¿ALGUIEN SE HA VUELTO LOCO DE REPENTE? DIABETES, HIPOGLUCEMIA.

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Jorge era muy bueno en baloncesto. Por eso le encantaba estar con su tío Jesús, que también era un gran deportista. ¡Y este fin de semana lo iban a pasar juntos! Sus padres trabajaban, su tía María también, su hermano se iba de campamento y su tío Jesús le había prometido una jornada llena de actividades.

El sábado desayunaron y echaron un partido en la canasta del parque. Después cogieron las bicicletas para hacer una pequeña ruta. Jorge aguantaba perfectamente el ritmo de su tío, y la excursión duró mucho más de lo que habían planeado. Llegaron a casa agotados sobre las tres de la tarde.

-¡Chaval, vas a acabar conmigo! – le dijo su tío Jesús, tirándose en el sofá-. Estoy muerto. La pizza está en el horno; cuando pite la alarma, si me he dormido, lo apagas y la sacas.

 

Dos minutos más tarde su tío roncaba en el sofá. Jorge se duchó y se puso a leer para matar 20161204_183005el tiempo hasta que la alarma del horno sonó. Sacó la pizza y fue a avisar a su tío. Pero le vio tan dormido que le dio pena despertarle. Cortó su parte de la pizza y metió el resto en el horno de nuevo. Luego se sentó en el sofá al lado de su tío para comer la pizza viendo una película.

Notó que su tío se agitaba en sueños y que estaba muy sudoroso. Seguramente sería por haberse dormido sin ducharse; estaría incómodo, pensó. No le dio más importancia, hasta que de pronto su tío despertó sobresaltado.

-¡Ya era hora, tío Jesús! ¡La pizza se te va a enfriar! – le dijo Jorge. Pero al mirarle se quedó helado. Su tío estaba envuelto en sudor, tenía la mirada desencajada, no parecía darse cuenta de su presencia; y cuando por fin reparó en él se puso muy nervioso.

-¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? – le preguntó. Jorge no podía creer lo que oía.

-¿Qué dices? ¡Soy yo!

-¿Qué haces en mi casa? – gritó su tío, levantándose de golpe. Jorge empezó a asustarse.

-¿Qué te pasa, tío Jesús? ¡Soy yo, soy Jorge!

-¡Lárgate de aquí! ¡Déjame en paz! – su tío empezó a dar vueltas por la sala, cada vez más inquieto -. ¿Dónde está?

-¿Dónde está qué? – Jorge no entendía nada y estaba cada vez más asustado.

-¿Dónde está el dinero? Necesito el dinero antes de que sea demasiado tarde.

-¡Tío Jesús, ya vale con la broma! ¡Me estás asustando! – Jorge estaba a punto de llorar. Si su tío le estaba tomando el pelo y quería meterle miedo, ¡lo estaba consiguiendo!

-Tengo que encontrarlo. Tengo que encontrarlo – murmuraba su tío, buscando algo por todas partes. Movió el sofá, revolvió los libros, miró debajo de la mesa. Estaba sudoroso, respiraba muy rápido, parecía que realmente le ocurría algo serio.

-¡No está! – gritó, y de un manotazo lanzó al suelo todo lo que había sobre la mesa-. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi dinero?

Jorge, aterrorizado, comenzó a entender que algo iba muy mal. Echó a correr hacia la puerta principal y salió de la casa cerrando de un portazo.

-¡Socorro, socorro! ¡Por favor, ábranme! – gritó desesperado, aporreando la puerta de los vecinos. Un hombre abrió la puerta y Jorge, temblando, se metió en la casa sin esperar permiso siquiera.

-¿Qué pasa, Jorge? – preguntó el hombre, sorprendido al reconocer al sobrino de su vecino.

-¡Es mi tío Jesús! ¡Se ha vuelto loco! ¡No me conoce, no para de dar vueltas buscando algo por la casa, lo ha tirado todo al suelo! ¡No sé qué le pasa, ayúdeme! – explicó Jorge llorando.

-A ver, tranquilo. Voy a hablar con tu tío; seguro que hay una explicación – le dijo el vecino, acercándose a la puerta. Llamó con los nudillos.

-Jesús, ¿estás bien?

Al otro lado de la puerta se oían ruidos como de pelea.

-¡Largo! ¡Fuera! ¡Ladrones! ¡Me han robado! ¡Fuera de aquí! – se oía gritar a Jesús. El vecino miró a Jorge sorprendido.

-¡Ay, ya sé lo que le está pasando! ¡Tu tío es diabético, seguro que está sufriendo una hipoglucemia! ¡Voy a avisar enseguida a tu tía!

El vecino marcó el teléfono de la tía María. Su tía se puso muy nerviosa.

-¡Ay, madre mía! ¡Voy corriendo para allá! ¡No te preocupes por nada, todo se va a arreglar!

La tía María llegó enseguida. Seguían oyéndose gritos y ruidos. El vecino, preocupado, estaba pensando incluso en avisar a la policía.

-Espere, Tomás, déme un minuto. Seguro que lo podemos arreglar.

La tía María abrió la puerta con su llave y entró. El tío Jesús estaba sentado en el suelo, agitado, sudoroso, con la espalda apoyada en la pared, y la casa estaba completamente desordenada, con objetos rotos por todas partes.

-Jesús, mírame. Soy yo, María. Tienes que tomar azúcar; estás teniendo una hipoglucemia.

-Déjame, déjame – contestó Jesús, desorientado, negándose a tomar el terrón de azúcar que su mujer le ofrecía.

-Hay que llamar a un médico – explicó María al vecino -. No soy capaz de hacer que tome azúcar, y se lo van a tener que poner inyectado, o se pondrá cada vez peor. Por favor, llame al 112.

Tomás, el vecino, llamó al 112 y explicó la situación. Mientras, la tía María llamó a la madre de Jorge para que viniera a buscarle.

 

Para cuando el médico y el enfermero llegaron al domicilio, el tío Jesús seguía muy alterado. El enfermero le pinchó en el brazo con una aguja y empezó a meterle un medicamento. Y debía de ser algo milagroso, porque a los pocos minutos el tío Jesús comenzó a tranquilizarse y miró a su alrededor.

-¿Qué ha pasado? ¿Qué hace el vecino en mi casa? María, ¿qué haces tú aquí? ¿No estabas trabajando?

-Tuviste una hipoglucemia – le explicó su mujer-. Te pusiste tan mal que destrozaste media casa y quisiste atacar a Jorge porque no le conocías. Tomás se dio cuenta enseguida y me llamó. Y han tenido que venir los sanitarios a ponerte azúcar.

