. En realidad os habéis convertido todos en una familia de superhéroes, ¡como Los Increíbles!

-Oye, tú tienes mucha suerte – le comentó Lisa, pensativa-. Porque tú conoces a un montón de personas que se han convertido en superhéroes, ¿verdad?

Roberto se echó a reír.

-¡A muchísimas! En realidad las calles están llenas de superhéroes; lo que pasa es que muchos van de incógnito, y nadie se da cuenta. Pero yo conozco a un buen puñado de ellos.¡Ya ves, yo tengo uno de los mejores trabajos del mundo!

 

19.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TU HERMANO ES UN ÁNGEL DE LUZ

(Este no es un cuento para enseñar a los niños a salvar vidas. Es un cuento para agradecer a un niño que acaba de volar al cielo todo el amor que ha dado, todas las lecciones que ha enseñado y todas las vidas que se van a salvar gracias a él. Es un cuento para que una bebé sepa, cuando sea un poco más grande, que su hermano es un maravilloso ángel de luz que la cuida desde el cielo.)

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Érase una vez una niña que debía nacer. Porque era una niña muy especial, que tenía que cumplir una importantísima misión en la Tierra. Estaba destinada a hacer grandes cosas, a cambiar las vidas de muchas personas.

Pero no quería nacer. Estaba asustada. Veía que en la Tierra había violencia, mentira y egoísmo. Tenía miedo de ser recibida por personas que no la comprendiesen, que no la amasen, que le hiciesen daño, que no le ayudaran a llegar a ser la mujer mágica y maravillosa en que debía convertirse.

Su hermano de alma, un ángel de luz que siempre había estado cerca de ella, trataba de convencerla.

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-Éste es tu momento, hermana de alma. Debes nacer ahora. Si no lo haces, no podrás cumplir tu misión, y muchas personas no podrán recibir tus dones.

-Pero no me atrevo – lloró la niña.

-Te está esperando una familia con almas de luz, como las nuestras. No debes temer nada – insistió el ángel de luz.

– Tengo miedo. ¿Cómo sabré que puedo confiar en la familia que ha de recibirme en la Tierra?

-¿Y si yo te pudiera demostrar que la familia que te está esperando es la más maravillosa, dulce y cariñosa que existe? ¿Te atreverías a nacer entonces? – le preguntó el ángel.

-Entonces sí – respondió la niña.12373201_10205968000538932_3996194840657683513_n

La misión de la niña en la Tierra era tan, tan importante, que su hermano de alma recibió un permiso especial. Él nacería primero, y pasaría unos años con aquella familia que más adelante debía recibirla a ella.

Pero el ángel de luz no podría quedarse para siempre con su familia de la Tierra. Él también tenía una misión que cumplir. Porque los ángeles de luz tienen el poder de transformar las almas y los espíritus de la gente, de un modo imposible de lograr por el resto de los seres. Y comienzan su misión naciendo en la Tierra: tocan los corazones de muchas personas, les enseñan lo que es el amor incondicional y verdadero, les abren los ojos a una nueva realidad, les cambian para siempre. Pero deben marcharse pronto, para continuar con su misión transformadora desde el cielo, donde tienen más poder.

 

Cada vez que un ángel de luz recibe permiso para nacer en la tierra, puede escoger a qué grupo de personas quiere ayudar. Y el ángel escogió ayudar a los niños que hubieran nacido con el síndrome de QT largo. Nacería con el síndrome de Timothy, una variante de QT largo muy poco frecuente; y empezaría su misión concienciando a muchas personas que, de otro modo, jamás sabrían en qué consistía el síndrome y no pelearían por ayudar a los niños que lo padecían.

El ángel de luz ya conocía a sus futuros padres, porque los seres que tienen almas de luz han estado, están y estarán conectados a través de los tiempos y por toda la eternidad. Por eso deseaba vivir con ellos en la Tierra: porque ya los amaba con todo su corazón. Y quería demostrar a su hermana de alma que no existían en el mundo mejores padres que aquellos.

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Y el ángel de luz nació, y sus padres lo llamaron Lee. Lee llenó de amor las vidas de muchas personas. No sólo sus padres y allegados: familias enteras de todo el mundo fueron bendecidas con su don de amor. El síndrome de Timothy comenzó a ser más y más conocido y estudiado. Y su hermana de alma fue testigo de tanto amor, de tanta ternura, de tanto cariño, de tanta felicidad, de tanta generosidad, de tanta valentía, de tanta fuerza y coraje, que ya no tuvo ninguna duda. Quería nacer en esa familia y en ninguna otra. No quería siquiera esperar a que el ángel de luz volviera al cielo.

