¡UN HOMBRE SE HA ATRAGANTADO!

Martín había cumplido su promesa. Después de que su amigo Diego le Martínsalvara la vida, había prometido que aprendería todo lo que pudiera sobre primeros auxilios y RCP para, algún día, poder devolver el favor ayudando a otra persona.

Había asistido a charlas y talleres, había leído en Internet, había hecho miles de preguntas a los expertos. Después de todo aquello se había sentido más que preparado para ayudar en cualquier emergencia que se hubiera encontrado. Pero, como suele ocurrir, el tiempo fue pasando, la oportunidad no se presentó y Martín fue olvidándose poco a poco de todo aquello.

Pero su cerebro no había olvidado aquellos conocimientos. Sólo los mantenía ocultos en un rincón, esperando el momento adecuado para dejarlos salir.

Un buen día la madre de Martín invitó a toda la familia a celebrar su cumpleaños en un restaurante. En la mesa de al lado un grupo de personas parecía estar también de celebración: cantaban, contaban chistes, se reían y armaban bastante ruido. A pesar de las reprimendas de su padre por su falta de educación, Martín y su hermano no dejaban de mirarles, porque eran francamente divertidos.

20150216_101919Por eso Martín vio cómo uno de ellos, un hombre bastante corpulento, que no dejaba de reír mientras comía, comenzaba de pronto a toser fuertemente.

-Vaya, hombre, parece que Paco se ha atragantado – dijo una mujer.

-Espera, que yo lo arreglo – contestó otro señor, que se levantó y comenzó a dar fuertes golpes en la espalda a Paco, que seguía tosiendo sin parar.

-¡Mal, muy mal! – susurró Martín a su hermano -. Cuando una persona se atraganta pero es capaz de toser, nunca hay que darle golpes en la espalda.

-¿Ah, no? – le preguntó su hermano, con la boca abierta -. ¿Y tú cómo sabes eso?

-Lo aprendí en los talleres de RCP. La tos es el mecanismo más eficaz que tiene el cuerpo para eliminar algo atascado en la vía respiratoria. Y si mientras tosemos nos dan un golpe en la espalda, nos pueden atascar el trozo del todo.

-¿Y entonces qué hay que hacer?

-Hay que animar a la persona a toser sin hacer nada más. Se le puede inclinar hacia delante para que el trozo caiga hacia afuera más fácilmente; pero nunca hay que darle palmadas.

-Chicos, dejad de mirar tan fijamente – les riñó su padre una vez más -. Cuando uno se atraganta así ya lo pasa bastante mal como para que encima la gente se le quede mirando. Nosotros, a lo nuestro.

Pero Martín no fue capaz de apartar la vista, y siguió mirando por el rabillo del ojo a la mesa de al lado. Así, pudo ver cómo el hombre, muy colorado, sudando y sin dejar de toser, se levantaba para ir al aseo, avergonzado por el espectáculo que estaba dando.

-¡Ánimo, Paco, bebe un poco de agua a ver si se te pasa y vuelve enseguida, que te vas a perder toda la diversión! – le gritó uno de los comensales, divertido.

Pero nadie se levantó para acompañarle. Martín se revolvió inquieto en su asiento.

-Nunca se debe dejar sola a una persona que se atraganta así – murmuró -. ¡Puede ser peligroso!

-¿Por qué? – preguntó su hermano, cada vez más asombrado. ¡No tenía ni idea de todo aquello!

-Porque se puede atragantar del todo y nadie se dará cuenta. ¡Voy a seguirle, sólo por si acaso! Hasta estar seguro de que escupe el trozo que tiene atascado.

Martín se levantó de su silla.

-Papá, mamá, tengo que ir al baño un momento – se disculpó, y rápidamente echó a correr detrás del hombre, antes de que sus padres le pudieran decir nada.

-¡Vaya comida más accidentada! – exclamó su madre, un poco enfadada.

Los aseos estaban bastante lejos, bajando las escaleras al final de un pasillo muy largo.  Martín se quedó al otro lado de la puerta del aseo de caballeros, oyendo cómo el hombre tosía y tosía sin parar.

-¿Entro o no entro? ¿Y si entro qué digo? ¿Me lo quedo mirando nada más? ¿Le pregunto si le puedo ayudar, y luego le digo “hala, sigue tosiendo”, sin darle más ayuda? ¿Se molestará? ¡Vaya situación! ¡Seré bobo! ¿Quién me mandaría meterme en esto? – se decía, sintiéndose un poco tonto por haber exagerado tanto la importancia de un simple atragantamiento.

Y, de repente, dejó de escuchar la tos al otro lado de la puerta.

-¡Ostras! ¿La cosa se habrá solucionado o habrá empeorado? ¡Ahora sí que tengo que entrar! Y si el señor ya está bien, me meto en el servicio y ya está – decidió Martín, abriendo la puerta.

Se encontró al hombre agarrándose el cuello con las dos manos, intentando desesperadamente 20150216_104359 - copiarespirar, pero sin emitir un solo sonido. Sus ojos de angustia lo decían todo: el trozo de comida se había movilizado con la tos; pero en vez de expulsarlo, se le había  atascado del todo en su vía aérea, cerrando por completo el paso del aire. El hombre no podía hablar, no podía toser…y tampoco podía respirar.

¡Tenía pocos minutos para actuar antes de que desmayase por la falta de aire!

-¡Tranquilo, señor, sé lo que le está pasando y voy a buscar ayuda! – gritó Martín; y salió corriendo de nuevo.

Pero vio las escaleras, recordó el largo pasillo…y se dio cuenta de que tardaría demasiado tiempo en avisar a un adulto. ¡Para cuando volvieran, el hombre ya estaría inconsciente! ¡Él tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya!