Jesús, muy avergonzado, miró a su sobrino.

-¡Dios mío, qué desastre! ¡Lo siento, Jorge, lo siento muchísimo! Llegamos tarde, no comí, me quedé dormido y me bajó el azúcar. Tú no sabías que yo era diabético, ¿no?

Jorge, sin atreverse a acercarse a su tío todavía, por si las moscas, negó con la cabeza.

-Yo sabía que necesitaba azúcar, buscaba azúcar, pero estaba tan desorientado que ni siquiera sabía lo que estaba buscando. No te conocía. ¡Menos mal que no te hice daño! ¡Cuánto siento todo esto! Yo no quería hacer nada de esto, pero no sabía lo que hacía. ¡Perdóname!

Su madre llegó y Jorge, que solo quería salir de allí, se marchó con ella.

El domingo su tío fue a su casa a primera hora. Parecía estar tan fuerte y sano como siempre.

-Hola, Jorge. Ya sé que te asustaste mucho el otro día. Y que no entendiste nada de lo que pasó. Yo quiero explicártelo. ¿Te vienes conmigo al salón?

Jorge siguió a su tío, un poco receloso. Su tío colocó sobre la mesa del salón un barreño lleno de agua con unos botes etiquetados y llenos de confeti flotando en ella, una bolsa de tela llena de cosas que hacían un ruido metálico y un trozo de porexpan blanco con plastilina de varios colores pegada en él.

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-¿Tú qué crees que pasó ayer?

-¿Te volviste loco? – preguntó Jorge, tímidamente. Su tío se echó a reir.

-¡No! Yo no estoy loco. Al menos no estoy más loco que cualquiera. Yo soy diabético.

-¿Que eres qué? – Jorge lo miró con la boca abierta.

-Deduzco que tu madre no te lo ha contado nunca…

Jorge negó con la cabeza.

-Pues te voy a explicar lo que es la diabetes. Pero antes tenemos que hacer un pequeño repaso del cuerpo humano y de la nutrición.

-¡Pero no me llenéis el salón de agua! – gritó la madre de Jorge desde la cocina. Los dos se echaron a reir. El tío Jesús comenzó con su lección.

-Imagina nuestros músculos y nuestros órganos (el corazón, el estómago, el hígado, los pulmones, los riñones…) como pequeñas fábricas. En todas ellas se trabaja sin parar. El corazón late continuamente, los pulmones nunca dejan de respirar, los riñones limpian nuestra sangre incluso cuando estamos dormidos… Y nuestro cerebro no descansa ni un solo segundo. Tanto de día como de noche da órdenes continuamente al resto de nuestro cuerpo.

-¡Los músculos descansan de noche! – señaló Jorge.

-Eso lo dirás tú. Incluso durmiendo no dejamos de mover los músculos de nuestro cuerpo: nos damos la vuelta en la cama, algunos hasta hablan o se levantan en sueños…

-Ja ja ja, es verdad – Jorge se puso colorado: él hablaba en sueños.

-En una fábrica hay muchas máquinas diferentes trabajando. De igual modo, cada órgano-fábrica de nuestro cuerpo tiene miles de máquinas funcionando sin parar. Esas máquinas son las células. Cada órgano y cada músculo está formado por miles de células diminutas.

-¡Sí, me acuerdo de Naturales! El corazón está formado por las células cardíacas. El riñón por las células renales…

-Vamos a ver ahora cómo trabajan esas células. Para que las máquinas de una fábrica funcionen, necesitan combustible, ¿no? Los hornos necesitan madera o carbón. Los motores necesitan gasolina o gasoil.

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-Sí.

-¿Y cuál es el combustible que necesitan nuestras máquinas microscópicas, nuestras células, para poder trabajar sin descanso día y noche? – preguntó el tío Jesús.

-Mmmmm…¿la comida?

-Bien. La comida nos aporta los nutrientes necesarios para que nuestro cuerpo funcione. Pero intenta ser un poco más preciso.

-¿Eh? – Jorge no entendía la pregunta.

-¿Cuáles son los nutrientes que nos aportan los alimentos?

-Vitaminas, proteínas, minerales, carbohidratos, fibra, grasas y agua – recitó Jorge.

-¡Muy bien! Todos esos nutrientes son importantes. Cada uno tiene una función diferente. Nuestro cuerpo no puede funcionar bien si le falta alguno de esos nutrientes. Pero, de todos ellos, ¿cuáles son los que aportan energía? ¿Cuáles son los que nuestras células utilizan como “gasolina”?

-Mmmm…¿los carbohidratos?

-Los CARBOHIDRATOS, o HIDRATOS DE CARBONO, o GLÚCIDOS, también conocidos como “azúcares”.

-¡Ah, sí! ¡El azúcar!

-No exactamente. No te confundas – le avisó el tío Jesús-.  Hay muchos tipos de carbohidratos, o glúcidos, o “azúcares”. Pero el azúcar en el que tú estás pensando es solo uno de los muchos carbohidratos que hay. Es el más conocido, el más “dulce”, el que encontramos en el azucarero, en los postres, en los zumos envasados, en muchas frutas… Pero hay muchísimos alimentos que no contienen ese “azúcar”, que no saben dulces, y sin embargo también contienen carbohidratos. Por ejemplo: el pan, la pasta, los cereales, las legumbres…

-Bueno, claro, si todos los alimentos aportan energía, todos tienen que tener carbohidratos, aunque no sepan a dulce – dedujo Jorge.

insulina-copia_editado-3-copia_editado-2-copia-copia-Eso es. Ahora mira cómo consigue nuestro cuerpo la “gasolina” que necesita. Toma este trozo de porexpan.

Jorge, divertido, cogió el porexpan con plastilina de colores.

-Imagina que este trozo de porxpan es una pizza 4 estaciones.

-¡Puaj!

 

-¿Cómo funciona nuestro sistema digestivo? Nos comemos los alimentos. Nuestros dientes son como una trituradora, que rompe los alimentos en pequeños trocitos. Y nuestro estómago es como una lavadora, o mejor, como una hormigonera: los alimentos “dan vueltas” y se mojan formando una “pasta”.

-¡El bolo alimenticio! – recordó Jorge.

-Sí. Y el intestino es como una aspiradora: “aspira”, absorbe los nutrientes útiles y los hace pasar a la sangre, para que la sangre los lleve a las partes del cuerpo que los necesitan. Y la parte sobrante de la comida, la que no es útil, continúa su viaje por el tubo digestivo; y será eliminada del cuerpo: son las heces (la “caca”, para entendernos).