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Y la niña especial nació. Y sus padres la llamaron Evelyn Ann, y desde el primer día fueron conscientes de la importancia de aquel regalo del cielo. No hubo un solo día en el que Evelyn Ann no se sintiera querida, comprendida y bendecida. Aquellos padres eran los adecuados para acompañarla a lo largo del camino que le llevaría a convertirse en la mujer importante y mágica que estaba destinada a ser.

Llegado el momento, el ángel de luz se volvió a su hermana.

-Debo marcharme, EA. Debo continuar mi misión desde el cielo.

-Lo sé – respondió ella-. Pero te vamos a echar mucho de menos aquí en la Tierra.

-Ya lo sé – respondió él -. Pero ya sabes que los seres con alma de luz, como nosotros y nuestros padres, siempre estamos conectados a través del tiempo y la eternidad. Siempre estaremos juntos, aunque no podamos vernos.

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-Los adultos se olvidan de esta conexión eterna – observó la niña-. Y como no la recuerdan, se ponen muy tristes cuando un ser querido abandona la Tierra para continuar con su misión en el cielo.

-Por eso tú deberás recordárselo constantemente, hermanita – le pidió Lee-. Cada vez que les veas tristes, acaríciales el rostro, transmíteles paz y amor y hazles recordar un poquito.

-¿Y si yo también me olvido según vaya creciendo?– preguntó EA.

-Eso no ocurrirá. Yo me encargaré de recordártelo en tus sueños, a través de libros, frases, momentos… o de otras personas especiales.

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-¿Y no podremos verte de vez en cuando? Cuando estemos demasiado tristes, cuando el tiempo de espera hasta reunirnos de nuevo se nos haga demasiado largo, ¿nos darás una señal de tu presencia? – le suplicó la niña.

-De acuerdo – contestó su hermano-. Voy a utilizar una de las cosas que más amo: la luna. Siempre que me echéis mucho de menos, decídselo a la luna y yo volaré hasta ella. Os miraré desde allí, y nuestras miradas se cruzarán. Y sentiréis que una gran paz inunda vuestro corazón. Y cuando la luna esté llena, si miráis con mucha atención, tal vez podáis verme bailando y sonriendo. Y de vez en cuando os haré una señal especial: pondré mi halo de luz en forma de círculo alrededor de la luna, haré que la luna cambie de color, esconderé la luna detrás del sol…

-¿Y nos mandarás de vez en cuando una estrella fugaz? ¡Es lo que más me gusta del mundo! – le pidió EA.

-Vale. Lo haré. Lo prometo.

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Y el ángel de luz se despidió de su dulce familia, y voló al cielo para seguir ayudando a más personas. Y en el cielo les espera, pues las almas de los seres de luz siempre están conectadas por toda la eternidad.

Y volverán a estar juntos, viviendo otras aventuras, cumpliendo otras misiones. Y, aún estando entre miles y miles de almas, se reconocerán. Porque cuando las almas de luz se aman, ese amor es mágico, indestructible y eterno.

Y mientas llega ese momento, los ángeles de luz brillan en el cielo, miran desde la luna a sus seres queridos, les lanzan estrellas fugaces, les visitan en sus sueños. Y quienes recuerdan, quienes tienen un alma sensible, quienes les han amado mucho, pueden sentirlos. Y los niños que aún poseen magia en sus corazones pueden oírles reír en el tintineo de los cascabeles, y pueden verles bailar en las noches de luna llena.

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(Lee Ciciarelli nació con el síndrome de QT largo, una mutación en el corazón que puede provocar arritmias y muerte súbita. Lee tenía una variante tan rara como letal, llamada síndrome de Timothy. Se ganó sus alas el 25 de Octubre, a los 5 años y medio. Pero su familia seguirá luchando por dar a conocer este síndrome y ayudar a los niños que lo padezcan. Este cuento es mi pequeño regalo a su hermanita y mi homenaje a un super héroe con el que mis hijas y yo “compartimos corazón” y que tanto nos ha enseñado sobre la vida, el valor y el amor incondicional.)