Las puertas del compartimento secreto de su cerebro se abrieron de par en par, y los recuerdos sobre cómo actuar en caso de atragantamiento emergieron de golpe.

“Le damos 5 golpes en su espalda. El talón de mi mano fuerte golpeará”.

-Señor, voy a intentar ayudarle. Voy a darle 5 golpes muy fuertes en la espalda para intentar mover el trozo de comida – le explicó. Se colocó por detrás del hombre, y con el talón de su mano dio cinco golpes secos, fuertes, entre los dos omoplatos, hacia arriba. Pero el hombre era demasiado alto; Martín tenía que ponerse de puntillas para llegar al punto exacto donde debía dar los golpes, y no logró aplicar mucha fuerza.

Y no funcionó. El hombre seguía sin poder respirar, cada vez más nervioso y angustiado.

20150216_103109“Si el trozo no salió le abrazo por detrás. Por encima del ombligo mi puño irá” , recitaba mentalmente una de las canciones que le habían enseñado en los talleres. “Aprieto fuertemente bajo el esternón, adentro y hacia arriba; yo seré su tos”.

Pero en cuanto hizo intención de abrazar al hombre por detrás fue consciente de que sus pequeños brazos no iban a poder abarcar aquella gran barriga. La maniobra de Heimlich también iba a ser ineficaz.

¡Pero en los talleres le habían mostrado una maniobra alternativa! ¡Aún podía hacer algo! ¿Cómo era aquella tercera parte?

“Si es muy grande o muy fuerte así no podré, y contra una pared yo le llevaré”.

-¡Señor, tiene que hacerme caso! – gritó Martín, tratando de empujar al hombre hacia la pared del aseo, mientras éste se resistía y se movía sin parar -. ¡Déjeme que le ponga contra la pared! ¡Así podré ayudarle, pero tiene que ayudarme usted a mí! ¡Déjeme intentarlo, por favor! ¡Sé qué es lo que tengo que hacer!

Algo en la voz de Martín debió de transmitir seguridad al hombre, porque se dejó llevar hacia la pared, ya como último recurso. Se estaba agotando.

Martín se puso frente a él, entrelazó sus manos y colocó el talón de una mano por encima de su 20150216_104359 copiaombligo, justo en la zona hueca que había bajo el esternón. Estiró completamente los brazos, dobló una rodilla y con toda su fuerza se apoyó en la otra pierna impulsándose hacia delante y hacia arriba, hundiendo los talones de sus manos entrelazadas en el abdomen del hombre, como si quisiera sacárselos por la boca.

-¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!

Y no tuvo que llegar a la quinta compresión. Con el cuarto empujón, un trozo de comida salió disparado de la boca del hombre, que comenzó a respirar grandes bocanadas de aire. Entre toses y silbidos, poco a poco su respiración se fue tranquilizando, hasta que por fin, fue capaz de respirar con normalidad.

-¡Uf! ¡Menos mal! – exclamó Martín, aliviado.

El hombre, aún con el susto en la cara, se abalanzó sobre él y lo abrazó tan fuerte que casi le aplasta.

-¡Me has salvado la vida, chaval! ¡He estado a punto de ahogarme! ¡Creí que ya estaba todo perdido! ¡Gracias, gracias, gracias!

-De…nada…-respondió Martín, medio asfixiado -. ¡Pero no me apriete tanto, que me va a ahogar usted a mí!

El hombre se echó a reír y le soltó.

-Ven para arriba conmigo. ¡Quiero hablar con tus padres! ¡Tienen que saber lo que has hecho!

Los padres de Martín se quedaron muy sorprendidos cuando le vieron llegar acompañado del hombre de la mesa de al lado.

-¿Es éste su hijo? – les preguntó.

-Sí, lo es – contestó su padre-. ¿Es que ha hecho algo?

-¿Que si ha hecho algo? ¡Me ha salvado la vida! – rugió el hombre, agarrando a Martín por el hombro-. Me llamo Paco. Me atraganté con un trozo de carne, y me estaba ahogando cuando llegó él. Me puso contra la pared y me hizo compresiones en el abdomen hasta lograr que escupiera el trozo. ¡Si no es por él, a estas horas yo ya estaría muerto! ¡No tengo palabras de agradecimiento suficientes! ¡Tienen ustedes un hijo que es un fenómeno!

Y estrechó muy fuerte la mano del padre, que miraba a Martín sorprendido.

-¿Tú has sido capaz de hacer eso? – le preguntó.

-Sí – contestó Martín, orgulloso -. Puse mucha atención en los talleres, porque quería aprender a salvar vidas y devolver así el favor que me había hecho Diego al salvar la mía.

-¡Pues lo has conseguido, chaval, lo has conseguido! – tronó Paco -. Y ahora mismo nos vas a dar una lección a todos los presentes de cómo hay que hacer estas maniobras. Tantos adultos aquí y estoy seguro de que ninguno sabe qué es lo que tiene que hacer. ¡Esto no puede ser!

Martín recordó la norma de los talleres: “¡Enseña a otros lo que has aprendido! ¡Extiende la cadena de supervivencia! ¡También ellos pueden salvar vidas!”. Y ante sus orgullosos padres y bajo la mirada admirada de su hermano, enseñó a todas las personas que estaban en el restaurante la posición lateral de seguridad, la técnica de RCP y las maniobras de desobstrucción de la vía aérea.

-Feliz cumpleaños, mamá – le dijo a su madre al terminar-. Te acabo de dar mi regalo: el poder de salvar una vida. ¡Ahora tú deberás compartirlo con otros!19.1

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