-Je je. Entendido – se rió Jorge.

-Imagina que te comes esta “pizza” – el tío Jesús señaló la “pizza” de porexpan-. Muerdes un trozo, lo masticas, te lo tragas y te llega al estómago. Ahí dentro da vueltas y vueltas. Comienza la digestión. Y tu sistema digestivo se pone a trabajar, separando los diferentes nutrientes de tu trozo de pizza. Separa por un lado las grasas  -el tío Jesús quitó la plastilina amarilla y formó un pequeño montón -, por otro la fibra  -hizo lo mismo con la plastilina verde -, por otro las vitaminas  -y cogió la plastilina roja-, por otro los minerales  -y cogió la azul -…y por otro los “azúcares”, glúcidos o carbohidratos, que son este trozo de porexpan blanco. ¿Vale?

bolitas-porexpan-Vale.

-Un carbohidrato está formado por pequeñas “bolitas”, pequeñas moléculas que se pegan unas a otras hasta formar un carbohidrato de un tamaño mucho mayor. ¿Ves el porexpan? Este pedazo grande de porexpan sería un carbohidrato de gran tamaño. Y está formado por pequeñas bolitas blancas que nosotros podríamos separar.

-¡Ah, sí!

-Frota el porexpan encima del barreño de agua y haz que suelte las pequeñas bolitas – indicó el tío Jesús.

Jorge obedeció. ¡Siempre le había encantado desmenuzar el porexpan!

-¿Ves cada bolita que flota en el agua? 20161204_182944Representa una molécula de GLUCOSA. La glucosa es el “material” del que están hechos la mayoría de los carbohidratos. Y esta glucosa, así, suelta en forma de “bolitas”, sí que es, definitivamente, la “gasolina”, el combustible, que nuestras fábricas necesitan para poder trabajar sin descanso.

-¡Ah! Bueno, a la glucosa sí que se le llama “el azúcar”, ¿no? – preguntó Jorge, convencido de tener razón esta vez.

-Sí. Pero mal llamado. O, al menos, inexacto. La glucosa sale tanto del azúcar “de verdad” como del resto de carbohidratos “menos dulces”.

-Pero cuanto más dulce es un alimento más azúcar tiene… – insistió Jorge.

– Podríamos decir que cuanto más dulce es un alimento, más “azúcares simples, sencillos” tiene. Más fácil es para el sistema digestivo “desmenuzar” esos carbohidratos “sencillos” y desprender rápidamente grandes cantidades de bolitas de glucosa. Como si tú, con sólo pasar el dedo, pudieras desprender fácilmente todas las bolitas del porexpan. En cambio, cuanto menos dulce sabe un alimento, más “complejos, complicados, retorcidos” son los carbohidratos que lleva. Y más le cuesta al sistema digestivo soltar bolitas de glucosa. Más tendrías que rascar el porexpan para poder desprender alguna bolita. ¿Lo entiendes?

-Creo que sí… ¿Y por qué he desmenuzado las bolitas en el barreño de agua? – preguntó Jorge, curioso.

-Porque si las bolitas de glucosa tienen que llegar desde el sistema digestivo a la última célula del último rincón de nuestro cuerpo, ¿cómo viajarán? ¿Qué tenemos en nuestro cuerpo que lo recorre sin cesar, subiendo y bajando, entrando y saliendo de todos los órganos?

-¡La sangre!

-Muy bien. El agua de nuestro barreño representa la sangre. Recuerda: el intestino es como una “aspiradora” que aspira los nutrientes del tubo digestivo (y entre ellos la glucosa) y los mete en la sangre. Y la sangre, que recorre todo el cuerpo, los va llevando a todos los órganos.

-¿Y esos botes llenos de confeti que flotan en el barreño?

-Lee la etiqueta que hay en cada bote – le indicó el tío barreno_editado-1Jesús.

-Corazón. Pulmón. Riñón. Ojo. Hígado. Músculo…Ah, cada bote es un órgano o un músculo diferente, y el confeti son las células que lo forman, ¿no? – supuso Jorge.

-¿Lo vas entendiendo? Cada bote representa un órgano o músculo de nuestro cuerpo, una “fábrica”. Cada fábrica estará llena de máquinas, o células (que serían los trocitos de confeti), que necesitan combustible para seguir funcionando.  Las bolitas de porexpan representan las moléculas de glucosa, la “gasolina” que nuestras células necesitan. Y el agua del barreño representa la sangre en la que la glucosa viaja flotando hasta llegar a los órganos que la necesitan.

-¡Ah! Vale, lo he pillado.

-Pues sigamos. Hemos quedado en que nuestras máquinas, las células de nuestros órganos, necesitan combustible, energía, glucosa, para poder funcionar. Igual que el motor de un coche necesita gasolina, o su motor no arrancaría. O que un horno necesita carbón o madera, o dejaría de arder. ¿No?

-Sí.

-¿Y cómo metemos la gasolina dentro del coche?gasolina

-Pues…¿con la manguera?

-¿Y cómo metemos el carbón y la madera en los hornos y chimeneas?

-¿Con una pala?

-¿Y cómo metemos la glucosa en las células de nuestros órganos?

Jorge se quedó con la boca abierta.

-¡Anda! ¡No tengo ni idea!

-¿Cómo se te ocurre que podrías meter esas bolitas de porexpan que flotan en el agua dentro de cada bote?

-Pues…No sé…¿Con una cucharilla?

wmf-1261966340-cucharillas-de-tp_377736631051974414vb-copia-copia-¡Exacto! – aplaudió el tío Jesús, que abrió la bolsa de tela. Estaba llena de cucharillas -. Prueba con una.

Jorge se rió, sacó una cucharilla de la bolsa y comenzó a recoger bolitas de porexpan que flotaban en el agua y a meterlas dentro de los botes.

-¿Ves? Así de fácil – aplaudió su tío.

-¡Pero no tenemos cucharillas dentro de nuestro cuerpo! – protestó Jorge.

-¡Oh, sí que las tenemos! Nuestras cucharillas recolectoras de glucosa tienen un nombre. Se llaman INSULINA.

-¡Es verdad! – recordó Jorge. Esa palabra le sonaba.

-Y el órgano de nuestro cuerpo encargado de fabricar las cucharillas-insulina es este – el tío Jesús le tendió la bolsa de tela llena de cucharillas a Jorge. En un lado de la bolsa había una etiqueta pegada. Jorge la leyó.