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THE SOUL SISTER OF AN ANGEL OF LIGHT

There was once a girl who was to be born. She was a special soul of light that had to fullfill an important mission on Earth. She was destined to do great things, to change the lives of many people.

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But she didn’t want to be born. She was afraid. She had seen so much violence, lies and selfishness. She was afraid to be received by people who did not might love and understand her, that might hurt her, unable to help her become the magical and wonderful woman she should be.

Her soul brother, an angel of light that had always been close to her, was trying to convince her.

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‘Your moment is now, my sister of light. You must be born now. Otherwise you won’t be able to accomplish your mission, and many people may not receive your gifts.’

‘I do not dare’ the girl cried.

‘I know the family that is waiting for you. They have souls of light, just like ours. Don’t be afraid’ the angel of light insisted.

‘I am scared. How will I know that I can rely on them?’

‘What if I could show you that you are destined to the most wonderful, sweet and loving family ever? Would you dare to be born then?’ the angel asked.

‘Yes I would’ the girl replied.12373201_10205968000538932_3996194840657683513_n

That girl had such an important mission to do that his soul brother asked for a special permission. He would be born first, he would spend few years with that family destined to embrace her. So she could see how lovely they all were.

 

But the angel of light could not stay forever with his family on Earth. He also had a mission to fulfil. For angels of light have the power to transform souls and spirits in a way impossible to achieve by other beings. Sometimes they are born in order to begin their mission on Earth: they touch so many hearts, they teach about unconditional love, changing people lives forever, opening their eyes to a new reality. But they must leave soon, to continue their transformative mission from Heaven, where they are more powerful.

Every time angels of light receive permission to be born on Earth, they can choose which people they want to help more. And the angel chose to help children who were born with Long QT syndrome. He would have Timothy Syndrome, a rare type of LQTS. And he would begin his mission by raising awareness, touching people who otherwise would never know about this condition and would never fight to help LQTS and Timothy syndrome in children.

The angel of light knew already his future parents, for beings with souls of light have been, are and will be connected through time and eternity. So he wanted to live with them on Earth, because he already trusted and loved them so much. This way he could prove there were no better parents in the world for his soul sister.

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And the angel of light was born, and his parents named him Lee. Lee filled the lives of many people with love. Entire families worldwide were blessed with his gift of love. Timothy syndrome awareness began to spread. And her soul sister witnessed so much love, so much tenderness and happiness, so much generosity, courage and strength, that she had no longer any doubt. She wanted to be born in that family and nowhere else. She didn’t even want to wait for the angel to return to Heaven.

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And the special baby was born, and their parents named her Evelyn Ann. And they were aware of the importance of that godsend from the very first day. Evelyn Ann felt herself loved, understood and blessed every single day. Her parents were suitable to accompany her along the path that led her to become the important and magical woman she was destined to be.

One day the angel of light turned to his sister.

‘I must leave, EA. I must continue my mission from Heaven.’

‘I know ‘she replied. ‘But we will miss you so much here on Earth.’

‘But you know beings with souls of light, as we and our parents, are always connected through time and eternity. We will always be together, even though you cannot see me.’

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‘Adults forget about this eternal connection’ the girl noted. ‘So they get very sad when a loved one leaves Earth to continue his mission on Heaven.’

‘That’s why you will need to remind them constantly, sister’ Lee replied. ‘When you notice they are really sad you caress their faces with your hands tenderly, transmit them peace and love, and help them to remember.’

‘What if I also forget everything as I grow up?’ EA asked.

‘Such thing will never happen. I will remind you in your dreams, I will look for books, phrases, moments, other special people to remind you. ‘

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‘Could we hear from you from time to time? While we are waiting for the time we will meet again, if we are too sad, could we receive a sign of your presence?’ the girl begged.

‘All right’ he answered. ‘I will use one of the things I love most: the moon. Whenever you miss me too much, you tell the moon, and I will fly to there. I will watch you from there, and our eyes will meet. And you will feel a great peace that will fill your hearts. And when the moon is full, you look up there carefully, and you may see me dancing and smiling. And now and then I will show a special signal: I will put my light around the moon, I will change the moon’s colour, I will hide the moon behind the sun…’

‘I want some shooting star too. That is what I like most!’ EA asked.

‘I promise.’

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And the angel of light said goodbye to his sweet family, and flew back to Heaven to continue helping more people. And he awaits in Heaven, for the souls of beings of light are always connected for eternity.