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-Eso es. El páncreas es el órgano encargado de fabricar cucharillas-insulina. Y luego las lanza también a la sangre. Así las cucharillas-insulina viajan por la sangre junto a la glucosa. La glucosa y las cucharillas llegan frente a los órganos y músculos que necesitan combustible. Y entonces cada cucharilla recoge una bolita de glucosa, y la mete dentro de las células.

-¡Guau!

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-Lo que te digo ahora no es exactamente así, pero nos servirá para que luego entiendas las cosas mejor. La regla a seguir sería: cada cucharilla solo puede coger una bolita. Pero todas las cucharillas que salgan a la sangre deben coger una bolita y meterla en una célula. No puede haber cucharillas en la sangre que no trabajen.

-Vale.

-Y una vez que la cucharilla coge su bolita de glucosa y la mete en una célula, esa cucharilla tiene que ser destruida. Cada cucharilla es de un solo uso.  No puede coger ni una sola bolita más. Ni se puede quedar en la sangre. Será destruida allí mismo, en los hornos de la fábrica a la que “alimentó”.

-¡Brrrr! – exclamó Jorge-. ¿Y cómo sabe el páncreas cuándo tiene que fabricar cucharillas-insulina, y cuántas tiene que fabricar?

-Dentro de nuestro cuerpo hay un sistema de vigilancia con cámaras, ordenadores, calculadoras…mucho más completo que el de una estación espacial.  Y el cerebro, que es el jefe del cuerpo, está informado en todo momento de todo lo que pasa en el último rincón del cuerpo. Por ejemplo, tenemos unos medidores de glucosa súper sensibles. Y el cerebro sabe perfectamente cuántas bolitas de glucosa están flotando en nuestra sangre, cuántas gastan los órganos en su trabajo…

-¡Qué guay!

-Nuestro cerebro es muy maniático con esto de la glucosa – continuó explicando el tío Jesús-. Sabe que si los órganos se quedasen sin glucosa, sin energía, las máquinas empezarían a fallar; las fábricas se estropearían y habría un caos dentro de nuestro cuerpo. ¡Imagínate si de repente nos empiezan a fallar los músculos, los ojos, el corazón…porque no tienen gasolina para seguir funcionando!

-¡Y tanto que sería un caos! – asintió Jorge.

– Así que el cerebro pone unas normas muy estrictas: siempre tiene que haber por lo menos 80 bolitas de glucosa flotando en nuestra sangre. Para asegurarse de que, en caso de que los órganos necesitaran una dosis extra de “gasolina” de repente, siempre haya suficiente glucosa al alcance. ¡Solo habría que fabricar más cucharillas! Pero si quedaran menos de 80 bolitas, el cerebro se empezaría a poner nerviosísimo. ¡Porque sabe que si de repente todos los órganos exijieran glucosa a la vez, no habría bolitas suficientes para todos!

-¿Entonces las cucharillas no meten toda la glucosa que hay en la sangre dentro de los órganos? – preguntó Jorge, no muy seguro de haberlo entendido bien.cerebro-el-cuerpo-humano-9944696

-No.  Cada vez que comemos y hacemos la digestión, el sistema digestivo separa los nutrientes e informa al cerebro de cuántas bolitas de glucosa ha separado y están flotando en la sangre. Y el cerebro manda al páncreas que fabrique las cucharillas-insulina necesarias (recuerda: una cucharilla por bolita) para que metan esa glucosa en las células, pero dejando en la sangre entre 80 y 120 bolitas de glucosa flotando.

-¿Qué pasaría si quedasen flotando más de 120 bolitas en la sangre? – preguntó Jorge con curiosidad.

23-alimentos-para-limpiar-las-arterias-tapadas-Al principio nada. Pero a la larga se formarían “tapones de azúcar” en las arterias y venas más pequeñitas, más estrechas. Y la sangre se atascaría, no circularía bien. Y con los años esto puede dar problemas. Así que el cerebro intenta que esto no pase. Si un par de horas después de haber comido, una vez que los órganos hayan recibido toda la glucosa que necesitan, los medidores de glucosa detectan que quedan demasiadas bolitas de glucosa flotando, el cerebro da la orden de que esas bolitas sobrantes se almacenen en los depósitos de reserva, que están en el hígado y los músculos.

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-Ajá. ¿Y qué pasaría si quedasen menos de 80 bolitas flotando?indice

-Que sonarían las alarmas: “¡Alerta, alerta! ¡La glucosa en la sangre está por debajo de 80! ¡Si los órganos necesitaran de repente más energía, tal vez no habrá suficiente! ¡Necesitamos comida inmediatamente, para conseguir la glucosa necesaria!”. Y el cerebro activa la señal de hambre y de sed. Y tú, por ejemplo, te comes un plátano y te bebes un zumo.

-¿Y si sigo sin comer?

-Pues como tus órganos siguen funcionando, tienen que seguir consumiendo glucosa. El cerebro activaría las señales de hambre y sed con más fuerza aún. Pero mientras esa comida y bebida llegan, el cerebro ordenaría que se sacara glucosa de los depósitos. Y ordenaría al páncreas que fabricase cucharillas-insulina para utilizar esa glucosa.

-¡Creo que lo he entendido! – exclamó Jorge-. ¿Y cómo puedo yo saber cuánta glucosa tengo flotando en mi sangre?

-Pues con este aparato – el tío Jesús le enseñó un aparatito pequeño y rectangular-. Se llama GLUCÓMETRO. ¿Me dejas que te dé un pinchacito en el dedo?

-¡No! – protestó Jorge, poniéndose las manos en la espalda.

-Es pequeño, apenas duele. ¿Lo quieres ver o no?

-No sé…

-Anda, no seas cobardica. Déjame un dedo.

Jorge, vacilante, extendió el índice. Su tío Jesús le dio un pequeño pinchazo en un lado de la yema.

glucc3b3metro-glicemia-¡Ay! – se quejó Jorge-. ¿Y ahora qué?

Su tío le apretó el dedo hasta que salió una buena gota de sangre. Puso una tira de plástico en un extremo del aparato, y recogió en ella la gota de sangre.

-Este glucómetro  está contando el número de bolitas de glucosa que hay en tu gota de sangre. Mira la cifra que va a salir.

El aparatito emitió un pitido y en la pantalla apareció el número 95.

-Enhorabuena. Tienes 95 bolitas de glucosa en tu sangre. Ni más de 120 ni menos de 80. Como tiene que ser. Tu sistema de control de glucosa funciona estupendamente.

-¡Hala! – exclamó Jorge, entusiasmado-. Una pregunta, tío Jesús. Imagina que yo tengo hambre, pero no como ni bebo nada. ¿Qué pasaría si decido no comer ni beber nada de nada durante muchas horas?

-Las personas con el “mecanismo de la glucosa” sano tienen suficientes reservas de glucosa en los almacenes como para que poco a poco la sangre se “rellene” de bolitas de glucosa, y el páncreas puede fabricar suficientes cucharillas-insulina como para que todos los órganos sigan recibiendo su combustible. Aunque todo será más lento y costoso. Llegará un momento en el que tus músculos estén demasiado cansados como para hacer ningún esfuerzo, y tu sensación de hambre y sed será demasiado fuerte, y te darás cuenta de que necesitas comer y beber YA. Una persona sana sólo tendrá problemas en caso de dejar de comer durante muchos días (si hace una huelga de hambre, o se pierde en un monte muchos días sin comida, o algo así).

-Entonces ¿hay personas con el mecanismo de la glucosa estropeado? – intuyó Jorge.

-Sí, las hay. Este problema se llama DIABETES. Yo soy una de esas personas. Soy DIABÉTICO. Mi páncreas no funciona bien. No fabrica cucharillas-insulina.  ¿Te das cuenta de lo que significa eso?

Jorge abrió los ojos como platos.

-¿Tus órganos no pueden recibir glucosa?

-Eso es. No pueden. Si yo tengo hambre, como y bebo algo. Mi sistema digestivo desmenuza los carbohidratos en bolitas de glucosa, que lanza a la sangre. La glucosa viaja por la sangre hasta llegar a todos los órganos y músculos que la esperan para llenar sus células de combustible. Pero el páncreas no fabrica cucharillas-insulina. ¿Qué pasa con la glucosa?

-¡Que se queda en la sangre! ¡Que no entra en las células! – dedujo Jorge.hiperglucemia

-Eso es. La sangre de un diabético está llena de glucosa. De hecho, si en ese momento una persona diabética se saca una gota de sangre y mide la glucosa que hay “flotando” en ella con el glucómetro,  verá que en la pantalla sale un número mucho mayor de 120. Puede salir 200, 300, 400 o más.

-¡Tienen el azúcar alto! ¡Sí que le he oído decir a mamá que tú tenías a veces el azúcar alto! – exclamó Jorge.

-Exacto. Un diabético sin cucharillas-insulina tiene “el azúcar alto”, o para ser más exactos, la glucosa alta en su sangre. Pero las células no se la pueden comer. Sus depósitos de combustible bajan más y más. Los órganos no reciben su “gasolina”. Para ellos es como si no quedaran bolitas de glucosa en la sangre. ¿Qué pasa entonces?

-Que los órganos siguen “teniendo hambre”, y se quejarán al cerebro de que no reciben comida. Y el cerebro intentará que la persona coma y beba. Y la persona seguirá teniendo hambre y sed. ¿A que sí? – aventuró Jorge, excitado.

-Muy buena deducción. Así comienzan las personas diabéticas a darse cuenta de que algo no va bien: a pesar de que comen y beben mucho, no dejan de tener hambre y sed. Y tampoco recuperan las fuerzas. Siempre están cansadas, sin energía. Y hacen mucho pis, porque los riñones, que trabajan limpiando nuestra sangre, se dan cuenta de que hay demasiada glucosa, y tratan de eliminarla aumentando la cantidad de pis.

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-¡Vaya! ¿Y eso tiene solución?

-Sí que la tiene. Si mi páncreas no fabrica cucharillas-insulina, ¿cuál te parece que será la solución?

-Pues…¿que se fabriquen en otro lugar? – dudó Jorge.

-Eso es. Yo voy a la farmacia y compro INSULINA fabricada en un laboratorio. Y como mi páncreas no la fabrica ni la mete en mi sangre, pues soy yo quien meto esa insulina de laboratorio en mi sangre.

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-¿Cómo? – Jorge estaba muy sorprendido.

-La insulina son “cucharillas” microscópicas que vienen disueltas en un líquido. Yo me pincho ese líquido en mi barriga, en el trocito de “michelín” que pellizco con mis dedos. La insulina que me he pinchado va entrando poco a poco en mi cuerpo y en unos minutos llega a la sangre. Y una vez en la sangre, se comporta como la insulina “verdadera”: busca las bolitas de glucosa, y se las va metiendo a los órganos que la necesitan.

que-es-la-insulina-y-para-que-sirve-1024x686-¿Y te tienes que pinchar insulina todos los días? – preguntó Jorge, impresionado.

-Todos los días.

-¿Todos los diabéticos tienen que hacerlo?

-No, todos no. Hay diabéticos cuyos páncreas son un poco vagos, y fabrican insulina, solo que menos de la que se necesita. Otros fabrican poquísima insulina, pero algo sí que fabrican. Otros no fabrican nada de nada. Otros fabrican insulina, pero defectuosa, que no funciona.

-¡Así que cada diabético necesitará un tratamiento!

diabetesgif-Exacto. Unos sólo necesitarán tomar pastillas que “estrujen”, “animen” a ese páncreas vago a fabricar más cucharillas-insulina de las que fabrica. Son los diabéticos “de pastillas”, y a su diabetes se la conoce como DIABETES TIPO 2. Otros necesitarán pincharse insulina, porque su páncreas no la podrá fabricar por mucho que las pastillas lo “estrujen”. Son los diabéticos “insulino-dependientes”, o los que padecen DIABETES TIPO 1, que así se le llama.

-Porque dependen de la insulina para meter la glucosa en sus células – razonó Jorge.

-Eso es. Y cada persona insulino-dependiente necesitará diferentes cantidades de insulina: solo un poquito, bastante, mucha…Y en diferentes momentos: 1 vez al día, 2 veces al día…O con el desayuno, comida y cena…

-¡Qué lío! – exclamó Jorge, sacudiendo la cabeza.

-Bueno, a todo se acostumbra uno. Si yo no me pinchase la insulina, no tendría energía para hacer nada. No podría trabajar, ni jugar al baloncesto, ni andar en bici contigo…Yo creo que una vida activa y divertida bien merece unos pinchacitos, ¿no?

-Bueno, visto así… Pero tío Jesús, sigo sin entender qué te pasó ayer. ¿Qué tiene que ver la diabetes con ponerte como loco?