And they will be together again, living other adventures, fulfilling other missions. And among thousands of souls, they will recognize each other. Because when souls of light love, this love is magical, strong and eternal.

And as the time comes, the angels of light are shinning in the sky, watching from their loved ones from the moon, throwing them shooting stars, visiting them in their dreams. And those who remember, those who have a sensitive soul, who have loved them so much, can feel them. And children who still have magic in their hearts can hear them laughing in the tinkling of bells, and can see them dancing in the moonlit nights.

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EXPLICANDO LAS CONVULSIONES A LOS NIÑOS DE INFANTIL

Una profe me cuenta que una niña de 3 años de su cole ha sufrido una crisis epiléptica en casa y que quiere tratar de explicárselo a sus compañeros de clase. Me pide que adapte el cuento de la convulsión un poquito más para que los niños más pequeños lo puedan entender mejor. 

Así que aquí va un “cuento” cortito dedicado a la pequeña Paula, para que sus amiguitos comprendan lo que le pasa y cómo pueden ayudarle.

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Vuestra compañera Paula es epiléptica. ¿Sabéis lo que significa eso? Que a veces su cuerpo comienza a moverse solo, sin que ella pueda evitarlo. Los brazos, las piernas, los ojos, la cabeza…todo se le mueve a la vez.

¿Y por qué pasa eso? Vamos a ver si os lo puedo explicar.

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Imaginaos al hermanito o a la hermanita pequeña de alguno de vosotros. Un bebé de 1 o 2 años, por ejemplo. Los hermanitos de 2 años son muy graciosos, pero también se enfadan con frecuencia, tienen muchas rabietas. Si les quitas un juguete cogen una rabieta. Si les riñes un poquito cogen otra rabieta. Si mamá no les da una galleta cogen otra rabieta.

Y cuando los bebés cogen una rabieta ¿qué hacen? Pues chillan, lloran, se tiran al suelo y patalean,  se quedan en el suelo tirados y no se quieren levantar.10502125_707956765919871_8130197483362170369_n

Y a veces la rabieta ha sido tan grande que el hermanito termina muy, muy cansado y se queda dormido un rato muy largo.

Pues algo parecido les pasa a los niños con epilepsia: que su cerebro es muy sensible y coge rabietas de vez en cuando. Pero no es que Paula o los demás niños epilépticos sean unos caprichosos, ¿eh? Ellos no lo hacen adrede, no lo pueden evitar; es que su cerebro es especial, un poquito diferente, y a veces les hace hacer las cosas de un modo diferente. ¡En realidad todos somos diferentes, todos tenemos algo especial y todos hacemos algunas cosas de modo diferente a los demás!

¿Y qué es el cerebro? Es lo que tenemos dentro de la cabeza y que nos hace pensar. Y es el que hace que movamos un dedo, una mano, abramos y cerremos la boca y los ojos, nos rasquemos la nariz o nos subamos al columpio. Es el jefe del cuerpo. El cerebro de nuestra cabeza da órdenes a nuestro cuerpo para que se mueva. Nuestros brazos y piernas, nuestras manos, pies y dedos, nuestra boca, nuestros ojos y oídos, siempre hacen lo que el cerebro les manda que hagan.

Cuando nuestro cerebro está tranquilo nos manda mover el cuerpo de forma tranquila y ordenada: ahora una mano, ahora un pie, ahora un dedo. Pero si el cerebro coge una rabieta, nos puede hacer mover todo el cuerpo de golpe y sin que podamos parar de hacerlo.20150323_135957

Hay muchos niños que tienen un cerebro que coge rabietas con la fiebre. El cerebro de otros niños, de los niños epilépticos como Paula, coge rabietas con las luces muy brillantes, o cuando están muy cansados, o cuando no se han tomado sus medicinas. Y cuando un cerebro coge una rabieta, el niño comienza a mover todo el cuerpo y no puede parar. Eso se llama “convulsión”. A veces el niño hasta se hace pis, de lo enfadado que está el cerebro.