-Esto es un poco más difícil de explicar. A ver si lo consigo. Un páncreas que funciona bien recibe continuamente información sobre cuántas bolitas de glucosa hay flotando en la sangre, cuántas necesita cada órgano en cada momento y cuántas cucharillas-insulina tiene que fabricar para meter toda la glucosa en los órganos dejando siempre entre 80 y 120 bolitas en la sangre. Y fabrica exactamente las cucharillas necesarias. Una cucharilla por cada bolita de glucosa que se ha de meter dentro de un órgano. Ni una más, ni una menos.

-Sí, eso lo he entendido.1-76

-Bien. Pero mi páncreas no fabrica cucharillas-insulina. Yo tengo que pincharme esa insulina. Y tengo que calcular con la mayor exactitud posible qué número de cucharillas-insulina tengo que pincharme. Porque, una vez que las cucharillas llegan  la sangre, cada cucharilla tiene la obligación de coger una bolita de glucosa y meterla dentro de una célula. No puede haber una cucharilla que no cargue su bolita. Y si me meto cucharillas de más, cogerán demasiadas bolitas de glucosa, y me dejarán menos de 80 en la sangre. Si en ese momento me pincho el dedo y analizo mi sangre, tendré “el azúcar bajo”.

-Y si te metes cucharillas de menos, la mayoría de la glucosa se quedará flotando en tu sangre  y tus órganos no recibirán toda la que necesitan. Y tendrás el “azúcar alto” – dedujo Jorge.

-¡Lo estás entendiendo muy bien! Yo tengo que calcular muy bien la cantidad de hidratos que puede tener la comida que estoy a punto de comerme. Y calculo el número de cucharillas-insulina necesarias para meter esa glucosa en mis células. Y como pasan varios minutos entre que me pincho la insulina en la barriga y esa insulina llega a mi sangre, me pincho la insulina varios minutos antes de comer.

-Vale. Pero ¿qué te pasó ayer? – insistió Jorge, muerto de curiosidad.

-Pues lo que me pasó es que medí cuántas bolitas de glucosa me quedaban en la sangre antes de comer. Y el glucómetro me dijo que tenía 100. Calculé que de la pizza iban a salir 500 bolitas de glucosa, que unidas a las 100 que yo tenía todavía, harían 600 bolitas. Y, mientras la pizza estaba en el horno, me pinché cerca de 500 cucharillas-insulina (ya sabes, para asegurarme de que entre 80 y 120 bolitas de glucosa me quedarían flotando después de que las cucharillas hicieran su trabajo).

-¿Y? – Jorge estaba impaciente.

-Pero en vez de comer en los siguientes minutos, me quedé dormido. Cuando las cucharillas-insulina llegaron a mi sangre no había llegado ni una gota de glucosa del exterior, porque yo no había comido. ¿Adivinas qué pasó?

-Que las cucharillas arrasaron con todas las bolitas que te quedaban en la sangre.

-Exacto. Y mi cifra de glucosa en sangre fue bajando, bajando, bajando… 80, 70, 60, 50…sufrí una HIPOGLUCEMIA: una bajada de “azúcar en la sangre” rápida y bestial.

-¿Y eso te vuelve como loco?

-Claro. Y tú mismo vas a deducir por qué. Vas a imaginarte que tú eres mi cerebro. Estás a cargo de la nave, que es mi cuerpo. De repente suenan las alarmas: “¡Alerta, alerta! ¡Niveles de glucosa bajando peligrosamente! ¡Están por debajo de 80! ¡Y ahora están por debajo de 70!”. ¿Qué harías tú?

-Activar la señal de hambre y de sed a lo bestia – respondió Jorge, muy seguro.

-Eso es lo primero que notaría una persona diabética sed-o-hambre-copiaque está empezando a sufrir una hipoglucemia: más hambre y más sed.  Pero yo sigo durmiendo. No me entero de lo que está ocurriendo. Y los niveles de glucosa siguen bajando. Ya están en 60. ¿Qué haces ahora?

-¡Ponerme nerviosísimo!

-Eso es lo segundo que les pasa a los diabéticos con una hipoglucemia. Sudores, temblores, taquicardia, agitación, nerviosismo… Su cerebro está entrando en pánico, y así se lo hace saber al resto del cuerpo.

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Si yo hubiera estado despierto y me hubiera dado cuenta de que me estaba pasando esto, me habría lanzado a comer o beber algo inmediatamente para subir mi nivel de “azúcar” y tranquilizar a mi cerebro. Pero yo sigo durmiendo. Y las cucharillas siguen recogiendo toda la glucosa que se encuentran. Ahora mis niveles de glucosa están en 50, y bajando. ¿Cómo estarías tú?

-¡Desesperado!

-Te das cuenta de que, como esas malditas cucharillas acaben con toda la glucosa, tu corazón, tus pulmones, tus músculos, se quedarán sin una gota de energía y empezarán a fallar en poco tiempo. ¿Te interesaría lo más mínimo que tu dedo gordo del pie te dijera en ese momento que tiene picor? ¿Te interesaría mirar esa peli tan interesante que tus ojos quieren que veas? ¿Te interesaría que tus orejas te dijeran que se están quedando frías?

-¡No! – exclamó Jorge -. Les gritaría que se fueran a paseo, que están pasando cosas mucho más graves. ¡Les gritaría que se pusieran a buscar comida!pc237400defn

-Eso es lo que les pasa a las personas diabéticas con una hipoglucemia seria. Su cerebro está completamente obsesionado con la glucosa. No puede pensar en nada más. No está en condiciones de capitanear la nave. No da ni recibe órdenes coherentes. Y de repente el cuerpo actúa sin control y sin sentido, porque su “jefe” está actuando de un modo rarísimo. Los pacientes con hipoglucemia no ven, no oyen, no entienden nada de lo que está pasando a su alrededor. Empiezan a comportarse de un modo muy extraño. Pueden echarse a llorar, o a reir, o a decir cosas sin sentido, o a quitarse la ropa…

La madre de Jorge asomó la cabeza.

-¡Una vez tu tío empezó a subir y bajar las escaleras de nuestra casa completamente desnudo! ¡No veas para explicarles a los vecinos que no era una gamberrada, sino que estaba sufriendo una hipoglucemia! Y otra vez, en el colegio, se puso a dar besos al profesor de Matemáticas. ¡Menos mal que en su colegio todo el mundo estaba al tanto de su diabetes, y enseguida le miraron el azúcar y le obligaron a comer!

-¡María! ¿Hace falta contar estas cosas? – protestó Jesús, poniéndose colorado.

-¿De verdad hiciste eso? ¡Ay, ja ja ja ja ja! – se rió Jorge.

-Sí, ríete…Bueno, la cuestión es que si una persona “normal” hasta ese momento de repente empieza a decir o hacer cosas extrañas, sean las que sean, hay que sospechar enseguida que puede estar sufriendo una hipoglucemia. Y mucho más si se sabe que esa persona es diabética.

-¡Lo tendré en cuenta! – prometió Jorge.

-Lo malo es que, si el azúcar sigue bajando, el cerebro estará cada vez más alterado – continuó explicando el tío Jesús-. ¿Cómo me desperté yo?

-No me conocías, tenías la mirada perdida, estabas agresivo, te pusiste a destrozar la casa…-recordó Jorge, poniéndose nervioso otra vez.

7064048e0166539fd6f5886b186c8403-Exacto. Ni te conocía ni te escuchaba. Ni siquiera era ya consciente de lo que me estaba pasando. Ya no podía razonar. Mi cerebro estaba desbordado, y yo estaba sufriendo todos los síntomas de la hipoglucemia severa: confusión, desorientación, agresividad…En el fondo sabía que necesitaba glucosa, pero mi cerebro no funcionaba bien, y yo no era capaz de funcionar tampoco. Por eso estaba tan agresivo, tan enfadado.

-Ahí fue cuando yo eché a correr. Y cuando volví a entrar con la tía María, tú estabas sentado en el suelo medio desmayado.

-Claro. Porque llega un momento en el que ya queda tan poca glucosa en la sangre que los órganos y los músculos dejan de recibir energía. Se agotan. Como cuando una persona sana pasa varios días sin comer. Al diabético que sufre una hipoglucemia severa, eso le pasa en cuestión de minutos.  Los músculos no responden: la persona sufre una gran debilidad, se mueve con mucha dificultad y llega a caerse al suelo. A veces hasta tiene convulsiones. Y lo que es peor: el cerebro tampoco recibe energía. ¿Y qué le pasa a un cerebro que no recibe energía?

-¿Se apaga? – susurró Jorge.

-Se apaga. Hay personas diabéticas que se quedan inconscientes.

-¿Y se pueden llegar a morir? – preguntó Jorge, con lágrimas en los ojos.

-Hombre, si pasaran muchas, muchas horas sin recibir glucosa, a lo mejor. Pero por suerte los diabéticos tenemos un estupendo equipo de rescate.

-¿Ah, sí?

-Sí. Os tenemos a vosotros. A los familiares y amigos que sabéis lo que es la diabetes, las complicaciones que puede tener, y los síntomas iniciales que avisan de que una persona diabética puede estar sufriendo una hipoglucemia. Y lo que es mejor: que sabéis lo que tenéis que hacer para ayudarnos.

-¡Anda! ¿Y cómo puedo ayudarte yo? – preguntó Jorge, animadísimo de nuevo.

-Otra vez lo vas a deducir tú. ¿Qué harías si, ahora que sabes que yo soy diabético insulino-dependiente, te das cuenta de que yo me he pinchado la insulina pero no he comido, porque me he quedado dormido, o me he despistado, o lo que sea?

-¡Avisarte! ¡Despertarte!

-¿Ves? Y hubieras logrado evitar todo ese desastre. Y ¿qué harías si de repente me ves nervioso, sudoroso, inquieto, un poco extraño?

-Te diría que te mires el azúcar, que me parece que estás teniendo una hipoglucemia.

-Y yo, que todavía estoy bastante centrado y te hago caso, me miraría el azúcar y diría: “¡Uy, tengo 65 de glucemia! ¡Voy a comer algo inmediatamente! ¡Estaba tan ocupado con mis cosas que no me había dado ni cuenta! ¡Gracias por avisarme, Jorge!”.

-Ja ja. Qué fácil habría sido – reconoció Jorge.

-¿A que sí? Pero…¿Y si yo no te hiciera caso? ¿Si ves que te miro como si fueras un mosquito molesto, y sigo con lo que estaba haciendo? ¿Si no parezco entender que estoy sufriendo una hipoglucemia, y no tengo la más mínima intención de comer algo?

-Pues…¿te obligaría a comer? – respondió Jorge, ahora dudoso.

-Eso es lo que debes hacer. Obligarme a tomar glucosa. Porque está claro que mi cerebro está empezando a descontrolarse, y la cosa no va a mejorar sola. ¿Y qué tipo de comida se te ocurre que puedes darme para ayudarme lo más rápido posible?

-Pues…¡No sé! ¡Azúcar, supongo!

-Piensa. ¿Me darías comida con hidratos complejos, lentos, de esos que tardan mucho en desmenuzarse en bolitas de glucosa? ¿El porexpan duro que tardas mucho en rascar? ¿O me darías comida con hidratos simples, rápidos, que enseguida sueltan las bolitas de glucosa, como el porexpan que suelta bolitas en cuanto pasas el dedo?

-Está claro: HIDRATOS RÁPIDOS.

-¿Y esos dónde estarán?

-Dijiste que cuanto más dulces saben las cosas, más azúcares “rápidos” tienen…

-Eso es. El azúcar del azucarero es el hidrato más simple y rápido que podemos conseguir. Tienes que buscar un terrón de azúcar y metérmelo en la boca. O disolver un par de sobres de azúcar en agua, leche o zumos. O darme una pieza de fruta dulce, como las mandarinas.

-¡Ah!

-Con eso conseguirás que mis niveles de glucosa en sangre aumenten rápidamente, hasta que mi cerebro se vuelva a tranquilizar y yo me dé cuenta de lo que me está pasando y haga una comida en condiciones. Porque el azúcar que llega rápido a la sangre en forma de bolitas, también puede seguir desapareciendo rápidamente por culpa de las cucharillas-insulina que continúan al acecho.  Tendré que comer a continuación pan, galletas, pasta…que son alimentos que llevan hidratos lentos, que tardan más en convertirse en bolitas de glucosa; pero que, precisamente porque su glucosa se va liberando muy poco a poco, asegurarán que mis niveles de glucemia no vuelvan a bajar de golpe.

-¡Vale! Pero con lo agresivo que tú estabas, ¡cualquiera te intenta meter azúcar a la fuerza! – se defendió Jorge.

-Entonces no lo intentes. Nunca te pongas tú en peligro. – le dijo el tío Jesús, muy serio -. Si ves que yo no colaboro, que no te hago caso, que ni siquiera te conozco, o que estoy agresivo o violento, corre a pedir ayuda. Busca a un vecino o a cualquier adulto más fuerte que me pueda sujetar y obligar a tomar azúcar. Y si estás completamente solo conmigo, llama al 112.20151019_232451

-¿Al 112?