Una “convulsión” puede durar un ratito largo, como la rabieta del hermanito, que puede estar un buen rato llorando y pataleando en el suelo. Pero el cerebro y el cuerpo se acaban cansando, y en pocos minutos se dejarán de mover.  Los papás y los abuelos se asustan mucho cuando ven una convulsión, porque el niño no puede hablarles para decirles que no pasa nada, que sólo es una rabieta de su cerebro y que en poco tiempo, cuando el cerebro se canse, dejarán de moverse así. Pero tenemos que estar tranquilos, no pasa nada. No hay que asustarse. disgusto

Y el niño termina tan cansado después de mover todo el cuerpo con la convulsión, que luego siempre se queda dormido, igual que los bebés después de una rabieta muy grande.

 Imaginaos que un hermanito viene a vernos hoy al cole y tiene una rabieta aquí, delante de todos nosotros: se tira al suelo y se pone a llorar y a patalear. ¿Qué hacemos nosotros?

A un bebé con una rabieta no hay que sujetarle con fuerza, ni intentar cogerle en brazos, porque si le hacemos daño se pondrá más enfadado y todavía tardará más en tranquilizarse. Hasta nos puede dar patadas, puñetazos y mordiscos. Tampoco hay que intentar meterle el chupete en la boca si él no lo quiere, porque seguramente lo escupirá o nos lo tirará a la cara. Solo hay que dejarle tranquilo tirado en el suelo hasta que se le pase la rabieta. Es lo que hacen la mayoría de los papás, ¿a que sí?

Y entonces, cuando ya se le ha pasado el enfado, le cogen en brazos, le llenan de besos y de mimos, y le dicen que están muy contentos de que haya dejado de llorar. Y si se queda dormido, le ponen en la sillita o le llevan en brazos y le dejan dormir para que descanse, hasta que se despierte. Y continúan con lo que estaban haciendo todos antes de tener la rabieta.

Imaginad ahora que el cerebro de Paula coge una rabieta aquí, estando en clase. Y Paula se cae al suelo y todo su cuerpo empieza a moverse: tiene una convulsión. ¿Cómo le podemos ayudar nosotros?

Pues al cerebro con una rabieta hay que tratarle igual que al bebé con una rabieta: con suavidad y cariño. Si vemos a Paula o a un niño que está en el suelo con una convulsión, no tenemos que sujetarle demasiado fuerte, o le haremos daño. Tampoco tenemos que intentar meterle nada en la boca, porque nos puede dar un mordisco y le podemos hacer daño en los dientes. Hay que dejarle tranquilo en el suelo, hasta que a su cerebro se le pase la rabieta.

Y tenemos que ir corriendo a avisar a un mayor, a un profesor si le ocurre en el cole, o a un papá o una mamá si le ocurre en casa o en el parque. Los mayores siempre tienen que saber que a un niño le está pasando esto, que está teniendo una convulsión. ¡Ah, y hay que decirles que tranquilos, que no se asusten, que no pasa nada, que es solo una convulsión, una rabieta de su cerebro! ¡Porque los mayores siempre se ponen muy, pero que muy nerviosos con estas cosas!

20150323_230046Y cuando la rabieta se pasa, el niño epiléptico siempre se queda dormido, porque su cuerpo siempre termina muy cansado. Paula seguramente se quede muy dormida, tan dormida que no se puede despertar aunque la llamemos, o la movamos. Para que descanse mejor le tenemos que poner de lado, no podemos dejarle boca arriba porque respira peor. Poner de lado a Paula si se queda muy dormida es muy, muy, pero que muy importante. Es lo más importante de todo. Así sí que le estamos ayudando muchísimo.

Paula se despertará enseguida, pero su cerebro estaba tan enfadado que seguramente no se acordará de nada de lo que le ha pasado. A lo mejor se despierta asustada, nerviosa, llorando. Eso es normal. Dejadla tranquila, que seguramente en poco tiempo estará como nueva. Y entonces sí que la podéis abrazar y dar besos y contarle todo lo que le ha pasado.20151019_232451

Pero si nos parece que tarda mucho en despertarse, o si tenemos miedo, tenemos que avisar a un médico o a una ambulancia: llamaremos al teléfono 112. ¡Si los mayores no se acuerdan de este número, vosotros tenéis que recordárselo!

“Tenía yo una vez a mi amiga muy dormida, tenía yo una vez a mi amiga muy dormida, que no podía, que no podía, que no podía despertar.

¿Qué tengo que hacer yo si mi amiga está malita? ¿Qué tengo que hacer yo si mi amiga está malita? Pedir ayuda a un mayor y llamar al 1, 1, 2”.

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