-Sí, el teléfono de emergencias. Siempre hay un médico al otro lado. Di claramente que tu tío es diabético, que se pincha insulina y que ahora está agresivo, extraño, que crees que puede estar sufriendo una hipoglucemia, un “bajón de azúcar”. Ellos te darán instrucciones sobre lo que tienes que hacer, y enviarán a un equipo médico para que me ayude.

-Es verdad. Vinieron un médico y un enfermero, y te pincharon algo…

Me pincharon glucosa directamente en la sangre, en una vena. Es lo que hay que hacer cuando la persona está tan desorientada que no atiende a razones y no quiere comer. O cuando está tan débil que ya no puede tragar. O cuando está inconsciente. Entonces ya no intentan darle azúcar por la boca. Se lo pinchan directamente en la sangre. Y en pocos minutos esa persona se recupera por completo.

-¡Sí! ¡Tú te recuperaste enseguida! ¡Ya me conocías y todo! – recordó Jorge.

-Claro. Mi sangre se llenó de glucosa de repente. Las cucharillas-insulina pudieron meter la glucosa en todos mis órganos, incluido el cerebro. Todas mis células recibieron esa gasolina que tanto necesitaban. Mi cerebro también, y volvió a “encenderse” y a funcionar correctamente. Hizo el recuento de glucosa en sangre y vio que los niveles eran altos y que había reservas de sobra. Y se tranquilizó, y todo volvió a la normalidad.

-¡UF!

-Recuérdalo, ¿vale? Si un día me encuentras inconsciente, o casi inconsciente, tienes que llamar inmediatamente al 112. Los sanitarios vendrán enseguida, me meterán azúcar en la sangre y me pondré bien en poco tiempo.

-¡Claro que lo recordaré!

-¡Ah! Y si me encuentras inconsciente, ¡no se te ocurra dejarme boca arriba! – le indicó su tío.

-¿Por qué?

-¿No recuerdas las clases de primeros 23.1auxilios? Las personas que están desmayadas boca arriba tienen un problema serio: que su lengua se les cae hacia atrás, y les tapa la vía respiratoria. Respiran con gran dificultad; hasta roncan. Y si pasan mucho tiempo así, hasta podrían dejar de respirar.

-¡Es verdad! – recordó Jorge -. A todas las personas desmayadas que sí respiran hay que ponerles en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD hasta que se despierten o hasta que llegue la ayuda.

-¡Eso es! Entonces, ¿estoy perdonado? – le preguntó su tío.

-¡Pues claro! ¡Pero no me vuelvas a hacer una cosa así en tu vida! – contestó Jorge.

-Ya te encargarás tú de eso. ¡Bienvenido al Comando G!

-¡G de glucosa, ja ja ja!

-Venga, anda, dame un abrazo, ahora que ya no me tienes miedo…


Jorge aprendió muchísimas cosas aquel día. Sobre todo aprendió a perderle el miedo a aquella misteriosa enfermedad que tenía su tío, la DIABETES. Y como su tío ya no estaba tan preocupado por ponerse malo delante de él, tuvieron muchas más ocasiones para estar juntos. 

Jorge dio cuenta de que había relación entre lo que su tío comía, el ejercicio que hacía y la cantidad de insulina que necesitaba pincharse. Aprendió en qué consistía una comida equilibrada y una vida sana. Y, gracias a que compartió comidas y charlas con su tío, él mismo comenzó a cuidarse mucho más.

Aprendió a fijarse en los síntomas iniciales de su tío que avisaban de que el “azúcar” de su sangre comenzaba a bajar. En cuanto le veía pálido, sudoroso, nervioso, alterado…Jorge le alertaba para que se mirara la glucemia o comiera algo.

20161204_182846Perdió el miedo y la vergüenza a pedir ayuda a extraños las veces que detectó que su tío comenzaba a estar fuera de control. En sus peticiones de ayuda y en sus llamadas al 112 siempre dejó claro que su tío era diabético. De esa manera, las personas podían ayudarles mejor y más rápido.

Descubrió que Elena, una compañera de clase que muchas veces tenía que abandonar la clase de gimnasia, dejar de jugar un partido de baloncesto o perderse alguna excursión, era diabética. Pudo hablar con ella y explicarle que él sabía lo que le ocurría. Se comprometió a vigilarla y ayudarla cada vez que notara que ella estaba teniendo una HIPOGLUCEMIA. Y lo cumplió.

Le acompañaba a sentarse cada vez que la veía nerviosa y sudorosa. Le obligaba a comer una barrita de chocolate o a beber un zumo cuando veía que empezaba a alterarse demasiado. Pedía enseguida ayuda a los profesores si creía que el problema se le escapaba de las manos.

Gracias a Jorge, Elena pudo integrarse mucho más en los juegos y excursiones de la clase. Su vida en el colegio fue mucho más sencilla.

Una vez Jorge presenció en un bar un episodio violento de un camarero que poco antes les había atendido de forma amable y correcta. De pronto comenzó a gritar y a tirar las bandejas al suelo. El dueño del bar, asustado, llamó a la policía. Y Jorge comenzó a gritar: “¡A lo mejor es diabético! ¡Puede ser una hipoglucemia!”, de forma tan insistente que el dueño le hizo caso. Llamó al 112 y solicitó ayuda sanitaria. Y cuando los sanitarios llegaron, comprobaron que, efectivamente, el hombre estaba sufriendo una hipoglucemia severa. Era diabético, pero no se lo había dicho a nadie.

También supo ayudar un día, estando de vacaciones en un hotel, a su anciana vecina de habitación. La mujer comenzó a gritar pidiendo ayuda porque su marido estaba en el suelo y no le respondía. Jorge y sus padres acudieron enseguida. En cuanto se enteró de que el hombre era diabético, Jorge recordó que no debían dejarlo boca arriba mientras esperaban la ayuda; y lo colocó en posición lateral de seguridad mientras trataba de tranquilizar a la mujer: “tranquila, señora, si es una bajada de “azúcar” ya sabe que se recuperará en cuanto los médicos le pinchen azúcar en la sangre. Se va a poner bien del todo, ya lo verá”. Tuvo razón; y ni un solo día del resto de sus vacaciones le faltó un bonito detalle o un pequeño regalo de parte del agradecido matrimonio.

Nunca, nunca, se hubiera imaginado Jorge que aquel episodio de “locura” de su tío le iba a permitir algún día ayudar a tanta gente, e incluso salvar una vida con sus manos.

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